“Vivo el cine como una aventura”. Entrevista con Carlos Saura

titelHace unos días, cuando presentó la novela “Elisa, vida mía”, un periódico lo presentaba como un hombre hiperactivo.
-¿Hiperactivo? Bueno, estoy activo, no puedo parar, se me acumulan los proyectos. Pero bueno esta novela quería escribirla, me perseguía. La idea de Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg era publicar todos mis guiones, pero antes les dije que me gustaría hacer la novela de “Elisa, vida mía”, que creo que muy diferente al guión. El argumento es el mismo, claro, pero hay otras cosas más desarrolladas.

-Por ejemplo, el personaje de Carmen Alvarado, la mujer asesinada. Al lugar del crimen acude cada 22 de septiembre su asesino en moto…
-Sí, de eso se hablaba en la película, pero el personaje estaba sólo abocetado y aquí se cuentan muchas más cosas. No se sabía muy bien si era real o una invención del protagonista, Luis, interpretado por Fernando Rey, y creo que es un personaje decisivo en la trama.

-Esa obsesión por el crimen, porque hay algunos crímenes y suicidios más, ¿nace de su última película, “El séptimo día”, basada en la matanza de Puerto Hurraco?
-En absoluto.

-¿Ni siquiera de su vieja pasión por las novelas policíacas?
-Tampoco. Más bien está relacionado con mi próxima novela, “Ausencias”, donde cuento la historia de un coleccionista de cámaras fotográficas, que en eso se parece a mí. La fotografía quizá sea el mundo que mejor conozco. Y también está vinculado a una serie de cuentos que estoy escribiendo sobre fotografías y fotógrafos. La foto tiene esa cosa misteriosa que me intriga: tiene la virtud de convertir el presente en pasado de inmediato.

-Eso exactamente lo dice en el libro.
-Hasta que no aparece la fotografía no teníamos una imagen del pasado, de los hijos, de la familia, de las cosas. La fotografía ha significado una verdadera revolución de la vida. Ha eliminado una serie de posibilidades imaginativas de nuestro pasado porque, de alguna manera, lo fija.

-¿Es cierto que “Elisa, vida mía” parte de una fotografía que le regaló su entonces suegra Oona O’Neill?
-¿De dónde ha sacado eso? Ahora recuerdo, sí, que en la casa de Charles Chaplin, la madre de Geraldine tenía un álbum de su madre, la mujer del dramaturgo Eugene O’Neill. Era una cosa un poco esquizofrénica. Ella había recordado las fotos y las había colocado sobre un fondo negro, y tenía comentarios en letra blanca. La madre de Geraldine aparecía siempre desenfocada, como si se hubiera movido. Me pareció atractivo e inquietante. Los álbumes familiares me fascinan.

-Es una recurrencia de casi todo su cine. He tenido la sensación de que en el libro están condensadas muchas de sus obsesiones. Por ejemplo, su forma de entender la vida y el cine como un ejercicio de representación a la manera calderoniana. En la novela, se representa “El gran teatro del mundo”.
-Es uno de mis libros preferidos. Me ha fascinado mucho esa obra, es una cosa maravillosa ver como los personajes se rebelan contra el autor, algo que luego hicieron Pirandello o Brecht, es como si pidieran su propia autonomía, aunque luego lo importante es cómo se hace el papel. Sé que esta es una moral muy discutible. Cada uno debe hacer bien el papel que le toque, aunque sea el de miserable.

-También se decía que “Elisa, vida mía” nace del encuentro de la Égloga I de Garcilaso, citada en el texto, y de un momento en que su padre estaba gravemente enfermo…
-A veces se escriben cosas rarísimas sobre mí, y yo las encuentro estupendas. Es cierto que aparece una dolencia de mi padre, luego superada. En todo lo que hago hay mucho de autobiográfico, cosas que transformo a mi antojo, que fantaseo sobre ellas. Y eso ocurre en “El séptimo”, en “Buñuel y la mesa del rey Salomón”, en todas partes. Fantaseo sobre conversaciones, recuerdos y sueños.

-En cualquier caso, lo que parece evidente es que cada se siente más cómodo en la escritura.
-Desde luego. Lo que he pretendido en este libro es la reiteración de las cosas. Cuento un mismo episodio de formas distintas cada vez. Mis personajes son obsesivos como yo, y aquí nunca se sabe con certeza lo que es verdad o lo que es mentira. No sabes bien si Elisa cuenta una historia o la imagina, y esa atmósfera, esa mezcla de estados de ánimo, me resultaba muy atractiva.

-Usted mismo dice que hay que ponerle un límite a la imaginación.
-Es cierto, porque si no te pierdes. Y eso vuelve a ocurrirme en “Ausencias”, donde dedico un capítulo exclusivamente a hablar de cámaras fotográficas, que es un hobby para mí, una pasión. A mí me gustan las máquinas mecánicas o analógicas, ahora tengo alrededor de 600, pero ahora para trabajar me inclino por las digitales porque me gustan mucho las impresoras, el retocado, el trabajo en fotoshop. Soy un experto en fotoshop.

-Aún está reciente su deslumbrante libro de fotografía, “Flamenco” (Círculo de Lectores / Galaxia Gutenberg, 2003).
-Me he quedado sorprendido yo mismo. Eran fotos ocasionales que había ido haciendo en mis películas, así, un poco tal como venían. Y ahora al verlas reunidas en un libro tan lujoso me ha resultado verdaderamente placentero. Ha sido un regalo.

-Sigamos con las obsesiones de su novela, de su cine y de su vida. Por ejemplo, hablemos de la música. En “Elisa, vida mía”, suenan Satie, Rameau…
-Soy un completo amateur, pero me gusta mucho la música francesa, más a la protagonista que a mí, que soy un enamorado de la espléndida música alemana también.

-¿Un amateur? ¿Quién le va a creer tras haber leído su prólogo a “Flamenco”?
-Sí, un amateur, aunque tengo muy buen oído.

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-Ha dicho en algún lugar que su padre cantaba a Carlos Gardel y a Imperio Argentina. ¿A quién canta Carlos Saura?
-No canto nada, pero me hubiera gustado tener una voz maravillosa, o sencillamente buena, para entonar canciones. Escucho todo tipo de música, clásica sobre todo, pero también música actual. Soy un poco extraño en mis gustos. Me gusta un poco de todo: la música popular de los distintos países, Bruce Springsteen, Tom Waits, no todo, claro. Me ocurre algo muy curioso: cuando escucho una sinfonía tengo poca paciencia, es como si quisiera ir directamente a lo que me va a gustar. Y eso me ha ocurrido especialmente con un cuartero para violoncello de Brhams, que he utilizado en una de mis películas favoritas: “El sur”, basada en el cuento de Borges.

-Insisto un poco más con la fotografía porque en los últimos años hemos visto muchos proyectos suyos: el ya citado libro “Flamenco”, pero antes vimos más de 150 obras de fotoperiodismo en Barcelona, en la línea de Eugene Smith o Ramón Massats, o sus fotos para el volumen “El rastro” de Ramón Gómez de la Serna.
-Siempre he fotografiado por puro placer. Al principio, más que seguir a nadie, era un reportero que quería hacer un libro sobre la España de los 50 / 60, una España tremenda, apasionante, hermosa, y ahí sí había coincidencia con algunas cosas de Massats, pero aquello se quedó en agua de borrajas. Y ahora sigo haciendo fotos de familia, de los paisajes de donde vivo, retrato mi entorno, la mudanza de las estaciones, hago cientos de fotos que sólo me sirven a mí y que, en algunos casos, como ocurrió en “El séptimo día” (que sirvieron también para la localización del pueblo donde se rodó), puedo utilizar en mis películas. En todo caso, hago con las fotos un carné de notas y de recuerdos. Es como un diario íntimo.

-Esa película levantó una gran polémica y usted recibió algunos insultos. ¿Qué ocurrió luego, en su estreno en Mérida?
-Es cierto, hicimos una proyección en Mérida para despejar algunas incógnitas y que se viese que obramos de buena fe. No había razón para el malestar. Vino gente de Puerto Hurraco y pueblos próximos, y la acogida fue magnífica. No vino el presidente Ibarra pero sí otras fuerzas locales, y luego no quisimos abusar de lo ocurrido. Dejamos que la película siguiese su camino. Es curioso, tuvo un gran eco en Canadá, en Toulouse, donde acaban de hacerme un homenaje, y en Londres, de donde acabo de volver. Estoy muy contento. Ha sido muy agradable y gratificante.

-¿Sigue siendo su lema, pues, aquello de “Hay que arriesgarse”?
-Lo sigo diciendo. El cine es una aventura, y así lo vivo. Y la literatura, y la fotografía, y la pintura. A mí me gusta siempre ir más allá. Improviso mucho en los rodajes, cambio cosas, no tengo ningún respeto a los guiones, no respeto ni mis guiones, y ahí tiene un ejemplo: se han publicado algunos y les he añadido algunas cosas. No respeto el guión original, lo haya hecho yo u otro.

-¿Ni siquiera respeta a Rafael Azcona?
-Tampoco. Ni tampoco los de Ray Loriga, que escribió para “El séptimo día” unos diálogos frescos y peligrosos, me gustaban mucho, por ejemplo, los de las niñas. Entiéndame, trato de respetar al máximo los guiones, pero es un material de trabajo susceptible de cambios. Yo no conocía a Ray Loriga, ni había visto su película ni había leído sus libros. Un día me llamó el productor Andrés Vicente Gómez y me dijo que Ray Loriga había escrito un guión sobre Puerto Hurraco y que había dicho que debía rodarlo yo. Lo leí y vi que era estupendo. Me daba envidia que no lo hubiera escrito yo, esa es la verdad. Luego, ha sido un rodaje comodísimo entre espléndidos actores.

-¿Sigue pensando que se lo debe todo a los franceses y a los alemanes?
-Sí, les debo muchísimas cosas. España es un país muy raro. Pero la consideración que se tiene de mí también ha oscilado, va por oleadas. Ahora parece que estoy mejor visto. Los jóvenes, tal vez piensen con razón, “Y este pesado, ¿por qué no se va ya?”. Pero también veo un respeto que no veía antes, aunque nada tiene que ver con lo que ocurre en Canadá o en Toulouse: ahí la gente se levanta, te aplaude y realmente te quedas conmovido. Tampoco es necesario ese derroche, ni lo pido ni me inquieta que no se produzca. A veces pienso que para entender mi obra había que reorganizarla de nuevo olvidándose de las fechas. Así todo encajaría mejor y se vería que hay una gran coherencia. Al principio, me acusaban de monótono o repetitivo, y ahora de dispersión, yo creo que todo puede deberse a la inconsciencia o a una curiosidad infinita. Hago lo que me gusta, y aún tengo muchas cosas que hacer: películas, novelas o libros de fotos.

-Hablemos de proyectos. Creo que está trabajando en dos musicales.
-Sí, estoy con un musical, desarrollado como “Flamenco”, de una serie de números donde no hay argumento, inspirado levemente en “Iberia” de Isaac Albéniz. La película va a titularse así. Ya la hemos terminado de rodar. Y para el 2005 voy a dirigir una película sobre Lorenzo da Ponte…

-¿El libretista de Mozart?
-Efectivamente. El guión es de Austria y lo estoy trabajando con el autor porque no me interesaba demasiado el camino que llevaba. Yo quiero hacer una película acerca de cómo se hace “Don Juan”, la relación de da Ponte con Casanova, con Mozart. Todo eso.

-¿Y qué fue de aquel viejo sueño de Felipe II?
-¿Cómo que sueño? Tengo el guión escrito y es uno de esos personajes que me atraen muchísimo. Sería como otro ensayo personal, como Buñuel, San Juan de la Cruz o Lope de Aguirre. Casi me resulta vergonzoso que no exista una película sobre él, un personaje tan fascinante como odiado, centro del huracán, y tal vez pionero de la unión de Europa.

-¿Veremos alguna vez en película su guión “¡Esa luz!”, con ciertas semejanzas a la historia de Amparo Barayón y Ramón Sender?
-Lo veo difícil, y además como ya está publicado en forma de novela me parece más complicado. TVE estaba interesada en hacer dos películas. Ha sido curioso la cantidad de coincidencias que ha habido entre mis personajes y la historia de amor y muerte de Amparo Barayón y Sender, que fue novio de mi madre, Fermina Atarés, por algún tiempo.

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