La vida soñada de los ángeles

El título La vida soñada de los ángeles (La Vie rêvée des anges) parece anunciar un filme como Las alas del deseo(Der Himmel über Berlin) de Wim Wenders y sus hermosos y evocativos —aunque emotiva y narrativamente incongruentes— actores alados. Sin embargo, el título es un comentario caprichoso, preciso e irónico (cuando se ha visto el filme) de la historia de dos muchachas obreras en el norte de Francia, de la ciudad industrial de Lille, las cuales —a partir de muy distintas personalidades— salen al encuentro mutuo, de la vida y de su futuro. Y con todo, el título “mágico” se ajusta también a la impresión del filme: una obra sorprendente, una primera presentación plenamente madura (de mano del joven director Erick Zonca), construida por acumulación, sabia en el tratamiento del tejido de relaciones que constituye la raza humana y en última instancia profundamente conmovedora. Como el primer filme de Truffaut, Los cuatrocientos golpes (Les Quatre cent coups), es un singular avance en el panorama artístico y emocional.
     Ya en las primeras tomas, cuando Isa (Élodie Bouchez) —una joven de 21 años con cabello oscuro, encantador rostro ovalado y amplia y radiante sonrisa— se presenta en una calle citadina llevando a cuestas su inmensa mochila y bolsa de dormir, parece que el filme completa formalmente (y mejora) la estética propugnada por la Nouvelle Vague francesa de los años sesenta. Sólo transcurre el tiempo justo en cada circunstancia, un rápido corte cuando la información ha de mostrarse con pulcritud, tiempos más prolongados pero nunca aburridos para los diálogos que siempre vienen a cuento y cierto avance en una trama que parece transcurrir sin esfuerzo, incluso sin objetivo, pero que progresa gradualmente, al igual que las revelaciones del carácter de los personajes. Al comienzo Isa se nos figura una descarriada sin hogar, acaso (se nos ocurre) una vagabunda, y las primeras imágenes recuerdan uno de los últimos filmes de Agnès Varda, director de la Nouvelle Vague: Sans toit ni loi (Ni techo ni ley), sobre una joven sin hogar que finalmente vaga hasta la muerte con su mochila al hombro. Pero Isa —aunque duerme en el piso, en los rincones de edificios a la mano cuando no hay más remedio— se nos muestra muy pronto como una mujer que enfrenta sus problemas y busca soluciones sencillas a las dificultades de la vida a medida que se presentan. Cuando no puede dar con la única persona que conoce en Lille, recorta fotografías de arte de revistas y libros en la biblioteca, las pega en tarjetas postales para luego venderlas por las calles y pronto acepta un empleo de costurera en una fábrica (aunque no lo hace bien) que le ofrece un sujeto al cual se las había mostrado. Allí conoce a otra muchacha, Marie (interpretada por la actriz belga Natacha Régnier), una habitante de la localidad a quien fácilmente persuade de compartir el departamento que cuida sin pagar alquiler. Despiden a Isa por incompetente, Marie renuncia en un momento de enojo y las dos inauguran una amistad, cuyas simpatías, contrastes e intercambios de información íntima constituyen el centro de La vida soñada de los ángeles.
     Las actrices compartieron un departamento durante el rodaje a instancias de Zonca, una decisión inteligente que sin duda incrementó el brillo de su luminosa interpretación de la próxima y repentina amistad de dos mujeres que apenas salen de la adolescencia. (Bouchez y Régnier recibieron conjuntamente el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes de 1998.) Los rostros de la rubia Marie y de la morena Isa, en primeros planos o planos medios, llenan de continuo la pantalla con los detalles de sus reacciones la una frente a la otra y ante los hombres, con sus placeres y preocupaciones, a menudo bajo el interior del departamento con tomas en la luz intensa o esbozadas con sombras durante los momentos más tristes. Pero Marie tiene un lado iracundo y amargo, una delgada piel psíquica propensa a las heridas, y Régnier —en un verdadero tour de force de capacidad actoral— despliega este rasgo al impedirle siempre a Isa la sonrisa fácil y abierta —incluso sus carcajadas nunca son del todo francas— hasta una escena crucial hacia el final de la obra. Entre sus muchas virtudes, La vida soñada de los ángeles es uno de los mejores filmes que he visto sobre el tema de las clases sociales, aunque completamente sin prédica. Y si bien Marie hace más evidente su rabia debida a los resentimientos de clase, también está mucho más sola y es más egoísta, desprecia mucho más su suerte económica en la vida y es mucho menos capaz de solidaridad con otros seres humanos. “Me gustará verte cuando te des cuenta de que necesitas a los demás”, le recrimina Isa en un momento de enojo. Marie le responde: “Te mandaré una foto”.
     Isa, si bien no es una santa, muestra su preocupación por los demás hasta en los encuentros más fugaces. Se la ve claramente en la relación de las muchachas con dos motociclistas, Charly y Fredo, a los cuales conocen en calidad de guaruras a la puerta de un club nocturno. Éstos albergan un creciente y conmovedor afecto por las dos muchachas. Isa no se acuesta con Fredo, pero Marie sí con Charly, un gordo enternecedor, cuyos sentimientos son uno de los momentos más dulces en la vida de ella, los cuales, en efecto, Marie desdeña y en última instancia ignora. En otra trama subsidiaria —siguiendo el hilo de los “sueños” en el filme— Marie le comenta a Isa que el departamento que cuida pertenece a una madre y su hija que han sido heridas gravemente en un accidente de tránsito. Si bien a Marie no le interesa su destino, Isa descubre el diario de la chica, comienza a leerlo y a visitarla en el cuarto del hospital, donde yace en coma. Poco a poco comienza a participar de la vida presente y pasada de la chica, añade notas propias al diario y anhela su recuperación.
     En tanto, Marie comienza a salir con el dueño del centro nocturno, un joven al que conoce —aunque lo han visto antes— cuando paga en una tienda la chaqueta de cuero que ha sido descubierta robando. Y mientras Isa —que no sueña despierta sino que se las arregla— ha entrado no obstante (como en un sueño hecho de misericordia pura) en la vida de la chica en coma, Marie se inclina por algo mucho más falso y fatal, la fantasía de telenovela de un cambio de vida por la intervención del rico príncipe azul. En contra de la presentación simplista de los villanos que con frecuencia lastra (por ejemplo) los filmes de los sesenta sobre obreros ingleses del movimiento del New Cinema, Cris (Grégoire Colin) no es un estereotipo del mal. Es un fresa, nació para utilizar a los demás, y no tiene cabal conciencia de lo que está haciendo. “A él no le importan las muchachas como nosotras”, afirma Isa en un momento en el que Marie no escucha. Sus encuentros sexuales están regidos por una violencia contenida hasta que él la invita a su casa de playa un fin de semana, donde por primera vez Marie sonríe esplendorosa y corre por la playa como una niña. Y poco después él se presenta afuera de la puerta del departamento y le pide a Isa que le diga a Marie que ya nada quiere con ella. 
     El filme ofrece dos desenlaces. Finalmente, cuando descubre que Cris la abandona y el departamento está en venta, Marie se arroja por la ventana a la muerte (en un genial montaje que la proyecta de un modo casual, pasmoso y repentino a un callejón), mientras Isa —que se había peleado con Marie y dejado el lugar poco antes— ha llegado a dejar una nota en la que le dice que la chica se está recuperando del coma y que ella, Isa, le desea a Marie el cumplimiento de todos sus sueños. Isa, al final, entra en una fábrica por un nuevo empleo (que parece tener que ver con simples conexiones de computadora) que desempeña bien desde el principio y en donde —en contraste con la primera fábrica— el supervisor la trata decentemente. Y luego la cámara se aleja (y concluye) a lo largo de una sucesión de otras obreras que pueden o no cumplir sus sueños pero que, como Isa, hacen lo que se precisa, en ese instante, en la brillante luz de la realidad.

Por Hank Heifetz

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