Crítica a la película: EL DÍA DE LA BESTIA (1995) DE ÁLEX DE LA IGLESIA

Escrito por ELOY VAN CLEEF

UN PLÁCIDO POST APOCALÍPTICO

“¡Basta ya de mierdas light!”. Esta elocuente denuncia, expresada por el personaje de Antonio Resines en Acción Mutante (1993), resume con claridad y concisión la concepción de cine con la que Álex de la Iglesia irrumpió en el panorama cinematográfico español en los años noventa. La citadaAcción mutante, debut en el largometraje del director bilbaíno, El día de la bestia (1995), Perdita Durango (1997), Muertos de risa (1999) y La comunidad (2000), supusieron toda una bocanada de turbio aire fresco para nuestra industria durante la última década del pasado siglo.

Ya en 1991, el cineasta vasco había hecho una declaración de intenciones con su primer cortometraje, Mirindas asesinas, doce delirantes minutos en los que son condensados algunos de los principales elementos de la filmografía del autor: el exceso, lo grotesco, la violencia, la parodia, el absurdo y las balas.

Pero si hay una obra que ha encumbrado al cineasta vasco es, sin duda, El día de la bestia, película de culto desde que fuera estrenada a mediados de los años noventa. Hay que tener pelotas para hacer El día de la bestia y, si hay algo que Álex de la Iglesia ha demostrado a lo largo de todos estos años, es que no tiene nada que envidiar al caballo de Espartero.

El bilbaíno no deja títere con cabeza en esta cinta satánica (asesinato de los Reyes Magos incluído) y, si en su ópera prima el blanco de su corrosivo humor había sido la frívola y snobsociedad del bienestar (de la que dice que todos son “tontos o modernos”), en El día de la bestia el guión firmado por el propio De la Iglesia junto a su colaborador habitual, Jorge Guerricaechevarría, no hace concesiones y reparte palos a diestro y siniestro. El foco de la célebre e hilarante mala leche del cineasta español es especialmente severo ante asuntos como la paranoia de los dogmas de fe, el patetismo de los medios de comunicación (en el que insiste en cintas como Muertos de risa u 800 balas), la trivialidad de sociedad de consumo y el mal innato al ser humano.

El detonante de esta disparatada historia es la obsesiva demencia de un profesor de Teología (Álex Angulo) de la Universidad de Deusto, que cree haber descubierto la fecha exacta en la que nacerá el Anticristo. Tras un prólogo en el que el director deja bien claro cuál será el tono de la cinta, el sacerdote sigue una serie de pistas que lo llevarán hasta una apocalíptica Madrid, una especie de Sodoma y Gomorra posmoderna donde la violencia, el hedonismo y los medios de comunicación (alusión más que explícita al bufón Berlusconi incluida) parecen haber tomado las riendas de la liviana ciudadanía. El religioso sucumbe ante el impacto de un escenario plagado de señales nefastas, donde abundan las ambulancias, los ruidos de sirenas, los incendios, las obras a medio terminar y los vagabundos. Una ciudad en la que, tal y como dice el personaje de Rosario (Terele Pávez) “todo son putas, negros, drogadictos, asesinos,… ¡qué asco!”.

Una vez en la capital, De la Iglesia y Guerricaechevarría cargan contra todo y contra todos haciendo buen uso de lo grotesco (deuda del cineasta vasco con los Berlanga, Azcona y Ferreri), de lo excesivo, lo absurdo (guiño a su tan querido Buñuel) y lo barroco. El infierno, parece coincidir el bilbaíno con el de Calanda, no es un lugar, sino un estado de la conciencia, y está presente en el interior de todos nosotros.

Es destacable la influencia sobre esta cinta de una de las obras maestras de nuestro cine,Plácido (1961), del sobresaliente tándem formado por los anteriormente citados Luis García Berlanga y Rafael Azcona. Ambas cintas son especialmente ácidas a la hora de retratar con mordaz ironía la embriagadora estupidez que afecta al género humano durante las entrañables fechas navideñas. Del mismo modo, en ambos casos nos encontramos ante sendos personajes entrañables (el padre Ángel Beriartúa y el propio Plácido) ante situaciones límite, donde cada uno de los personajes que van apareciendo en escena resulta aún más grotesco que el anterior.

Sin embargo, la puesta en escena de De la Iglesia (casi todas las escenas transcurren de durante la noche) va mucho más allá de lo que la mayoría de cineastas de este país se han atrevido. El exceso, el barroquismo, el onirismo de sus imágenes es tan desorbitado como delicioso. Prueba de ello es la escena en el interior de la discoteca Infierno: un local lúgubre y demoníaco, donde un grupo de personajes satánicos da riendo suelta a su desenfreno al ritmo de atronadora música death metal.

La violencia se desata en cada secuencia, en cada escena, a cada momento: la paliza al presentador de televisión, el intento de secuestro de la joven virgen, el ataque de la madre de José Mari al sacerdote, la agresión de un heavy al padre Ángel, el cabezazo de José Mari al culpable de que la grúa se llevase su coche… violencia, violencia y más violencia en este Madrid infernal.

A pesar de lo surrealista, cómico y absurdo de muchas de las secuencias del film, el realizador sabe cómo asestar un contundente puñetazo en la boca del espectador a través de quienes él considera los verdaderos demonios: hombres que destruyen a hombres. El verdadero mal es representado en la cinta a través de los viles personajes que, bajo el lema “Limpia Madrid”, acaban con la vida de indigentes, inmigrantes o todo aquel que ellos consideran deshechos sociales. Desgraciadamente, no es difícil recordar el escalofriante vídeo del asesinato del joven antisistema Carlos Palomino en el metro de Madrid, que hace unos días sacaba a la luz el diario El País.

El caos en el que vive sumido la ciudad es reforzado por la presencia de varios de los mejores personajes de la filmografía de Álex de la Iglesia. Así, al visionario eclesiástico interpretado por Álex Angulo (que ha trabajado junto al director en cuatro ocasiones) se une una retahíla de estrafalarios e hilarantes personajes encabezados por el tosco José Mari (Santiago Segura), el embaucador profesor Cavan (Armando de Razza), la siempre amenazante (Terele Pávez) o el paródico productor televisivo italiano histérico (Gianni Ippoliti). De hecho, mención aparte merece el personaje del metalero José Mari, del que el propio Jorge Guerricaechevarría había reconocido que tenía mucha menos presencia en las primeras versiones del guión, en las que moría en la celebérrima escena del cartel de Schweppes. Sin embargo, tanto De la Iglesia como él acabaron por rendirse a la evidencia de que este personaje es una auténtica bomba, un tipo que siembra el caos allá donde va. A pesar de que el papel recayó azarosamente en manos del cómico Santiago Segura, tras el rechazo de Javier Bardem y Gabino Diego, no podríamos imaginar a ningún otro mejor José Mari que el de Carabanchel.

Hoy, en 2009, visto a través de la perspectiva de más de una década, no puede sino echarse de menos el descaro del primer Álex de la Iglesia, el realizador de Acción mutante, El día de la bestia oLa comunidad. Tras varios altibajos y el reciente desconcierto generado por la “sobria” Los crímenes de Oxford (2008) y la pifia de Plutón BRB Nero (2008), sólo queda preguntarnos cuándo volverá el cineasta que encabezó toda una revolución estética en nuestro cine durante la década de 1990. Por ahora, esperaremos para comprobar si el próximo trabajo del director, La marca amarilla (The yellow mark), está más cerca de Oxford o de Madrid.

FUENTE: http://www.enclavedecine.com/2009/08/el-dia-de-la-bestia-1995-de-alex-de-la-2.html

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s