ENTREVISTA A DAVID LyNCH: El celuloide está sucio, llora…

El director de cine David Lynch, fotografiado ayer durante su entrevista con El MUNDO. | Bernardo Díaz

El director de cine David Lynch, fotografiado durante su entrevista con El MUNDO. | Bernardo Díaz

Era Schelling el que se esforzaba en explicar el sentido de lo siniestrocomo la manifestación “de todo aquello destinado a permanecer en lo oculto, en lo secreto”. Y es David Lynch (Montana, 1946) el que mejor ha dado con la definición precisa del término. Su cine (como su pintura, su fotografía y hasta su música) están ahí para dibujar el perfil preciso de lo extrañamente familiar. Y por ello tenerle cerca impresiona y, claro está, inquieta.

Su flequillo rebelde sigue en exactamente el mismo sitio que su rigoroso traje negro sobre camisa blanca abotonada hasta el cuello. Y así durante los últimos 67 años. Nació así. Extrañamente inquietante. Como si Kafka hubiera resucitado (“‘La metamorfosis’ es una obra capital para mí. Cuando la leí me sorprendió su capacidad para contar algo tan extraño y a la vez tan cercano”).

Acaba de llegar a Madrid. Le esperan dos jornadas agotadoras en las que impartirá una conferencia sobre meditación trascendental, inaugurará un ciclo sobre su obra, discutirá sobre su cine y hasta cenará con sus fans (150 euros cuesta). Lynch, convertido en monstruo de feria igual que su Hombre elefante. El comentario le hace reír. Todo agotado y todo ello gracias al festival más interesante, oculto y, ya que estamos, inquietante, que puebla el atolondrado universo de los festivales. Rizoma es su nombre.

Se sienta, pide café (“El café es parte del arte de vivir”) y espera. Mira a los ojos. Sólo mira a los ojos.

Pregunta.- ¿Qué hace un director como usted en un festival como éste?

Respuesta.- Soy muy sensible al entusiasmo. Me llamaron y no me pude resistir a tanta energía.

P.- ¿Qué ocurre en Hollywood para que un cineasta como usted no haga películas desde 2006?

R.- Lo que ocurre es simplemente que las oportunidades para que el cine independiente se vea en las salas han desaparecido completamente. Imagino que no es para siempre, que va por ciclos, pero la gente que acude al cine hoy es sólo para ver producciones de Hollywood. El cine de autor ha muerto.

P.- Parte del cine de autor, quizá, se está haciendo en la televisión…

R.- Sin duda. Me encantan ‘Breaking bad’ o ‘Mad men’. Son dos buenos ejemplos.

P.- Imagino que es consciente de que ninguna de las dos series existirían sin ‘Twin Peaks’…

R.- No, no. No soy un pionero de nada. Las cosas no se hacen para ser el primero, sino porque amas hacerlas, porque te enamoras del proyecto. Y eso es ‘Twin Peaks’. Mark Frost [cocreador y productor] y yo mismo contamos con todo lo necesario para hacer lo que queríamos: medios y libertad. Los compañeros no se lo podían creer.

P.- ¿Cree que una película como ‘Cabeza borradora’, su primera película, se podría hacer hoy?

R.- Sin duda. No sé muy bien qué ocurrió entonces para que se pudiera hacer esta película y desconozco lo que sucedió después una vez acabada. Se creó una atmósfera especial alrededor. Controlé todo el proceso y nadie se entrometió desde que se empezó hasta que conseguí acabarla. Llevó años. No sé si ahora alguien podría tener tanta libertad. Pero estoy convencido de que cualquiera que quiera hacer aquello en lo que realmente cree acaba por hacerlo. Y esto es así en cualquier época o circunstancia.

P.- ¿Se arrepiente de haber sido tan radical a lo largo de toda su carrera?

R.- No me arrepiento en absoluto. Ni de mis errores. Son míos.

P.- Hay quien ha leído el la radicalidad de ‘Inland empire’, una película que condensa con violencia cada una de sus obsesiones, el necesario colofón y testamento de su carrera. ¿Se puede seguir haciendo cine después de ella?

R.- Por supuesto que se puede. Los críticos siempre van más allá de lo que yo me siento capaz. No creo que sea una película extraordinaria. Son las ideas las que dictan todo y eso ha sido siempre así. Las ideas para esta película vinieron e ‘Inland empire’ surgió. Tan sencillo. Ahora mismo no soy capaz de predecir de dónde vendrán las siguientes ideas. Lo más hermoso que te puede pasar es cuando atrapas una idea que amas. Las ideas están ahí, sólo hay que atraparlas.

P.- ¿Cuál es el precio a pagar para no tener que dar explicaciones a nadie?

R.- No hay precio. Se paga cuando te vendes y pierdes la libertad y el poder de decidir el montaje último de la película. Es lo más triste y absurdo que le puede ocurrir a un director. Es sencillamente un crimen.

P.- ¿Está recordando lo que le pasó en ‘Dune’?

R.- En efecto. Cometí la mayor estupidez de mi vida al firmar un contrato que no me permitía el control del resultado final.

P.- ¿Qué es más importante: el dinero o la libertad de la que habla?

R.- [Se ríe] Entiendo que me está provocando. No hay dinero que pague la libertad de crear.

P.- En el libro ‘Atrapa el pez dorado’ usted da por muerto el cine y anuncia que el futuro es digital…

R.- Nunca dije que el cine hubiera muerto, anuncié que era el celuloide el cadáver. Pues no. Tras ver muchísimo rodado en digital, me he dado cuenta de que la película, el celuloide, captura algo tan profundo, tan orgánico, que no puede ser sustituido. Lo digital es incapaz de traducir esa impresión. No sé explicarlo con precisión. Es algo abstracto que el digital es incapaz de capturar. Es algo que tiene que ver con el sentimiento, una forma de vida.

P.- Su juicio es, de nuevo, radical…

R.- Bueno, conviene precisar que una pésima historia no la mejora nunca el que esté rodada con película… Y, al revés, una buena historia da vida al digital.

P.- El celucloide es más inquietante, más propio de usted…

R.- Sin duda. El celuloide está sucio, llora… Nunca dos proyecciones de la misma película son idénticas. Cada proyección posee sus propias huellas dactilares. No sabes nunca cuántas cosas pueden ir mal cuando ruedas en película. Algo que no ocurre, o sucede menos, en digital.

P.- ¿Cómo ve la influencia de las nuevas tecnologías (3D, pantalla Imax, 48 fotogramas por segundo…) en el futuro del cine?

R.- Lo básico es otra cosa; lo fundamental es la experiencia de ver una película en grupo a oscuras. Y eso está desapareciendo. Es muy peligroso que esto ocurra. Me resulta algo triste el imperio de las pantallas pequeñas. Mucha gente ve el cine en el ordenador. Y eso es otra cosa. Ver una película es entrar en un mundo a oscuras, sin teléfonos que suenen, sin nada alrededor; sin nada que puede romper esa experiencia.

P.- Ahora mismo en España se discute el papel del Estado en el cine…

R.- La experiencia americana es completamente diferente. Al Gobierno le importa una mierda el cine; y a los cineastas les importa una mierda el Gobierno… Digamos que la cosa está compensada [se ríe]. Pero conozco el caso francés y es diferente. Es muy bello. Para proteger precisamente al cine de la avalancha de Hollywood es bueno no confiar en el mercado exclusivamente. De lo contrario, desaparece cualquier forma genuina de arte, de cine. Desgraciadamente, compruebo que es el modelo americano el que se impone. Hollywood está cambiando a Europa.

P.- ¿Cómo se las arregla para que convivan bajo el mismo peinado el pintor, el músico (en 2011 publicó el disco ‘Crazy Clown Time’), el fotógrafo y el cineasta?

R.- Cuando te levantas por la mañana, son las ideas las que adoptan dentro de ti sitios diferentes. Hay ideas musicales, fotográficas, cinematográficas… Son ellas las que deciden, no yo.

P.- ¿El proceso creativo es diferente en cada uno de los casos?

R.- Es el mismo… y es diferente. [se ríe]. Lo más complicado es una idea de cine. Llega la idea y empieza un largo proceso desde el guión hasta la pantalla. Es siempre complicado y muchas veces, doloroso.

P.- Nunca hace declaraciones políticas. ¿No cree en el poder de un artista de cambiar el mundo?

R.- No, el arte no cambia nada, el arte te cambia a ti. No creo en los políticos. Son una broma. Al final, crean más problemas de los que solucionan. Yo, personalmente, creo en la meditación trascendental.

P.- ¿Para sustituir a la política?

R.- Sí, la meditación trascendental es una técnica para cobrar consciencia del nivel más profundo de la vida. Dentro de nosotros hay un sentimiento positivo, oceános de consciencia pura. La idea es experimentar ese sentimiento, un sentimiento liberador. Si estás estresado o atormentado, tus sentimientos son negativos. Básicamente, la meditación trascendental es una manera de limpiar la máquina, de cambiar. Y acabas por sentirte mejor. Ése es el futuro: la llave para la iluminación personal y la llave para la paz mundial.

P.- ¿Cómo concilia esta manera tan optimista de ver el mundo con un cine que tanto tiene que ver con el lado oscuro de la vida?

R.- Es muy fácil. Un artista no sufre al mostrar el sufrimiento. Cuando te enamoras de una idea, por muy turbia que sea, es siempre un proceso placentero, liberador, creativo. Puedes rodar una escena horrorosa, pero eres dentro de ti feliz. Esa es la clave. Puede ocurrir al revés: gente confusa que ruede comedias. No es mi caso.

P.- ¿Cómo se imagina el cine después de Lynch?

R.- No acabe conmigo todavía [se ríe]. El cine nunca morirá. La pintura muere regularmente cada cinco años y sigue ahí. El cine es un medio de expresión y conocimiento inmensamente profundo que está condenado a cambiar con el mundo.

 
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