Análisis de la película Ascensor para el cadalso

Ascensor para el cadalso supone el debut como director de Louis Malle, cineasta que, a pesar de no cumplir algunos de los requisitos exigidos por los puristas del movimiento –su extracción de la revista Cahiers du Cinéma, por ejemplo-, muchos expertos incluirán posteriormente dentro de la Nouvelle Vague francesa, cuya alborada se encontraba ya próxima.

En este sentido, sí es cierto que Ascensor para el cadalso muestra muchos de los signos de los que se apropiarían los miembros de la innovadora corriente, como la subversión de los géneros cinematográficos desde la óptica personal e intransferible del autor.

Así pues, el punto de partida del filme se halla en los códigos del cine negro tradicional, terreno que, aunque definido y clasificado por la crítica francesa, es inequívocamente norteamericano –ambiente que prolonga aquí la banda sonora, dominada por la trompeta de Miles Davis-, y que Malle traslada al contexto a la Francia doliente por la humillación de la Segunda Guerra Mundial y el desmoronamiento de su imperio.

Toda una anticipación del polar, el cine policíaco de denominación de origen francesa que popularizarían, sobre todo, realizadores como Jean-Pierre Melville -otro de los autores admirados en lo posterior por los miembros de la Nouvelle Vague, especialmente Godard, y que ya había entregado un primer apunte, Bob el jugador-, así como rostros carismáticos como el de Lino Ventura, presente aquí en el papel de inspector de policía.

Por otra parte, el realizador galo reduce el argumento casi al puro esqueleto en aras de una mayor abstracción del relato, dividido en tres puntos de vista: el empleado de una firma armamentística, héroe de guerra, que asesina a su despreciable patrón para, producto de la mala fortuna, quedar preso en el ascensor del edificio de la empresa; la cómplice y amante de éste, que recorre la ciudad en su búsqueda al sentirse burlada dada su injustificada incomparecencia, y una pareja de jóvenes a la caza de libertad y emociones envueltos en el robo del coche del primero y, más tarde, en un turbio asesinato.

Tres sencillas historias que transcurren trenzándose entre sí, gobernadas, a modo de denominador común, por el fatalismo inexorable característico del noir, anunciado por la figura de un gato negro que se cruza ante los ojos del homicida.

A pesar del intenso comienzo –no podía ser menos ante la apertura con un primer plano de Jeanne Moreau, musa del director en la primera de sus muchas colaboraciones, clamando amor al espectador-, y su estimulante aire seco, desnudo y ascético, el filme tarda en arrancar, sobre todo a causa de la poca garra y la cuestionable lógica interna que exhibe el segmento protagonizado por los trágicos amantes juveniles, auténticos agentes encubiertos de ese Destino juguetón, sarcástico y sádico amante del absurdo.

Sin embargo, es en ese tercio final alimentado por hábiles giros de guion y conmemorado todavía más al rostro sin maquillaje de la Moreau, eternamente situado entre el cansancio y la decepción, cuando el filme revela unas cartas sólidas y subyugantes, que convierten a Ascensor para el cadalso en una interesante exploración de los entresijos del cine negro.

Fuente: https://elcriticoabulico.wordpress.com/2013/01/19/ascensor-para-el-cadalso/ 

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