¿Cómo y por qué filmó De la calle?

Gerardo Tort, productor y director de comerciales de televisión, persiguió un sueño y lo hizo realidad: filmar su primer largometraje.
Egresado de la carrera de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, dio un giro a su vida hace 4 años cuando tomó la decisión de filmar, a como diera lugar, la historia De la calle, original del dramaturgo ya desaparecido Jesús González Dávila.
Para Gerardo Tort la filmación de la cinta se volvió un proyecto de vida, una razón vital llena de sentimientos y emociones.

José Antonio Fernández: ¿Cómo te inicias en el cine?
Gerardo Tort:
Estudié Comunicación en la Ibero con la especialidad en Cine. Confieso que no soy de los que desde los tres años de edad saben lo que van a ser de grandes. Yo descubrí con el tiempo que me gustaba el cine y que era algo que podía llegar a hacer.
Cuando salí de la carrera me dediqué por mucho tiempo a la publicidad, primero produciendo y después dirigiendo comerciales. De ahí viene mi experiencia cinematográfica. Además tuve la fortuna de haber sido asistente de dirección de Julián Pastor (en la cinta Orinoco), de Alberto Bojórquez (en Robachicos) y de Alfredo Gurrola (en el programa de televisión Los libaneses en Yucatán).


J.A.F.: ¿En dónde descubriste el gusto por el cine?
G.T.:
Desde siempre me gusto ir al cine, cosa que creo le sucede a casi todo el mundo. Pero cuando descubrí que yo podía hacer uso de la cámara y contar una historia, entonces me inquietó esa posibilidad de expresarme. Me gusta mucho la literatura, en especial la poesía.


J.A.F.: ¿Escribes poesía, eres un poeta?
G.T.:
Escribo poesía pero no puedo considerarme un poeta. El poeta es de 24 horas, no de un rato. Lo que yo tengo es un gusto por la literatura.
A mí lo que me llamó del cine es la posibilidad de contar historias, y de manera concreta hablo de historias humanas.
Pero cuando salí de la Universidad decidí poner una casa productora con un socio para hacer comerciales, y el asunto del cine se quedó sólo como una posibilidad y una asignatura pendiente.


J.A.F.: ¿Por qué historias humanas?
G.T.:
Creo que el cine tiene esa facilidad de acercarse a la vida misma. Ir al cine es como ver una historia real, aunque no sea real. Recuerdo que mi maestro Alejandro Parodi me decía: el cine no tiene que ser verdadero, pero sí verosímil, y dependiendo de la verosimilitud de la historia puedes llevártelo a tu casa y ponértelo en tu vida misma (sin importar que sea una película de marcianos o de vaqueros).
Esto es lo que más me atrae del cine.


J.A.F.: ¿Alejandro Parodi (actor y fotógrafo) fue importante en tu formación?
G.T.:
Sí, como muchas otras personas en mi vida. Parodi nos trataba (a los alumnos) como si fuéramos sus hijos. No sé si lo sabía, pero creo que la mayoría de los alumnos lo sentíamos así. Otro maestro que me hizo sentir que podíamos ser Bergman y Fellini, fue Jaime Ponce. En ese momento fue emocionante, aunque creo que eso después hizo daño.

de la calle1
J.A.F.: ¿Por qué daño?
G.T.:
Porque al paso del tiempo te das cuenta que la vida es la vida, que Fellini es Fellini y Bergman es Bergman, y que lo mejor es que Gerardo Tort intente ser Gerardo Tort.
Y académicamente hablando debo agradecerle al maestro Hernández Romo.
Me parece que en cualquier oficio siempre hay
personas que marcan.


J.A.F.: Saliste de la Universidad en 1979. ¿Desde entonces querías filmar una película?
G.T.:
Así es, desde esas fechas. Yo pensé que la mejor manera de acercarme era produciendo en forma independiente, sin ser empleado de una empresa. Consideré que era una manera muy atractiva de organizar mis tiempos y mis posibilidades.
Teniendo la casa productora fui asistente de dirección porque me tomaba un par de meses sabáticos de vez en vez.


J.A.F.: ¿Te fue provechoso ser asistente de dirección?
G.T.:
Sí, por supuesto.
Cuando fui asistente de Julián Pastor en la película Orinoco (una cinta muy complicada y difícil), una noche tuvimos muchos problemas y me dijo: lo que debes aprender de aquí es lo que no debes de hacer. Quédate con eso.
Te lo digo así: me parece que lo ideal es que el fotógrafo conozca técnicamente la cámara porque eso va ayudar a que tome decisiones rápidas y acertadas.
Quien primero es el tercer asistente, luego el segundo, después el foquista y llegar a ser fotógrafo, trae consigo una gran experiencia. Pero también se vale que alguien consiga ser fotógrafo en forma directa.
Si bien es muy recomendable ser asistente, porque te da cosas que sólo en el set puedes aprender y que nadie te va a enseñar, pienso que no es indispensable.


J.A.F.: Regreso al asunto de que querías hacer una película desde 1979. ¿Cuándo decides realizarla en verdad?
G.T.:
Yo no quería hacer cualquier película a costa de lo que fuera, me interesé por esta historia.


J.A.F.: ¿Cuándo encuentras esta historia?
G.T.:
Soy muy mal lector de teatro, pero curiosamente hace 15 años compré una revista que se llama Escénica, que publicaba la UNAM. Ahí venía el texto de De la calle porque recién se había ganado (me parece) el premio Rodolfo Usigli a la mejor obra dramática del año. Me conmovió. Le platiqué a un amigo actor y director, Gabriel Pingarrón, que había leído De la Calle. De inmediato me dijo que conocía al autor, González Dávila, porque había sido su compañero de generación. Le pedí conocerlo y un día nos presentó.
El mismo día que conocí a González Dávila le hice la propuesta de llevar su obra de teatro al cine, pero él no mostró interés alguno.
A los dos años me encontré con la puesta en escena de Julio Castillo, que fue muy importante. Volví a ver a González Dávila y de nueva cuenta le hice la propuesta de filmar De la calle. Me dijo que no, que mejor escribiéramos otra historia. Nos reunimos muchas veces. Nos sentábamos a platicar lo que queríamos hacer, y eran unos encuentros etílicos maravillosos que empezaban desde las once de la mañana, pero no llegamos a ningún lado.
Pasó el tiempo y dejé de verlo.


J.A.F.: Fue el segundo contacto con González Dávila y no pasó nada, ¿lo vuelves a buscar?
G.T.:
Me sucedió algo muy importante.
Hace 4 años murió mi madre luego de una enfermedad que la tuvo en hospitales públicos poco más de tres meses, de octubre a enero. Para poder estar con ella había que quedarse en la sala de espera, porque en los hospitales públicos no dejan que la gente entre y salga de la habitación del enfermo tan fácilmente, y sí obligan a que algún familiar esté en el hospital las 24 horas del día. Esos tres meses fueron una etapa de gran reflexión para mí, por la enfermedad misma y por el cascarón donde se dio. Yo estuve horas en las salas de espera, igual de día que de madrugadas. Al estar ahí compartí con gente que vivía momentos similares al mío.
Para ese entonces, yo había visto la muerte como algo ajeno, pero en esta ocasión fue otra cosa. Fue como si me dijeran: hey, guey, nos vamos a morir.
No te puedo decir que vi mi muerte, pero sí que vi la de mi madre.

J.A.F.: ¿Qué sucedió contigo?
G.T.:
Esto me llevó a replantear mi vida cotidiana y el sentido de dónde estoy parado y para qué estoy haciendo las cosas. Creo que andaba un poco perdidón (sigo y creo que seguiré), y considero que el problema no es tanto que te halles, sino que tenga sentido lo que haces.
De pronto me pareció que no tenía sentido lo que había hecho de mi vida, y la única opción que vi era buscar yo ese sentido sin importar lo que los demás pensaran sobre lo que yo hacía o no.
Hoy esto lo puedo explicar y lo tengo más o menos claro, pero en ese momento, que fue muy emotivo y en el que yo estaba cargado de dolor y con un gran vacío, el asunto no era fácil porque de pronto sentí que no pertenecía a ningún lado y que no tenía asideros. Entonces necesite un lugar de pertenencia para vivir.

J.A.F.: ¿Lo que hacías no te dejaba satisfecho?
G.T.:
En términos productivos, sí. Pero no a nivel de sentido. Tengo esposa, hijos, algo de dinero, coche y una casa que rento que me gusta mucho, pero de pronto sentí que eso no tenía sentido si yo no buscaba un poco más adentro.
Entonces decidí que la manera de pagar esta gran deuda, era hacer la película De la calle. Mi decisión no era hacer cine, sino hacer De la calle.

J.A.F.: ¿Volviste a ver a Jesús González Dávila?
G.T.:
Me tardé en llamarle como unos cuatro meses después de la muerte de mi madre, y lo hice con la preocupación de que nuevamente me dijera que no me permitía hacer la película con su obra. Pero la vida es la vida, y a toda la gente le pasan cosas.
Mi encuentro con González Dávila fue tremendo porque platicamos de todo esto y él venía de un incipiente cáncer en la médula y también le había cambiado la vida. Era un momento muy particular, yo venía de vivir la muerte de mi madre y él estaba viviendo su propia muerte.
Platicamos y le dije que quería hacer De la calle. Para mí extrañeza me respondió: va. Para mí fue como un shock. Creo que quizá muy en el fondo pensé que de nuevo me diría que no, y entonces mi vida seguiría en el gran deseo de haberla hecho y hasta ahí. Pero no fue así, ahora sí se podía. Tardamos casi un año platicando cómo me la imaginaba.


J.A.F.: ¿En ese año comentaste el proyecto con alguien más?
G.T.:
Sí, yo trabajaba ya con Tiempo y Tono, que es la productora del proyecto. Platiqué mucho con Héctor Ortega (uno de los dueños de Tiempo y Tono y fotógrafo y productor de De la calle). Logré moverlo. No sé que le dije, pero lo moví y se prendió. Convencimos a Lillian Haugen, que es su socia y la parte racional de todo (ella es la que intenta delimitar riesgos y posibilidades). Y entonces el proyecto evolucionó de tal forma que ya no había manera de detenerlo. Se involucró Marina Stavenhagen (a sugerencia de Lillian) como guionista y esto empieza a marchar. Marina encontró la forma de adaptar la historia para cine luego de un tiempo en el que le dio vueltas. Sé que no le fue fácil porque es una historia dura. Tuvo que ir con los niños de la calle, convivir con ellos, y platicar conmigo y González Dávila muchas veces.


J.A.F.: ¿Ya había dinero para hacer la preproducción de la película?
G.T.:
De Roterdam y de Imcine nos llegó dinero para la escritura del guión y el desarrollo del proyecto, y nos invitaron al taller de guión del Sundance.
Nos fuimos involucrando cada vez más con los niños de la calle y la historia se fue haciendo mucho más poderosa. No había manera de teorizar demasiado sobre cómo sería el guión, la labor era tener contacto con los chavos de la calle.

J.A.F.: ¿Hace cuánto tiempo empezaron a hacer el guión?
G.T.:
Hace tres años, más o menos.

J.A.F.: 17 años después de la fecha en que pensaste en hacer una película, y 12 años después de haber leído la historia De la calle.
¿Cómo se involucran con los niños De la calle?
G.T.:
Al principio fue duro y difícil. Llegamos a través de una persona que trabaja (como servicio social) con niños de la calle. Nos presentó y nos dejo solos.


J.A.F.: ¿Qué hacían con los niños?
G.T:
En los primeros contactos sólo platicar, pero después se me ocurrió hacer talleres actorales con ellos. Un poco para pretextar nuestra presencia frecuente, y también para lograr su confianza.
Son chavos muy resentidos, con mucho odio y gran habilidad para vivir en la calle.
En el primer impacto te chantajean con gran facilidad, y la única manera de traspasar eso era estar-estar-estar-estar-estar con ellos.

J.A.F.: ¿Quiénes tuvieron contacto con los niños?
G.T.:
Alejandro Reza, que se encargó del casting, Marina y yo. Esto fue un año antes de iniciar el rodaje. La historia estaba clara, queríamos hacer De la calle, pero teníamos que tomar muchas decisiones para llevarla a la pantalla.

J.A.F.: ¿Cuántos tratamientos de guión hicieron?
G.T.:
Los que yo conozco fueron 7, pero supongo que Marina habrá escrito unos 30.

J.A.F.: ¿Si era una adaptación, por qué tardarse un año en el guión (o más) y para qué ver tantas veces a los niños?
G.T.:
La caracterología de los personajes de la película es muy peculiar. Es un recorrido por algunos de los seres que aparentemente son de los más siniestros de nuestra sociedad.
Teníamos que confrontar cómo nos habíamos imaginado a cada personaje y si eso correspondía a lo que pasaa en la calle. Y por otro lado yo quería que los niños de la calle participaran actuando en la cinta.
Resultó todo un experimento porque trabajamos con niños de la calle, de secundarias del centro, de albergues y con niños actores-actores. Todos están en la película. Lo interesante del caso es que se estableció un plano de amistad entre ellos.

J.A.F.: Cuando planeabas la película me dijiste que tenías la intención de hacer una dirección más en un tono colectivo, oyendo todas las opiniones. ¿Sí fue una dirección colectiva?
G.T.:
No lo es. Sí se hizo un trabajo intenso para compenetrar a todos los que trabajaron en la película con lo que queríamos contar.
Me parece que la dirección colectiva es una utopía, porque el trabajo del director es generar un concepto, comunicarlo y velar porque ese concepto no se pierda.
Y no se trata de sólo decir dónde va la cámara sino lo que ve esa cámara: texturas, ropas, colores, ambientes, día o noche, intenciones… Por supuesto que hay un proceso de involucramiento de todos, pero el director toma las decisiones de hacía dónde va el barco.

J.A.F.: Una vez que terminan el guión, ¿cómo llegan a filmar?
G.T.:
Antes de llegar al guión final, ya buscábamos financiamiento. La historia es fuerte y al principio encontramos algunas dudas lógicas de los inversionistas, que se complicaron más porque yo soy de la Ibero y director de comerciales, y porque se preguntaban qué tengo que ver con la problemática de los niños de la calle. Además de que la película es mi ópera prima, asunto que todavía hizo más complejo el caso.
Pero logramos que el proyecto fluyera.

J.A.F.: ¿Quién le dio el empujón?
G.T.:
Unos amigos lo desatoran. Dan el voto de calidad y lo desatoran frente a Imcine y otras instancias.

J.A.F.: ¿Quién apoya por parte de Imcine?
G.T.:
Empezó a caminar con Gustavo Montiel que da los primeros apoyos para el guión y el proyecto, y después con Alejandro Pelayo. Yo platiqué con él, le expliqué lo que intentaba, y Marina, que tiene buena amistad con Alejandro, jugó un papel muy importante para convencer a Imcine.

J.A.F.: ¿Es clave Imcine en la película?
G.T.:
Sin duda, nos dio el mayor porcentaje de los recursos. También nos apoyó la Lotería Nacional, Zimat, dependencias del Gobierno de la ciudad de México y algunos inversionistas.

J.A.F.: ¿Tuvieron libertad total para hacer la película?
G.T.:
Total.

J.A.F.: Julián Pastor te dijo, en uno de esos días complicados de un director, que aprendieras lo que no se debe de hacer. Te pregunto hoy: luego de que terminaste tu primera película, ¿qué es lo que no hay que hacer al dirigir una cinta?
G.T.:
El primer mandamiento es creer en el proyecto. El director debe creer profundamente en lo que está haciendo, y no veo caso el realizarlo sólo por encargo. Esto es demasiado complicado. Debes enamorarte del proyecto aunque sea una película totalmente comercial.
El segundo mandamiento es el siguiente: una vez que crees en el proyecto tu obligación entonces es comunicarlo. Hay que involucrar a la gente para que crea en el proyecto con toda intensidad.

J.A.F.: ¿Cómo se convence a la gente?
G.T.:
El tema De la calle es tremendo y a la gente le llega. Uso las palabras de Jesús González Dávila: puedes conmover, pero el chiste está en que después de conmover hay que mover.

J.A.F.: ¿Qué sientes hoy?
G.T.:
Te lo respondo con el parlamento que dice uno de los personajes de la película: a mí nadie me dio nada y para estar en la calle hay que chingarse. Cuando conjugas un sueño con la chinga, lo más probable es que el sueño se haga realidad.

 

Publicada en la Revista no. 57 el 01 de febrero 2001

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