El cine que hay que ver: “Tiempos modernos” (Charles Chaplin, 1936):

Cuando en los años cincuenta y sesenta la crítica europea recuperó la obra de Buster Keaton, el cómico del cine mudo que llevaba años relegado al olvido, uno de los términos de la reivindicación fue comparativo: Keaton era diferente a Chaplin. Esta diferencia se medía no solo en la notoriedad pública de ambos, sino en la construcción de sus películas. La idea era que las cintas de Chaplin se habían convertido en toda una institución por su supuesto sentimentalismo, un rasgo del que carecían las películas de Keaton. Es cierto que la obra de Chaplin se inscribiría en el melodrama, pero eso no hay que confundirlo con una afectación sentimental blandengue.

Para desmontar esta confusión, nos podemos fijar en las tres películas que dirigió en la década de los años treinta. El caso obvio de “El gran dictador” (1940) supone uno de los ejemplos más audaces del cine norteamericano, con el cineasta arremetiendo contra el nazismo en un momento político en que esto aún era muy inconveniente para el juego de intereses de la política exterior estadounidense. El segundo ejemplo nos lleva al principio de la década, a “Luces de la ciudad” (1931), película que arranca con el vagabundo burlándose de una clase política que celebra con discursos vacuos su complacencia mientras se recrudece la crisis económica y hierve la situación en Europa: la inauguración de un monumento “a la paz y la prosperidad” es respondido por Chaplin poniendo su culo en la cara de una de las estatuas.

Pero quizá uno de los símiles más explícitos se pueda ver en los dos planos iniciales de “Tiempos modernos” (1936). El primero es un rebaño de ovejas, desfilando por un plano en picado. A continuación, las ovejas se convierten en personas vestidas con sombrero que se dirigen a una fábrica a fichar y trabajar. El interior de la fábrica nos muestra una cadena de montaje, ese sistema instaurado por el empresario modelo en aquel entonces, Henry Ford. Lo que ha conseguido el empresario modelo es que el trabajador sea un esclavo, con los tiempos muy medidos para el almuerzo o el ocio, y sometido a una dinámica que le convierte en una mera máquina.

Lo peor es que al trabajador le queda poca respuesta. Más adelante, hay una secuencia en la que el trabajador está paseando por la calle en una zona obrera donde abundan la pobreza y el hacinamiento. Le han despedido de la fábrica. De repente, pasa un camión del que cae una bandera roja que sirve para indicar la carga que sobresale. El trabajador coge la bandera, empieza a ondearla para avisar al conductor del camión, lo que provoca que, involuntariamente, se ponga al frente de una manifestación de trabajadores. Es tomado por el líder sindical de la protesta, de manera que, tras la brutal carga policial, es trasladado a la cárcel. Allí dentro consume, también de manera involuntaria, cocaína, un tráfico habitual en el interior de las prisiones.

Por si esto fuera poco, la peripecia de “Tiempos modernos” no es la conquista de una chica, sino la búsqueda de trabajo. El vagabundo y la chica quieren pertenecer a la clase media, tener una casa y montar un hogar con jardín y árboles frutales. En sus sueños, el trabajador no está en la miseria, vuelve cada día a casa después del trabajo donde le espera su mujer que ha preparado la comida. Es un sueño de integración social porque el trabajador medio no sueña con cambiar el sistema, sino con pertenecer a él, a un sistema que le rechaza, que le trata como un ente deshumanizado que solo sirve para apretar tuercas.

“Tiempos modernos” es una de las películas más vigentes del cine norteamericano de los años treinta, de esa época en la que varios cineastas reflexionaron sobre la crisis económica de aquellos años. Y algunos, como Chaplin, vieron que la crisis no era más que una excusa para una mayor explotación del capitalismo, para un mayor sometimiento y eliminación de los derechos sociales y de los avances laborales. En esto, “Tiempos modernos” no se anda con chiquitas, como tampoco lo hizo Charles Chaplin a la hora de llamar las cosas por su nombre, lo que le supuso el exilio de Estados Unidos. Eso sí, ni aun así pudieron callarle, ni la industria ni la crítica que en ocasiones le ha acusado de sentimental.

Por :Manuel de La Fuente

Fuente: http://www.efeeme.com/el-cine-que-hay-que-ver-tiempos-modernos-charles-chaplin-1936/

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