Louis Malle defiende una “cámara invisible”

Louis Malle empezó su carrera en el cine como documentalista de las profundidades submarinas, de la mano del comandante Cousteau, y hoy explora las almas humanas con la ayuda de Antón Pávlovich Chéjov y su Tío Vania. El autor ruso, adaptado por David Mamet, musicalmente acompañado por Joshua Redman y captado por la cámara de Malle, se ha transformado en un éxito de Broadway, en un contemporáneo de la calle 42. “Yo tengo que borrarme, ponerme al servicio de la historia, encontrarle al objetivo el ángulo y la distancia adecuada para hacer más creíbles y vivos los personajes”, afirma el director, que se declara partidario de una “cámara invisible”.

“Para mí era tan interesante filmar Chéjov como a los actores interpretarlo. Como director soy un tipo al que le gusta la ficción, soy de tendencia novelesca y, aun cuando pueda pensarse que Vania en la calle 42 es un documental, no es ésa mi opinión. Chéjov, aunque tratase como nadie la realidad en sus aspectos más íntimos y cotidianos, es un grandísimo autor de ficción. Y yo estoy dirigiendo un montaje de Chéjov”, explica Louis Malle, para quien son mucho más importantes los intérpretes y el escritor ruso que Mamet. “La historia, el guión, es lo primero e inmediatamente después ya vienen los actores”, señala.En Vania en la calle 42, Malle se reencuentra con dos viejos amigos, Wallace Shawn y André Gregory, con los que ya puso en pie hace años un brillante ovni cinematográfico: Mi cena con André.

Ahora Malle les ha encerrado entre las destartaladas paredes del New Amsterdam, un local que ya no recuerda las Follies de Zigfield y que espera ser adquirido por la Walt Disney Enterprises.

“Visité a Wally y a André cuando aún estaban con sus representaciones casi privadas de la pieza, sólo para 30 personas cada noche. Ellos ya sabían que aquello necesitaba ser filmado y André me lo pidió. Mi intervención ha consistido en cambiar el juego interpretativo y adaptarlo a las necesidades de la cámara, de mi idea de un ritmo visual capaz de crear emociones”.

Le satisface mucho que no se sepa en qué momento empieza la representación y que se le diga que su trabajo detrás de la cámara, de puro sutil y exacto, resulta invisible. “Hay cineastas que tratan la cámara como un personaje. A mí eso, como director, no me interesa, aunque como espectador a veces sí me parece muy atractivo. Por ejemplo, El cielo sobre Berlín, de Wenders, es un buen ejemplo de ese protagonismo de la cámara, que corresponde a un cine poético. Yo no sé hacerlo. Sintonizo más con la vertiente novelesca del cine y eso significa que yo tengo que borrarme, ponerme al servicio de la historia, encontrarle al objetivo el ángulo y la distancia adecuada para hacer más creíbles y vivos los personajes”.

Cuando debutó como director de largometrajes, con Ascensor para el cadalso, Louis Malle no era aún un enamorado de la austeridad de los grandes clásicos. “Cuando empiezas tienes necesidad de hacerte notar, de demostrar que sabes hacerlo todo. Después de Le feu follet decidí cambiar de estilo o mejor dicho, de actitud. Desde entonces mi mayor preocupación es que el espectador se olvide de que está en el cine. Por eso he prescindido de todos los efectos y me gusta que la cámara sea como un ojo sabio, bien guiado, que ve más que el ojo humano porque ella nunca se distrae ni parpadea”.

Proyectos

Algunos rumores ponen en contacto a Malle y Wenders en un filme de homenaje a Orson Welles, pero él dice no saber nada de ello: “Wenders es peligroso porque primero acabó con Ray y ahora pretende hacer lo mismo con Antonioni, que es un señor hemipléjico pero que está muy bien”.

Sí está en cambio metido hasta las cejas en un proyecto basado en las memorias de la hija de Marlene Dietrich. “Se trataría de explicar el Hollywood de los años treinta desde el punto de vista de un niña”. Sabe de un proyecto paralelo de Stanley Donen pero eso no le preocupa: “Él quiere biografiar a la madre y pretende hacerlo con Patricia Kaas como protagonista”.

No siempre la relación de Malle con los actores es fructífera. “Es verdad que en Herida mis relaciones con Jeremy Irons no fueron todo lo buenas que hubiésemos deseado”, dice el director.

“Él es un actor fantástico, pero me parece que no comprendió el personaje, explica Louis Malle. “Yo quería que el diplomático inglés al que todo le sonríe se enamorase de la novia de su hijo por necesidad autodestructiva, porque había en su interior un deseo de acabar consigo mismo y con su mundo. Él no lo veía así, prefería que fuese el mundo que le rodeaba el único culpable del drama. Además no se llevó muy bien tampoco con Juliette Binoche porque son de dos escuelas de interpretación opuestas. Todos los problemas de Herida son de reparto, de un error de casting. Juliette yo creo que estaba muy bien pero, en cambio, me parece un error que se empeñe en hacer películas americanas, en inglés y simulando que es americana. Para un actor, como para un escritor, es prácticamente imposible dominar dos idiomas. Yo soy totalmente bilingüe, pero aun y así, en tanto que director, a veces me doy cuenta de que puedo expresarme con mayor precisión en francés”.

Fuente: http://elpais.com/diario/1995/01/17/cultura/790297204_850215.html 

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