Emanuele Crialese escribe sobre “Terraferma”

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Decidí contar esta historia a través de los ojos de Filippo, un chico de 20 años, nacido y criado en una isla de la que nunca ha salido. Filippo habla de la lengua de su gente, la gente del mar, gente de pocas palabras. Su abuelo le enseñó a respetar la Ley del Mar, a sobrevivir pescando para poder ser libre, a vivir de lo que el mar ofrece y a alejarse del dinero, el consumismo y el exceso.

El padre de Filippo se perdió en el mar dos años antes y aparte de los recuerdos de un hombre que ha llegado a mitificar, ha heredado su vieja barca de madera, sus redes de pescar y su profesión: la que le arrastró al mar y se lo tragó en el abismo. Filippo dejó la escuela y los libros por las redes y por seguir los pasos de su padre.

La madre de Filippo, Giulietta, es una mujer joven. Desde que su marido desapareció (su cuerpo nunca se encontró), Filippo ya no parece su hijo, sino el cabeza de familia, el capitán de su pequeño bote, el hombre de la casa. Al menos eso es lo que a él le gustaría si tan solo ella le dejara, si tan solo dejara de tratarle como a un niño.

Giulietta quiere que su hijo tenga una vida distinta y vea otras realidades. A ella misma le gustaría tener la oportunidad de un nuevo amor y una nueva vida en general. Quiere escapar de su dolor, de la ignorancia y de los recuerdos de su gran amor. Pero sobre todo quiere librar a su hijo de la misma vida y la misma muerte que la de su marido.

Con los subsidios del gobierno por deshacerse de las viejas barcas, Giulietta podría reconstruir su vida en cualquier otra parte. Pero Filippo no quiere destruir el barco de su padre. Intenta convencer a su madre de que le deje llevar a turistas durante la temporada de verano. Sin embargo Giulietta no da su brazo a torcer: el barco se desguazará al final del verano. Podrán usar la exigua herencia para tener la oportunidad de un futuro mejor en tierra firme… la Terraferma.

El verano llega, un par de meses de excitación, de ver nuevas caras, de escuchar historias de otros lugares misteriosos, y también dos meses de sueldo asegurado, recursos vitales para sobrevivir en los aislados meses de invierno. Giulietta ha repintado su casa con la esperanza de alquilarla a turistas. Filippo y ella dormirán en camas improvisadas en el garaje. Una ola humana de colores y alegría inunda la isla. El desolado paisaje se llena de turistas. Filippo consigue alquilar su casa a tres jóvenes viajeros. Todo parece ir según el plan. Eso es hasta que durante una excursión de pesca, Filippo y su abuelo Ernesto ayudan a un grupo de inmigrantes africanos. Entre ellos está una mujer embarazada y su hijo. La mujer es de parto, así que la llevan hasta el garaje de Giulietta donde da a luz a una niña.

Ese mismo día el nuevo jefe de la policía fiscal confisca la barca de Filippo. Está acusado de no informar del transporte y la llegada de los africanos a la isla. Nadie parece saber de la mujer y el niño escondidos en el garaje. Giulietta, Ernesto y Filippo se han convertido sin querer en cómplices de un nuevo crimen: cooperación con la inmigración ilegal. Giulietta quiere informar de la presencia de la mujer en su garaje con la esperanza de que les devuelvan la barca.

Ernesto está aturdido, sus valores han sido destrozados, dados la vuelta totalmente, algo que una vez fue considerado noble y honorable, hoy es castigado como un crimen. Filippo está confundido.

¿Quién es la gente que ha venido cruzando el mar a la deriva?, ¿por qué deberían temerles? La mujer africana escondida en el garaje de llama Sara. Dejó su aldea nativa con su hijo hace más de dos años. Cruzó el desierto y el mar para unirse a su marido que vive y trabaja en Turín. Sara necesita ayuda, quiere continuar su viaje.

Giulietta y Sara provienen de mundos muy diferentes pero comparten el mismo deseo de escapar, quieren un futuro mejor para sus hijos. Giulietta se arriesga a perder todo para ayudar a Sara.

Volviendo al verano de 2009 a la isla dónde rodé “Respiro…”. Era un lugar muy diferente a como lo recordaba del rodaje. Mi roca aislada en medio del mar se había convertido en tierra fronteriza con barcas naufragadas esperando a ser destruidas por el mar, patrulleras con cañones y ametralladoras y una gran cantidad de confusión y desesperación.

Me quedé y esperé. Después de 21 días en el mar, una barca llegó a Lampedusa con más de 70 personas a bordo. Solo cinco habían sobrevivido. Entre ellos la única mujer, Timnit T. Fui a conocerla. Sonreía, se sentía como si le hubieran dado una segunda vida.

Durante años he observado la llegada de estas barcas a nuestras costas y he escuchado las historias de los supervivientes, los que consiguieron mantenerse a flote.

La prensa habla de éxodo, de tsunami humano, ilegalidad, inmigración. Mirando a Timnit estas palabras parecen totalmente vacías. No hay nada de esas palabras en ella. No le corresponden. Su mirada es la de alguien que ha arriesgado su vida para intentar cambiar su existencia. Ha cruzado el mar, otra odisea, otro viaje hacia la evolución.

Mientras haya vida en la tierra, el hombre intentará marcharse y buscar algo mejor. El movimiento es la acción y la acción es conocimiento.
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¿Cómo se le puede negar a nadie el derecho a ir adelante, a buscar, a aprender y por tanto a evolucionar? ¿Cómo puedo contar una historia que pueda barrer palabras como clandestino o emigrante o extranjero?

Un día me levanté e imaginé las palabras: “érase una vez”. Empecé a escribir como si me dirigiera a un niño, como si pudiera tocar al niño que llevo dentro. Busqué un lenguaje que estuviera libre de prejuicios y miedo.

Siento un profundo disgusto al pensar en ser tratado como un chico malo al que se le advierte repetidamente de que viene el hombre del saco y te lleva…esa nana se ha usado durante siglos para hacer que los niños sean dóciles, frágiles y necesitados de protección.

Volví a Tinmit y le pregunté si quería hacer un viaje conmigo en un barco imaginario: el de la representación. Le pedí que reinterpretara partes de lo que había vivido con el conocimiento y la intención de ser capaz de cambiarlo, de reescribirlo, recrearlo. Sugerí una reunión con otra mujer, una local, con su mismo deseo de irse, de reconstruir su vida en otra parte con la esperanza de evolucionar y asegurarse de que su hijo pueda crecer sin miedo.

(*): “Terraferma”, premiada el año pasado con el Premio Especial del Jurado en la Mostra de Venecia, es la cuarta película del italiano Crialese (Roma, 1965). Este viernes se ha estrenado en los cines españoles.

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