Louis Malle, entre la urgencia espiritual y la cruda realidad

No goza del mismo fervor ni misticismo que Godard o Truffaut pero Louis Malle (1932-1995) fue junto a ellos el mejor cineasta francés del siglo XX y su obra pervive hoy con impresionante vigencia gracias a la enorme fuerza dramática y metafísica que le supo dar a sus historias. Hijo de una familia de ricos industriales, Malle siempre despreció sus orígenes burgueses y tampoco perteneció a la Nouvelle Vague porque quiso ir por su cuenta. Su obra destaca precisamente por su vibrante sentido de la libertad y su oposición a todo convencionalismo. Maestro a la hora de retratar antihéores, su cine suele abordar una y otra vez unos mismos temas que le obsesionaban: la pasión amorosa, las cuestiones metafísicas y los estragos de la Segunda Guerra Mundial en Europa, a veces todos ellos a la vez.

Malle tuvo una carrera fulgurante. Su primer trabajo en el cine fue junto a Robert Bresson como asistente de dirección en la obra maestra Un condenado a muerte se ha escapado (1956) y poco después co-dirigió junto a Jacques Costeau el documental El mundo del silencio (1957) por la que ganaría su única Palma de Oro en Cannes y su único Oscar. Tenía 25 años y debutaría en solitario con una película espectacular, Ascensor para el cadalso (1958), uno de los más vibrantesthrillers de la historia del cine. La película cuenta la historia de una pareja de amantes clandestinos (un clásico suyo) a la que todo le sale mal. El protagonista trabaja para un millonario y se enamora de su mujer. Ambos planean su asesinato de forma que parezca un suicidio, una vez consumado, el asesino se queda atrapado en el ascensor comenzando una angustiosa espera que durará toda la noche. Sería su primera colaboración con dos actores que marcarían de forma profunda su filmografía, Jeanne Moreau, su musa absoluta, y Maurice Ronet.

La pareja de amantes asesinos se cruza en su camino con otra de adolescentes enamorados, que actúan como espejo con su pureza, a los que quieren cargar el muerto. Y en medio, un policía que no está dispuesto a que le tomen el pelo. Ascensor para el cadalso, una película que sigue envuelta en un halo de misticismo, ya nos presenta muchas de las claves que definirían su cine: el amor como paraíso que nos conduce al infierno, la dicotomía entre la felicidad en brazos del amante y la violencia de un mundo que es exactamente su contrario, la angustiosa condición del ser humano que siempre espera algo y al que se le puede torcer todo por los motivos más absurdos e imprevisibles, el fatalismo y romanticismo del cine negro. Todo ello se da de la mano con la inquietud filosófica de un cineasta siempre dispuesto a preguntarse por el sentido de una existencia tan capaz de darlo todo como de quitarlo o la lucha entre el bien y el mal como una cuestión de punto de vista, como una cuestión de intereses. Los malos de Malle lo son porque no tienen más remedio, por debilidad o por pasión, pero no por su maldad intrínseca.

Los amantes (1958), su siguiente película, narra la infelicidad de una mujer burguesa que no está contenta ni en su Dijon natal, donde está casada con el director de un periódico distante y despótico, ni en París, donde tiene un amante español (José Luis de Villalonga) y se relaciona con el pijerío. Su destino se verá truncado por la aparición de un joven (heredero, como Malle, de una empresa que se dedica a la producción de azúcar) que simboliza las ansias de libertad de una época convulsa que desembocaría en el mayo del 68. Alegato antiburgués, la larga secuencia del encuentro nocturno entre los nuevos amantes, tan “francesa” como pueda serlo una película, es una perfecta representación de ese paraíso amoroso que a Malle le obsesionaba, ese instante de pasión y felicidad plena que sitúa en toda su obra como lo más trascendental de la vida. Queda dicho,Malle es el cineasta romántico por excelencia. Ah, l’amour!

En Zazie en el metro (1960) Malle realiza una extraña incursión en la comedia con una película sensacional. Exploración del mundo de la infancia a través de una niña despierta e imaginativa obsesionada con ir en metro, el cineasta contrapone los aires de libertad que corrían en los 60 con las secuelas de una Segunda Guerra Mundial aún muy presente. La película retrata ese París pintoresco y mitificado de canciones populares y personajes estrambóticos que las nuevas generaciones han visto en Amélie. Película sensible más allá de sus divertidos gags, donde el cineasta juega con grandes resultados con la comedia física, es un filme conmovedor sobre el fin de una infancia traumática  que se presenta en paralelo al fin de la guerra para plantear la necesidad humana de seguir adelante a pesar de las dificultades y la irrupción de la alegría como derecho inalienable del ser humano.

Su siguiente obra maestra, El fuego fatuo (1963) nos mete de lleno en las preocupaciones filosóficas que siempre le inquietaron. Adaptación de una novela de Drieu La Rochelle de plena actualidad gracias a la reciente y sensacional versión de Joachim Trier, Oslo, 31 de agosto, tiene como protagonista a un treintañero que acaba de salir de un centro de rehabilitación para alcohólicos (él mismo se declara enfermo) y se debate sobre el sentido de una existencia que nunca será tan maravillosa como su excitante juventud. Película pesimista donde las haya, Maurice Ronet interpreta de forma soberbia a ese chaval que desprecia las convenciones burguesas y se niega a una vida convencional. Es un filme que enlaza con los aires beatniks de la época, un grito angustioso de libertad contra una vida monótona y ordenada en la que todas las relaciones están condenadas a ser superficiales.

Los personajes de Malle, como vemos, nunca son “simpáticos”: una pareja de asesinos, una mujer de repetidas infidelidades que lleva una vida de frivolidad o un alcohólico que desprecia el mundo. Los héroes nunca están cómodos en el lugar en el que viven y siempre tratan de rebelarse contra su destino adoptando disfraces discutibles. Esto llega al paroxismo en la película que provocó su exilio en Estados Unidos y fue el mayor escándalo de su trayectoria: Un soplo al corazón (1971), maravillosa película en la que narra la estrecha relación entre una madre y su hijo adolescente que acabará convirtiéndose en incestuosa. Malle nunca juzga a sus personajes, más bien siempre trata de ponerse en su piel incluso en sus peores momentos, o sobre todo, para presentarnos las cosas “tal cual son” y mostrarnos todos los matices morales de sus historias. Sin duda, esa extraña pareja vive el amor fou más fou de toda su carrera y en su momento algunos no le perdonaron que retrate la alegría de su amor mediante unos diálogos vivaces y dicharacheros que conmueven (y un poco también aterran).

Sus dos películas sobre la época nazi, Lacombe Lucien (1974) y Adiós muchachos (1987) serán dos de los mayores éxitos de su carrera y marcan de forma profunda el cine europeo del siglo pasado. Como es habitual, Lacombe Lucien, nombre del filme y del protagonista, es un antihéore puro, un joven colaboracionista de los nazis que por ingenuidad, vanidad y despecho se equivoca de lado y lo acaba pagando con su vida. La peripecia de este adolescente víctima de unas circunstancias históricas pavorosas enamorado de una joven judía y atrapado por sus propios errores es la summa poética de Malle, una reflexión hondísima sobre la línea que separa lo trascendente y místico de toda vida con los carprichosos azares de un destino frívolo e indiferente a la verdad del corazón de los seres humanos.

Adiós muchachos fue uno de los mayores éxitos de público del cineasta. De nuevo, el mundo de la niñez, tan caro a sus afectos, para situarnos en un internado de la Francia ocupada donde se desarrolla la intensa amistad entre dos jóvenes, uno de ellos judío. Es difícil describir la intensa belleza de una película que uno percibe muy cercana a los sentimientos más íntimos de Malle. Alegato contundente y emocional contra la culpa de Europa en el Holocausto, la casta historia de amor entre dos chavales que deben enfrentarse a una edad muy temprana a la brutalidad de la vida y las cuestiones trascendentales sigue siendo uno de los más impresionantes documentos de la guerra que destruyó el continente.

El Malle experimentador que adivinamos en Zazie en el metro brilla en El unicornio (1975), que él describía como “un viaje a mis límites”. Situada en un mundo donde hombres y mujeres viven en guerra,  la película se centra en una adolescente extraviada en una granja habitada por lunáticos. Nuevo ataque feroz contra la burguesía que conoció tan bien en su infancia, es un alegato contra la estupidez humana. En Mi cena con André (1981) el cineasta crea una obra maestra a partir del encuentro entre dos amigos con posturas filosóficas muy distintas. Muy influido por Oriente (ahí está La india fantasma, sobre la India, una de sus grandes obras), Mi cena con André condensa sus preocupaciones existenciales y no resuelve el conflicto entre una vida espiritual y aventurera y un sencillo humanismo que conoce sus limitaciones y trata de generar el bien dentro de su radio de acción. Ahí está todo Malle, ese hombre dividido entre una urgencia espiritual e idealista y la cruda realidad de un mundo contingente e injusto.

Fuente: http://elcultural.com/blogs/el-incomodador/2014/08/louis-malle-entre-la-urgencia-espiritual-y-la-cruda-realidad/ 

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