Más allá de los límites de la mente

Robin Wright, que se interpreta a sí misma, es una actriz de 44 años, que apenas conserva un resquicio de la fama de la que gozaba en su juventud. Su hijo, Aaron, padece una enfermedad sensorial que requiere de muchos cuidados. Desde la productora Miramount (guiño a Paramount), Jeff Green le ofrece un último contrato, el cual estipula que la empresa será dueña de su identidad cinematográfica durante 20 años. Para ello, su imagen será escaneada y digitalizada, y utilizada a juicio de la productora, con la condición de mantenerla siempre joven. Tras 20 años, Robin acude al Congreso Futurista que organiza Miramount. Para entrar, es imprescindible consumir una ampolla de los estudios que convierte la concepción de la realidad en una animación. Aquí comenzará el viaje de Robin hacia los límites de su propia mente; un nuevo mundo donde su objetivo será volver a encontrarse con su hijo.

Comentario

Una locura sin precedentes. Brutalmente honesta en su irrealidad, El Congreso se erige como una nueva obra maestra del israelí Ari Folman. El director, ya conocido y alabado por la crítica por su magnífico drama animado Vals Im Bashir (2008), se adentra esta vez en un proyecto alejado de la guerra, pero cuya animación aporta un poder visual casi tan grande como en su previo largometraje. Robin Wright la describe como la mente de “un genio diseñador en un mal viaje de ácido”.

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En esta ocasión, el propio director adapta la novela de ciencia ficción de Stanislaw Lem, Congreso de Futurología (1971). Se trata de una relectura muy particular, con la que apenas comparte ciertos rasgos, ya que la primera parte de la película es absoluta invención de Folman. La realidad y la ficción se mezclan en todo momento para dar lugar a un conjunto siniestro y plagado de color. Ambas obras siguen una línea común, propia de la ciencia ficción: presentan una aparente utopía futura que resulta en ilusión.

El film se divide en dos partes: en la primera, la actriz protagonista se enfrenta a la propuesta hecha por Miramount, por la que pasa a perder su propia identidad, a cambio de dinero y juventud eterna, de la mano de las nuevas tecnologías; en la segunda, ambientada 20 años en el futuro, Robin entra en el Congreso Futurista y la animación se adueña de la película. Estos dos campos visuales se unen de manera algo forzada: el espectador, una vez se adentra en el mundo de los psicodélicos dibujos, se pierde dentro de la trama, que deja de tener sentido, para cobrarlo nuevamente cuando la protagonista despierta de ese sueño alucinógeno.

El Congreso aporta una crítica formidable al denunciar las terribles situaciones que puede llegar a producir el avance tecnológico, invitando al mismo tiempo a tirar la toalla: al no poder evitarse, de poco o nada sirve luchar contra él. La misma hija de Robin afirma: “la tecnofobia nunca ha llevado al ser humano a ninguna parte”. Este sentimiento no se expresa sólo con la pérdida de trabajos tradicionales a favor de las nuevas mentes, adaptadas al cambio y mejor preparadas; Folman nos presenta la deshumanización, la pérdida de la realidad y de todo lo que hasta el presente nos identifica como humanos, como seres sociables y en sociedad. Es un lamento, un grito de auxilio ante la falta de elección real del individuo y, al mismo tiempo, una crítica al proceso de individualización, que puede llegar al extremo de evitar definitivamente la relación entre las personas, quienes, en la pantalla de su propia mente, inventan un mundo a su medida, cómodo y “feliz”.

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No es esta la única denuncia de la película; otros problemas como la importancia otorgada a la juventud son centrales en el film. Esta última se apoya en frases que los personajes secundarios dirigen a Robin como: “Te dijeron cómo parecer joven. Porque si no les obedecías, restando un par de años a tu bello rostro, ¡dejarías de existir!” frente a la apreciación que hace Dylan, su animador digital, cuando confiesa: “Necesitaba nuevos movimientos, una sensualidad diferente; cosas que una mujer gana con la edad”. Además, uno de los factores de mayor importancia que consigue convencer a Robin para que acepte el trato con Miramount es la promesa de mantenerla eternamente joven; y en el mundo animado, vuela al son de Forever Young, una composición de Max Richter, cantada por la misma Robin Wright.

La ficción que envuelve la película es autoconsciente en todos los niveles. Somos los espectadores los que nos perdemos por momentos, junto a la protagonista, y no sabemos reconocer la realidad dentro de la propia ficción que es el film. La metaficción marca El Congreso en todo momento. Los guiños son constantes: a Paramount Pictures, actores como Tom Cruise, Keanu Reeves, Michelle Williams, Marilyn Monroe, al propio género Sci-Fi, a los directores… En definitiva, a la industria del cine, criticada y alabada, desde los diálogos y hasta la trama. Y el espectador, como sujeto indispensable, se siente identificado con la propia crítica en momento presente, pues, tanto como todo el equipo del film, está formando parte de la farsa criticada mientras está sentado en la butaca del cine.

Si bien El Mal, se presenta con las distintas caras que puede tomar la poderosa industria, la cual devora a los individuos y los sumerge en la vorágine de acontecimientos que se desarrollan a lo largo del film; la libertad, la inocencia, El Bien, son representados por el hijo de Aaron y su roja cometa. Como el niño en el corto de Albert Lamorisse, Le ballon rouge (1956), Aaron se libera a través de su planeador. Su madre buscará esa misma liberación, seguirá la cometa como un ancla a la realidad, como la pista imprescindible para reencontrarse con su hijo.

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Es una película que tiene todos los ingredientes para convertirse en cine de culto para los amantes del género, que se presta a infinitos análisis y, sobre todo, que no deja indiferente. El largometraje que presenta Ari Folman, una distopía psicotrópica de camino entre Aldous Huxley y Paprika (Satoshi Kon, 2006), ayudada de su espectacular puesta en escena, con claras influencias de la animación de la década de 1930, nos obliga a reflexionar acerca del consumo de drogas, antidepresivos y, en definitiva, de cualquier realidad virtual, con el único objetivo de escapar de una existencia que se nos antoja terrible. No es más que una presentación para que el espectador saque sus propias conclusiones, responda él mismo a la gran pregunta: ¿Es preferible la crudeza de la realidad o la belleza propia a la fantasía?

FUENTE ORIGINAL

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