Cine: “Terraferma”, de Emanuele Crialese

“Exige contemplar la inmensidad del océano desde una pequeña isla en la que moran gentes corrientes, pescadores que siguen los dictados de un corazón tan intrépido como el valor de un hombre de Arán”

Arríen velas, pues todo abrupto escollo es puerto para el vendaval de la coproducción que empuja con ganas para liquidar sus cuentas con el patrón. Qué jodida se presenta la travesía cuando una película se echa a navegar con tanto cambista a bordo, sintiendo la pata de palo de la industria sobre cubierta mientras se negocia la mar revuelta.

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En fin, no son pocos e interesados los que opinan que así se gobierna el timón con el que surcar las olas y salvar el cine del recortado litoral español, pidiendo prestado el astrolabio (de vuelta, eh) con el que orientarse en un escenario donde poco importa la diversidad creativa –mucho menos el reparto de oportunidades–. La verdad es que pocas alternativas quedan, y es que todavía está por ver cómo evolucionan –y cómo terminan de funcionar– variables cooperativistas como el “crowdfunding”.

Para más información sobre coproducción cinematográfica consultar letra pequeña. Allí donde no se listan las temáticas repudiadas ni se refieren los beneficiarios recurrentes.

Más allá de estos resentidos preámbulos, nos topamos con la sorpresa mayúscula que proporciona “Terraferma”, indefectible aspirante a todo por los medios con los que cuenta. Un banco de peces gordos boquean a su lado pero consigue lo inédito, liberarse del tono trágico y excesivamente melancólico con el que conmover a todos los públicos y hacer caja. Que sí, joder, que hay contención sin mirar con lupa.

La culpa la tiene Emanuele Crialese, quien aborda el fenómeno de la inmigración (tema recurrente en su filmografía) sin rendirse a la fábula hedonista desde una perspectiva también irregular, alojando la principal trayectoria de sus significados en los aledaños de un conflicto familiar y su relación con el habitat, interviniendo en la realidad con un compromiso social bastante más realista que en su anterior cinta (“Nuovomondo”, 2006). Para arribar a estos propósitos prescinde de la lágrima fácil elaborando una forma bastante aséptica para lo que muchos augurábamos en un trabajo de este signo, minimizando las digresiones suntuosas bañadas en ese toque Amenábar que todo lo estropea con su pretenciosidad (yo también tengo mis problemas con el maestro).

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No encontraremos excesos borrascosos que se sirvan de la banda sonora de efecto lacrimógeno ni tropiezos en postales coloristas que precipiten “Terraferma” al virtuosismo visual (solo las necesarias para retratar el protagonismo del espacio; instrumentalizadas como recurso gramatical para abrir o cerrar compases tonales entre secuencias; exigidas para expandir o sintetizar la carga conceptual de una idea invitando a la reflexión…). La tentación estaba a la vuelta de la esquina, ya que “Terraferma” constituye un producto audiovisual lastrado por un guion atractivo para la obtención de financiación, oportunista en cada una de sus bifurcaciones temáticas con vistas a encajar en diferentes audiencias sin mojarse demasiado.

“Terraferma” tampoco se recrea en el romance anecdótico con el que empañar un relato que pide recorrer otros momentos. A pocos les temblaría el pulso a la hora de empaquetarnos treinta minutos accesorios. Pero no, “Terraferma” exige contemplar la inmensidad del océano desde una pequeña isla en la que moran gentes corrientes, pescadores que siguen los dictados de un corazón tan intrépido como el valor de un hombre de Arán. No hay otro amor que la mar, y desde esta declaración de principios bascula un relato que zurce los descosidos vínculos entre hombre y hábitat en un espacio fronterizo, limitado en recursos, hipérbole de nuestras miserias cuando se trata de sobrevivir. No obstante nos queda una sensación optimista. A los decretazos se contesta con oposición y desobediencia. Hora de amotinarse.

“Terraferma” mantendrá siempre la línea de flotación intacta al asirse a efectivos elementos formales y a un prudente tono si tenemos en cuenta el canon que rige estos relatos, redundantes no lo vamos a negar.

Texto: CÉSAR USTARROZ. FUENTE

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