Crítica a 12 monos

Para hablar de Terry Gilliam hay que pensar en él casi como un hombre renacentista; pintor, escultor, animador, grafista, escritor, guionista… Sus habilidades artísticas, cultivadas a través de los años, comprenden tantos aspectos de la producción de sus películas que todas ellas tienen un sello inconfundible. Es casi un subgénero de lo fantástico en sí mismo.

No es mi intención plasmar una biografía detallada de Gilliam en este artículo, pero sí creo útil considerar varios aspectos de su persona a nivel global para entender mejor su obra, y más concretamente ese producto oscuro que es 12 Monos, del que a continuación os ofrecemos un retro-análisis.

Para empezar, Gilliam nunca se ha considerado un director dentro del star-system de Hollywood. Los métodos de trabajo subordinados de la Industria (con mayúsculas) nunca han encajado con él, a pesar de los años que lleva dentro de ella. El servilismo complaciente del elenco de producción, los pases de prueba antes del estreno, la intromisión de los productores en el montaje final, la búsqueda de actores famosos como reclamo, los viajes promocionales prefabricados… para él todo eso forma parte de un engranaje que, digámoslo claro, le dan patadas en el culo.

Pero lo más curioso de este extraño director es su pasión por el cine como arte, como espectáculo de circo. Sus raices le delatan, y su trabajo como animador podría decirse que ha representado el 50% de los Monty Python. Esa imaginación retorcidamente ácida y simbólica es solo la punta del “iceberg Gilliam” que corona una grandiosa capacidad para plasmar ideas abstractas o aparentemente absurdas en pantalla.

Terry es uno de esos pocos que no escribe si no tiene nada que escribir, que no habla si no tiene nada que contar y que, por supuesto, no dirije una película si no tiene un guión sorprendente detrás. Sus tareas vitales están diversificadas, sí, pero no podremos verle nunca dirigiendo un producto únicamente alimenticio. Y sobretodo no le gusta hacer lo que todo el mundo hace. Para bien y para mal.

Pero vayamos al tema de este artículo: 12 Monos: Para entenderla antes debemos situarnos en el contexto en que fue concebida: 1994/1995. Terry llevaba 4 años sin rodar desde la exitosa y alabada El Rey Pescador. En todo ese tiempo había tenido oportunidad de depurar la historia adaptada de un corto del año 62 llamado La Jetée, creado por el director francés Chris Marker, un experimento a base de imágenes estáticas en blanco y negro con voz en off. Sus escasos 28 minutos de duración eran inversamente proporcionales a la fuerza y seriedad de la obra, un breve relato en el que la humanidad quedaba sumida en un holocausto tras la Tercera Guerra Mundial.

Gracias a ese cortometraje Gilliam ya tenía la materia prima necesaria para llevar adelante su proyecto. Y para darle forma contrató al reputado escritor David Webb Peoples, co-guionista de Blade Runner (1982), quién se encargaría de moldear la historia de 12 Monos.

5 millones de personas morirán a causa de un virus letal en el año 1.997.
Los supervivientes abandonarán la superficie terrestre.
De nuevo, los animales volverán a dominar el mundo.

Extractos de una entrevista con un paciente esquizofrénico paranoide.
12 de abril de 1990. – Hospital del Condado de Baltimore.

Con este demoledor texto comienza 12 Monos. Se trata en realidad de una elipsis que Gilliam utiliza para evitar un extenso prólogo y meternos directamente en harina. Una artimaña para ir directamente al mundo apocalíptico tras el holocausto. Esto es lo que hay. La hemos jodido y aquí estamos…

Como podemos ver en el cartel original, Bruce Willis encabezó el reparto, pero su elección para el papel de James Cole no fue ni mucho menos fortuita. Los estudiosUniversal ya habían cortado antes las alas a Gilliam con el primer montaje de Brazil y no se fiaban lo más mínimo de su capacidad para recuperar lo invertido después del batacazo en taquilla de Las Aventuras del Barón Muchausen. Así pues, la condición para llevar adelante su idea de 12 Monos era clara: tendría total potestad sobre el corte final si encontraba un buen reclamo. Había que producir un film al estilo Gilliam, pero con un cartel que resultara atractivo al público.

La fortuna guiñó el ojo y la elección de Bruce Willis resultó acertada. Casi podemos decir que Gilliam arrebató a Willis la etiqueta de tipo duro encasillado en películas de acción (Jungla de Cristal) y sacó a relucir sus verdaderas dotes interpretativas, despertándole de ese eterno acomodamiento gestual. Para ello le hizo mostrar en pantalla su debilidad y miseria, como contrapunto a esa rudeza que le caracteriza.

Para el rol secundario se contrató (casi en el último momento) a Brad Pitt. Era el año 95 y el joven actor todavía no se había revelado como la estrella que es hoy en día, a pesar de que ya era considerado todo un sex-symbol. Gilliam fue muy directo con él; le pidió que aprendiese a comportarse como un verdadero esquizofrénico hiperactivo, y Pitt lo clavó de tal forma que su personaje de Jeffrey Goines le valió una Palma de Oro y lanominación al Oscar al mejor actor secundario.

A los aciertos anteriores debíamos sumar el adecuado cast de David Morse en su breve pero intenso papel de Dr. Peters y lo bien que acompañaba Madeleine Stowe como Dra. Kathryn Railly al personaje de Willis.

Pero si hay algo especial en 12 Monos es sin duda la forma en que se usan los saltos temporales para dividir la historia en episodios a modo de flashback, lo que nos permite ver la evolución de los personajes en diferentes fases mientras el espectador sufre (literalmente) la misma suerte que Willis. Muchas son las películas que han tratado ya el tema de los viajes en el tiempo, pero pocas consiguen que la integración entre forma y contenido sea tan necesaria como en esta.

El espectador, en una primera experiencia, se identifica con el personaje de James Cole, siguiendo sus mismas averiguaciones, obteniendo las mismas respuestas y realizándose las mismas preguntas. Es sólo al final del film cuando todo encaja con precisión milimétrica. No es una película “con trampa” como las que se hacen ahora, donde lo que se busca es darle la vuelta a la tortilla. Sin embargo, el final tiene sorpresa y desde luego la lectura cambia por completo en posteriores visionados, permitiéndonos descubrir nuevos matices y detalles.

Si analizamos los pormenores de los saltos temporales de 12 Monos, muy posiblemente lleguemos a paradojas como las que se plantean en Terminator o Regreso al Futuro.  Esa no es la cuestión. Forma parte de la magia de Gilliam: nos presenta algo absurdamente fantástico, pero nos introduce de lleno en la cabeza de los protagonistas. Y lo consigue gracias a la recreación de una atmósfera enrarecida y oscura, una mezcla de lo vanguardista con lo medieval. El futuro apocalíptico de 12 Monos es la visión actualizada de excrementos y cadáveres apilados en tiempos de la peste negra. Aunque el virus queda confinado a la superficie terrestre, se encuentra presente en las vidas de todos los supervivientes del inframundo. La Humanidad, antes dedicada al bienestar del individuo, queda ahora relegada a su subsistencia. Todo lo demás es secundario. La individualidad del ser civilizado ha dado paso a una nueva forma de vida en colmena. Del mono a la hormiga; de la conciencia individual a la conciencia de grupo. Gilliam nos muestra dos mundos corruptos: el actual, con su valores enfermizos y psicopáticos, que apenas ha cambiado desde que se estrenó la película en 1.996, y el futuro, donde las libertades individuales no existen y la humanidad vive bajo tierra.

Si nos detenemos a reparar en los detalles visuales, en la calidad de algunos planos y en lo inteligente de ciertos diálogos, bien podremos darnos cuenta de que estamos ante una obra muy pensada, en la que pocas cosas dan pie al desdén. 12 Monos tiene todos los ingredientes para ser considerada una pieza de colección y un clásico instantáneo.

ORIGINAL

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