Terry Gilliam: De los Monty Phyton a los 12 Monos

Pasada la mítica época en que el cine de autor se convirtió para muchos en un género cinematográfico, es más difícil encontrar en el panorama actual directores que hagan cine con estas características. Un Woody Allen, tal vez, es lo que más se le acerca, o algunos realizadores independientes o europeos. Es más factible encontrar quienes conservan en todos sus filmes un estilo muy definido, como un Martin Scorsese o un Speke Lee, por sólo mencionar dos de los más conocidos. Pero autores como Fellini, Bergman o Buñuel, que en sus películas creaban universos únicos y personales, están casi extinguidos en nuestro cine de fin de milenio.

Esta reflexión es a propósito de Terry Gilliam, otro director poseedor de un cine con identidad propia, que ha sorprendido y cautivado, película tras película, a lo largo de su filmografía hasta llegar a su último trabajo titulado 12 Monos (Twelve Monkeys, 1996), un filme complejo e impactante que nuevamente pone de manifiesto el talento de este realizador. Pero para hablar del actor, guionista, animador y director de cine Terry Gilliam, es necesario hablar del popular grupo inglés Monty Phyton, un brillante y corrosivo club de seis miembros conformado, además, por Terry Jones, Michael Palin, Eric Idle, Graham Chapman y John Cleese. El grupo hizo de las suyas, primero en la televisión y luego en el cine, derrochando extravagancia e imaginación con sus sardónicas parodias y desquiciadas comedias. Gilliam, el único norteamericano del grupo (pero con amplia mentalidad inglesa), era un licenciado en ciencias políticas que llevaba una exitosa carrera como caricaturista. A finales de los sesenta conoció a John Cleese, quien lo invitó a hacer parte del Monty Phyton Flying Circus como animador, Gilliam aceptó y cruzó el Atlántico. Pero de inmediato se convirtió no sólo en el animador sino también en una de las piezas fundamentales del grupo.

EL ESTILO MONTY PHYTON

Entre los seis miembros escribían y protagonizaban sus películas, dirigidos generalmente por Terry Jones y ocasionalmente por Gilliam. Su debut en el celuloide fue en 1971 con And now for something completely different, una especie de antología con los más populares sketchs (piezas cortas) y animaciones de la serie televisiva que realizaban para la BBC. Esta película es el eslabón de transición entre los dos medios y concentra la esencia de su estilo, es decir, la comedia negra, lo escatológico, la irreverencia formal y temática, su agresividad y fuerza ilógica, elementos constitutivos de su humor lacerante y anárquico que nace de la parodia y la sátira de leyendas populares, de hechos más o menos históricos  y de la propia vida cotidiana contemporánea, todo esto pasado por una imaginación desbordada que llegaba hasta los límites mismos de la procacidad.

Cuatro años más tarde, con The Monty Phyton And the Holy Grial, el grupo demostró que lo suyo era más que bufonerías y rutinas graciosas, pues lo que hicieron fue una tumultuosa recreación de la leyenda del rey Arturo, los caballeros de la mesa redonda y su búsqueda del Santo Grial. El resultado fue una serie de sketchs encadenados cargados de un fino y agudo sentido del humor,  y una producción que sorprendió a todos por el notable tratamiento visual que hicieron de la edad media. Este elaborado tratamiento de la imagen fue una característica que en adelante estaría siempre presente en sus películas y que fue conservada y perfeccionada especialmente por Terry Gilliam para sus proyectos personales.

Y si parodiando a las gentes de Camelot se ganaron el respeto de los entendidos, con La vida de Brian (Monty Phyton’s life of Brian, 1979), además, se ganaron el del público y la taquilla. Se trataba de la historia, original e irresistiblemente graciosa, de un contemporáneo de Jesucristo -nacido en el pesebre de al lado- que es confundido desde su nacimiento y durante toda su vida con el Mesías, hasta que muere crucificado en lugar del hijo de Dios. Esta es probablemente la película más compacta y coherente del grupo en términos argumentales. Porque si algo se les ha criticado de su obra es la desarticulada estructura de sus películas, conformada casi siempre por una serie de Sketchs y escenas sueltas, sin más hilo conductor que un tema muy general como referente.

Precisamente esto es lo que ocurre con mayor énfasis en su siguiente largometraje, titulado El sentido de la vida (The meaning of life, 1983). En él los Monty Phyton se hacen las preguntas que el hombre se ha hecho desde el principio de los tiempos: quién soy, para dónde voy, por qué la muerte y esas cosas. Sus respuestas, por supuesto, fueron caóticas fiestas donde reinaba el absurdo y la sátira extravagante. La religión, la historia y la sociedad con sus más sagradas instituciones fueron mancilladas en pos de la búsqueda que hicieron estos seis mensajeros del contrasentido para dar con las trascendentales respuestas. Por eso el resultado fue una abigarrada película que no todos pudieron digerir bien, y no faltaron las voces en contra, ya por sus estirados chistes intelectuales o por su mal gusto que rayaba con la vulgaridad, porque en esta película había de todo. Pero en lo que sí hubo acuerdo unánime fue en su aspecto técnico y formal, pues ésta  resultó ser una película plásticamente brillante, con excelente fotografía, composición muy cuidada y encuadres llenos de llamadas de atención. Un verdadero espectáculo visual, que en el cine nunca está de más.

Después de El sentido de la vida los Monty Phyton no volvieron a trabajar juntos, ni en cine ni en esas largas y exitosas giras que hacían por Inglaterra y Estados Unidos, en las que el público llenaba grandes escenarios para ver su humor en vivo; o por lo menos no ocurrió con todo el equipo y bajo este mismo nombre, pues para sus posteriores proyectos particulares siempre buscaban el apoyo de alguno o algunos de sus antiguos compañeros. Aparte de Gilliam, Terry Jones ha sido el más activo, co-escribiendo guiones de películas como Laberinto (Labyrinth, 1986) o Consuming pasions (1988), y como director de dos largometrajes: Personal services (1987) y Eric the viking (1989), que conservaron el estilo que hiciera famosos a los Monty Phyton, pero que no lograron tener el mismo éxito. John Cleese, por su parte, hasta el momento ha sacado adelante dos proyectos, aunque sin atreverse a dirigirlos: Los enredos de Wanda (A fish called Wanda, 1988) y Creaturas salvajes (Fear creatures, 1995), fino humor inglés a la manera tradicional muy distante del que hacía con sus amigos, pero que le dio muy buenos resultados.

GILLIAM: FANTASÍA Y PESIMISMO

La primera vez que Terry Gilliam se separó del grupo fue en 1977, año en que realizó Jabberwoky, su opera prima, una parodia de la época medieval que le daba continuidad al anterior trabajo de los Monty Phyton. El nombre de esta película proviene de un poema que hace parte del libro Alicia a través del espejo, del escritor Lewis Carroll, considerado como el más famoso de los disparates poéticos de la literatura inglesa. El Jabberwoky de Carroll comienza por ser la parodia de una balada medieval y termina siendo un poema del absurdo y el sin sentido, elementos que son retomados por Gilliam para hacer su película, una brusca combinación de chistes muy elaborados e intelectuales, con desagradables imágenes violentas y escatológicas.

Cinco años después realizó una descabellada y fantástica aventura llamada Tiempo de bandidos (Time bandits, 1982), en la que un grupo de enanos, encabezado por el ahora difunto David Rappaport, viaja por el tiempo, con ayuda del único mapa que tiene marcados los “fallos” de la Creación, robando a personajes importantes de la historia. Es memorable la escena en que embriagan a Napoleón Bonaparte y a sus oficiales para escapar luego con sus pertenencias, incluyendo la mano de oro que a manera de prótesis escondía siempre el emperador francés bajo su casaca. En esta película Terry Gilliam empieza la transición entre las convulsivas parodias de los Monty Phyton y los delirantes universos fantásticos y visionarios de su posterior obra filmográfica. Porque al mismo tiempo que este filme es una estilizada ironía sobre la historia, las mitologías y leyendas de la literatura y el mundo infantil, y sobre los adultos autómatas de la vida moderna; es una fábula llena de magia y fantasía, creada para lo que es verdaderamente la estructura mental de un niño y no para la que los adultos suelen creer que es.

En 1985 Terry Gilliam co-escribe y dirige Brazil, considerada como uno de los mejores filmes de la década pasada. Esta película es un triunfo de la imaginación y el diseño de producción, que cuenta la vida de un atribulado empleado público que se ve apabullado por una caótica civilización, el absurdo sistema que la gobierna y por una personalidad apocada que se contrapone a sus fantasías de valiente caballero andante (y volador). Gilliam se vale de este material para burlarse y satirizar el progreso, la burocracia y el poder, con altas dosis de humor negro y una angustiante descarga de pesimismo social y existencial. Es un filme extravagante y minimalista al mismo tiempo, en medio de una atmósfera futurista poblada de objetos con diseños antiguos, lleno de monstruos y hadas, y unos personajes extraordinarios como sacados de una revista comics gótica. Su historia, ambientación y personajes se mueven en coordenadas trazadas por películas como Metrópolis, de Fritz Lang y El proceso, de Orson Welles. Pero, aunque conserva el ánimo pesimista y la visión de un oscurantismo tecnológico de éstas, pone mayor atención al juego fantasía – realidad que vive (o padece)  Sam Lowry, su protagonista, interpretado con gran acierto por el actor Jonathan Pryce.

Pero si con Brazil Terry Gilliam se adentró a límites casi enfermizos de la fantasía, en Las aventuras del Barón Munchausen (The adventures of Baron Munchausen, 1988), su siguiente película, hizo de la fantasía su elíxir de vida. Aunque esta vez el director se ayudó de un personaje de la literatura fantástica y de aventuras conocido en todo el mundo, quien vivió realmente en Alemania con el nombre de Karl Friedrich Hieronymus, barón von Münchausen (1720 – 1797), un oficial de caballería de gran ingenio y muy fanfarrón. Sus relatos fueron recogidos por un contertulio suyo llamado Rudolph Eric Raspe y publicados en Inglaterra en 1785, tres años más tarde fueron traducidos al alemán por Gottfried August Bürger, quien añadió nuevas aventuras. En muchos países surgieron remedos y copias del personaje con nombres diferentes y atribuyéndole hazañas mayores. El cine también ha recurrido a él con frecuencia casi desde sus primeros años  y la versión de Gilliam ya es la quinta que se hace sobre este héroe popular. En ella el director vuelve a valerse del paralelo realidad – fantasía, pues mientras son recreadas las fabulosas historias narradas por el mismo barón Munchausen, él y sus ávidos escuchas se encuentran en medio de una ciudad sitiada por los turcos, y hay momentos en que ambos planos, realidad y fantasía, se confunden en uno solo.

Terry Gilliam ha declarado que este es el último eslabón de una trilogía iniciada con Tiempo de bandidos y continuada con Brazil. Y efectivamente, las tres tienen mucho en común, en especial sus personajes centrales y sus motivaciones, pues ellos son seres que viven la ambivalencia de la realidad y  la fantasía, tanto el niño que acompaña a los enanos, como el burócrata atribulado o el envejecido barón,  son soñadores atrapados en un mundo opaco y hostil que no permite lo mágico o lo extraordinario. En ésta última, más que en cualquier otra de sus películas, se manifiesta la grandilocuencia formal, especialmente por la magnificencia de sus decorados y la vistosidad del vestuario. Tuvo en ello mucho que ver el presupuesto con que contaba, ya que se anunció como la segunda producción más costosa de las rodadas en Europa  hasta la fecha, Después de Cleopatra.

Luego de esta triple avalancha de imágenes y derroche de imaginación, Gilliam regresa con una historia aparentemente más convencional, titulada El pescador de ilusiones (The fisher king, 1991), una historia sobre un disc-jockey y un ejecutivo que transforman sus vidas a causa del mismo trágico suceso. Pero en el trasfondo el director no olvida su vena fantástica y, además,  vuelve a repasar su obsesión por los temas medievales, especialmente por los caballeros andantes y la leyenda del Santo Grial, y aprovecha para hacer sus reflexiones sobre la vida del hombre moderno, con todas sus angustias y temores. Sin embargo, esta es indudablemente su película de menor factura, la más desteñida en contraste con sus anteriores trabajos y, casualmente, la más cercana al cine de Hollywwod.

UNA DOCENA DE MONOS

Parecía que Terry Gilliam había bajado la guardia, pero después de cuatro años volvió a sus andanzas de Brazil con su película 12 Monos, pero esta vez esa realidad futura que nos describe carece del todo de comicidad y parodia, ni una pizca de ese humor negro tan habitual en su obra, escasamente dos o tres gags trágicos. Y aunque el argumento del hombre que viaja en el tiempo para tratar de cambiar el catastrófico rumbo de la historia, ha sido contado ya bastante en el cine, la manera como está ambientada, así como los elementos que la constituyen y la construcción de los personajes, la hacen una película muy impactante y original.

El filme de entrada se ubica en un apocalíptico futuro azotado y diezmado por un terrible virus que ha confinado al hombre a sobrevivir bajo la tierra. La atmósfera de los escenarios son aún más asfixiantes y amenazantes que en Brazil y los personajes que los pueblan mucho más agresivos visual y sicológicamente. Pero ahí no terminan los oscuros y pesimistas elementos de esta película, porque complementariamente al caos formado por la tragedia futura y la paranoia ambientalista del pasado, está la confusión sicológica, que se manifiesta en James Cole, su protagonista, en desesperanza existencial, desamparo y desorientación mental. A todo esto se le suma la complejidad de una historia que por momentos queda al borde del colapso por el peso de tantos detalles acumulados y por la manera como está contada. Su complejidad se manifiesta principalmente en una línea argumental que se está moviendo constantemente en el tiempo, y los frecuentes viajes de Cole entre el  pasado y el futuro, van modificando a cada momento el estado de las cosas y variando cada vez más las fronteras de lo real. Una nueva variación del delirante universo Gilliam.

12 Monos está basado en el cortometraje francés La Jeteé, realizado por Chris Marker en 1962, no tan crudo y tenebroso, pero que maneja la misma idea de caos y angustia futurista presente en muchos filmes de los últimos años, con ambientes y situaciones que se están convirtiendo en convencionales, con una concepción estética inaugurada hace ya quince años por Blade Runner, escrita precisamente por el mismo David Peoples, guionista, junto con su esposa Janet, de esta última película de Gilliam. Se destaca especialmente de este filme la manera como el director dominó y supo suministrar tantos aspectos y tan complejos: viajes en el tiempo, comportamientos sicológicos castigados por sucesos extraordinarios, el suspenso de una trama policiaca, la ciencia ficción y muchos otros elementos que arman este rompecabezas llamado 12 Monos. Y aunque no es una historia de su autoría, es una película que sintetiza tópicos fundamentales de sus anteriores producciones, puede verse en ella los huecos en el tiempo de Tiempo de bandidos, el futuro siniestro de Brazil, el espectro de la muerte tras el héroe de Las aventuras del Baron Munchausen y el hombre desesperado buscando la redención de El pescador de ilusiones. Todo un universo fantástico y delirante, algunas veces optimista y muchas otras pesimista, que ha ido contruyendo Terry Gilliam con pulso firme y que lo ha convertido en uno de los autores de nuestros días.

FUENTE Y MÁS

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