RESEÑA DE “EL HOMBRE ELEFANTE”

ercera entrega de la monografía sobre David Lynch, y esta vez vamos a hablar de The elephant Man (El hombre elefante; 1980). Antes habíamos escrito sobre Blue Velvet (Terciopelo azul; 1986) y sobre la composición de la música de Twin Peaks (Love Theme).


The elephant Man puede etiquetarse como una obra comercial, conservadora respecto a la narración. Es un parón respecto al cine experimental -capaz de mezclar sueños surrealistas con relato realista- que David Lynch había mostrado, por ejemplo, enEraserhead (Cabeza borradora; 1976) cuatro años antes. Eso sí, el director protege, en algunas secuencias, su gusto por las metaforas visuales. Así ocurre con el inicio del metraje, cuando un elefante furioso se superpone en la pantalla a los gritos de miedo de una mujer. Esta idea, además, sirve al feriante -que ejerce como dueño de John Merrick (el Hombre elefante interpretado por John Hurt)- para explicar el origen del “monstruo”: su madre fue pisoteada por un elefante mientras estaba embarazada.

La película presenta a un ser humano diferente, marcado por un cráneo enorme y deformado, que impide que John Merrick pueda hablar de manera fluida y que pueda acostarse para dormir como una persona normal, por eso lo hace sentado. Además, su espalda tiene tumores cutáneos que hacen que su piel recuerde a la de un elefante. La historia se basa en un caso real, documentado, y que tuvo mucho impacto en la sociedad inglesa de finales del XIX.


David Lynch dirige una historia dura, a la que le roba el morbo de mostrar con detalle las deformidades del protagonista. Así, el hombre elefante no muestra su rostro en los primeros 30 minutos de película. Sino que el realizador prefiere apuntar siempre a la reacción que provoca John Merrick en los espectadores que lo ven. Es una visión triple, como argumenta el crítico Serge Daney: “Burlesca, moderna y clásica. Más aún: la feria, el hospital, el teatro”.

Con esta idea, se puede analizar lo que el director quiere transmitir con la película: John Merrick quiere ser un hombre normal, que no se diferencia de los demás; y ese planteamiento lo mata, porque El hombre elefante es distinto y debe desear ser distinto. Por ejemplo, David Lynch incluye imágenes de obreros trabajando en las fábricas que han vivido la Revolución industrial: hay máquinas que ayudan, pero alienan y convierten a todos los trabajadores en seres iguales, sin creatividad. Esa perspectiva industrial aparece en otros proyectos de David Lynch, como el aserradero de Twin Peaks. Y esa visión, en The elephant man, es burlesca, es la feria donde se exhibe a John Merrick; es muy cruel.

El médico, Frederick Treves (Anthony Hopkins), llora la primera vez que ve al Hombre elefante. Lo hace por interés científico, por el reto que se le presenta en su carrera de cirujano. Por eso también cae en el exhibicionismo. En cambio, la mirada del teatro es la única justa con John Merrick, la que le aplaude por lo que es: diferente. Porque el telón esconde lo ordinario y muestra lo extraño. Y porque el público quiere verlo. Así, la actriz Kendal (Anne Bancroft) demuestra su admiración e interés, y acepta al Hombre elefante sin ningún tipo de duda o mirada morbosa.

FUENTE: http://cinemascope35.blogspot.com/2010/06/elephant-man-de-david-lynch-iii.html

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