Bahman Ghobadi: “Vacío mi furia a través de mis películas”

Bahman Ghobadi (Baneh, 1969) ya no puede vivir en su país de nacimiento. La situación en Irán es insostenible para la gente que se atreve a alzar la voz contra los gobernantes. Su actual pareja, la periodista Roxana Saberi, estuvo cinco meses en prisión. Uno de sus más importantes compañeros de profesión, Jafar Panahi, aún sigue encarcelado. Ante el desolador panorama, Ghobadi ha decidido irse a Nueva York con su novia, para evitar así el sufrimiento que le supone la situación de su país. El director kurdo nos habla de su última película. Nadie sabe nada sobre gatos persas, es un rabioso musical que grita contra esta injusta situación.

Manuel Barrero

—Nos gustaría saber cómo se rueda la película. ¿Hasta qué punto es, como en el argumento, prohibida o subterránea?

—Primero, lo que quería era hacer algo diferente de lo que se ha hecho hasta ahora. Y también diferente a otras películas sobre música. Estaba detrás de una historia para mostrar diez tipos diferentes de música en Irán. No quería encerrarme en un estudio de grabación, coger la cámara y mostrar a los músicos. Ellos son un pretexto. Cojo la cámara, salgo detrás de los grupos musicales, de barrio en barrio, para mostrar la sociedad iraní actual al mundo. El modo de filmar, o de juntar los planos, sirve para mostrar que la sociedad está explotando. Nosotros mismos, durante la filmación, sentíamos la necesidad de gritar. Expresar la energía, la explosión que tenía una sociedad en movimiento, una sociedad en protesta.

—Dice que no ha disfrutado haciendo esta película por todas las dificultades que ha tenido para rodarla. Quizás, si no tuviera esas dificultades, esta película no hubiera existido.

—No estoy de acuerdo. Si tuviera otra opción, creo que mis películas serían mucho mejores. Yo lo hago todo. Escribir, producir, dirigir, postproducción…desde el principio he aprendido que tengo que hacerlo yo mismo. Comparado con los de mi generación, estoy más envejecido. Muchos me dicen que con tanta presión, voy a tener un infarto. Yo vacío mi furia a través de mis películas. Grito por las condiciones de mi vida, de la sociedad.

“Como Nader, estoy lleno de energía y estoy esperanzado. Allí, me conocen como el cineasta energético. Pero, en el fondo, estoy triste. Como Nader. Pero tengo esperanza. Dios creó a la persona libre. Si Dios no nos controla, la persona que controla y oprime a otra, que se vaya al carajo”.

—A eso me refería. Esta película surge como una especie de respuesta contra la situación.

—No sólo mi protesta. Si la gente también tuviera una cámara y la supiera manejar, todos lo harían. Nosotros los kurdos no tenemos cineastas, pero ahora todo el mundo está interesado en hacer cine. Sin cámara, con el móvil, tratando de plasmar una extraña energía en Irán. Irán no es el país de los mulás. Irán ha sido cuna de cultura. Y lo sigue siendo. Y no puedes matarlo.

—¿Cuánto tiempo cree que ese grito de la sociedad que clama, seguirá siendo sometido? ¿Y cómo cree que puede terminar esa represión?

—No olvidemos que la gente ya ha empezado a atreverse a protestar. El régimen ya no puede permanecer otros treinta años en el país. Es como cuando una piedra impacta en la luna de un coche, y ésta se raja. No tiene arreglo con pegamento. Poco a poco, la rotura se expande. Y no hay más que dos opciones. O explota, o lo cambias. Con el Gobierno, también. O cambia el sistema y escucha el grito del pueblo, o explota la sociedad.

—Con respecto al final de la película, dice que le cuesta mucho ser optimista. En este caso, la ficción es más pesimista que la realidad, ya que los dos protagonistas han conseguido llegar a Londres, y siguen haciendo música.

—La película no es sobre estos jóvenes, en absoluto. Son pretextos. Y, al final de la película, se convierten en símbolos. Son un símbolo de la música subterránea iraní. ¿Y por qué puse este final? En Irán hay guateques todos los días en las casas. En vez de hacer las fiestas fuera, las hacen escondidos. Hay días en los que viene la policía y detiene a la gente. Muchos jóvenes, huyen. Por miedo a tener un expediente que no les permita matricularse en la universidad, o tener trabajo el día de mañana. Y a veces, están en un quinto piso, y se tiran. Yo he visto muchos casos en los que se han tirado por la ventana para huir de la policía.

—¿Hasta qué punto está usted controlado y vigilado por el Gobierno iraní?

—Seguramente me controlen. En la medida que les importe. Pero no importa. Antes, tenía que mentir para obtener permisos. Hace tres años estuve aquí, y me autocensuraba en la rueda de prensa, para los siguientes permisos. La verdad es que ahora también me autocensuro por los allegados que están allí.

—¿Cómo conoció a los músicos que participan en la película? El personaje de Nader ¿está basado en la realidad?

—Hay más de tres mil grupos musicales en Irán. A través de un amigo, contacté con parte de estos grupos. Había grupos mejores, pero no querían aparecer, del miedo que tenían. Hoy por hoy, soy capaz de hacer diez películas diferentes sobre música subterránea en Irán. Y estoy buscando la manera de hacer la segunda. Tengo un proyecto del que no puedo hablar ahora.
Y Nader es una copia de mí. A través de él, me he vaciado en la película. Como Nader, estoy lleno de energía y estoy esperanzado. Allí, me conocen como el cineasta energético. Pero, en el fondo, estoy triste. Como Nader. Pero tengo esperanza. Dios creó a la persona libre. Si Dios no nos controla, la persona que controla y oprime a otra, que se vaya al carajo.

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