Wim Wenders o el viaje constante

“Temática, estilística y geográficamente, el cine de Wenders está dislocado entre dos culturas: la de Goethe y Heidegger, y la de Ray y Ford; la crisis de identidad que sus figuras experimentan en sus distintos filmes y la crisis del propio cine constituyen su intento concomitante por hablar, aprender y reinventar un lenguaje cuya sintaxis tradicional tiende ahora más y más a la insignificancia.” Timothy Corrigan en New German Film, The displaced image

Tras estudiar dos cursos de medicina y uno de filosofía, Wim Wenders (nacido en Düsseldorf, 1945) fue admitido en la recién creada Escuela Superior de cine de Munich (1967) al suspender anteriormente el examen de ingreso en el I.D.H.E, la escuela de cine de París. El joven Wenders pasará tres años estudiando, escribiendo crítica de cine en algunos diarios o textos sobre música rock, y produciendo y dirigiendo seis cortometrajes hasta convertir su práctica de fin de carrera Summer in the City (1970) en su primer largometraje, donde a través de un paseo por ambientes urbanos hace un boceto de lo que será su filmografía posterior: la constante búsqueda de la identidad mediante el viaje; las referencias que denotan una mezcla de atracción y repulsión hacia América; los obstáculos que supone la incomunicación y la soledad, y la esperanza en el éxito de las relaciones humanas.

Gracias a las estructuras colectivas establecidas por los jóvenes cineastas de Munich mediante la Filmverlag der Autoren, Wenders realiza a partir de un libro de Peter Handke -escritor que ejercerá una penetrante influencia en su cine- la parcialmente interesante El miedo del portero al penalty (Die Angst des Tormanns beim Elfmeter, 1971), donde en un paisaje sombrío un personaje que ha cometido un asesinato sin motivo aparente pierde poco a poco todo interés por la sociedad que le rodea y su propio destino. A este relato sobre la desaparición progresiva de la identidad le sigue el film más impersonal del autor: La letra escarlata (Der Schalarchrote bunschstabe, 1972), producido por Elias Querejeta. La experiencia resultó tan amarga que el mismo Wim se prometió desde entonces “no volver a filmar nunca más una historia donde no aparezcan autopistas, gasolineras o cabinas telefónicas”. Es así como da lugar a un tríptico que la crítica considera la cumbre de su cine: Alicia en las ciudades,Falso movimiento y En el curso del tiempo, todas ellas protagonizadas por el actor Rudiger Vogler.

Alicia en las ciudades (Alice in den Städten, 1973) desarrolla el tema de la amistad a través del viaje entre un periodista y una niña de nueve años que casualmente se ve obligado a acompañar desde New York a Holanda, prosiguiendo posteriormente el viaje hasta la comarca del Ruhr donde supuestamente se encuentra la abuela de la pequeña. Una de las cosas que más llama la atención del personaje encarnado por Vogler es la confusión profesional e intelectual que sufre en EEUU, donde se ve incapaz de escribir un artículo que le han encargado y sólo puede hacer fotografías con su Polaroid, imágenes “que nunca te muestran lo que realmente has visto (…) En USA perdí mi orientación: todo lo que me podía imaginar eran cosas en movimiento”. Con ello, Wenders representa a un hombre que busca una realidad cuya percepción se le escapa a causa de sus constantes dudas. Por su parte, Falso movimiento(Falsche Bewegung, 1975) es una película difícil y casi metafísica en torno al viaje que realiza un escritor en busca de su propia identidad desde el norte al sur de Alemania, encontrando a su paso diversos personajes a quienes une la soledad y la imposibilidad para relacionarse. Los contactos y diálogos que tienen lugar entre las figuras de este film son bastante complejos y delatan un fuerte trasfondo político, histórico y social que origina una visión bastante densa de la República Federal alemana y sus fantasmas.

La obra con que culmina el tríptico wendersiano es En el curso del tiempo (Im Lauf der Zeit, 1975-76), dedicada a Fritz Lang, rodada en blanco y negro, sin guión previo y con una duración de tres horas. Aquí asistimos a las relaciones existentes entre un técnico en proyectores de cine que vive en un camión y un psicolingüista especializado en la infancia a quien recoge tras una extraña tentativa de suicidio. Ambos emprenden un viaje a través de la frontera que separa las dos Alemanias para visitar diversos cines del lugar. Se trata de una bella parábola acerca del sueño del Séptimo Arte y la necesidad de encontrar nuevos lenguajes, nuevas formas de expresión: “Soñar era escribir en círculos… Siempre estaba pensando y escribiendo la misma cosa, una y otra vez, incluso cuando despertaba…, hasta que tuve la idea en el sueño de usar otro tipo de tinta…, y con la nueva tinta pude de repente pensar y ver algo… y escribir…”. No obstante, encierra a la vez una pesimista reflexión en torno a la muerte del cine: “Es mejor que desaparezca el cine antes de que exista uno como el actual”, llega a decirse. Igualmente curiosa resulta la utilización que el autor hace del cine porno como exponente metafórico de la dominación perpetrada por el cine americano sobre las demás cinematografías (“Los americanos han colonizado el subconsciente”). Así, encuentran a un anciano propietario con el que hablan sobre Los Nibelungos de Fritz Lang y la sustitución de las películas clásicas por los productos en bloque que ofrecen las distribuidoras americanas, compuestos generalmente por films porno. Además del cine, la música rock está muy presente en el film y servirá a los dos protagonistas para alcanzar algunos momentos de acercamiento interpersonal que otros personajes del cine de Wenders no tuvieron. Una de las escenas más destacadas de En el curso del tiempo es aquella en que los dos hombres ofrecen un espectáculo improvisado de sombras chinescas a un grupo de niños: se trata de una secuencia muda que transmite el deleite de quien apuesta por la poesía que aún es capaz de irradiar la iconografía pura en unos tiempos donde la industria de los sueños y la televisión han reducido las imágenes a un vómito publicitario, impersonal y aséptico.

En 1977, Wim Wenders volverá a utilizar la metáfora del cine porno en El amigo americano (Der amerikanische Freund), una película más sensible, más plástica que la anterior, donde integra una ambigua ficción policíaca a partir de una novela de la serie Ripley de Patricia Highsmith. El argumento de este film es la excusa del autor para tratar la relación existente entre Europa y América, definida por la conexión establecida entre los dos protagonistas: Jonathan, un encuadrador de Hamburgo que acepta cometer un asesinato que le servirá para asegurar económicamente a su familia tras su muerte segura, y Tom Ripley, un cow-boy representante de unos intereses de los que él mismo acaba siendo víctima. La extraña amistad de estos dos hombres se mediatiza por todos los símbolos-fetiches de la vacía y chirriante cultura americana, desde el sombrero de cow-boy de Tom hasta la máquina de pin-ball y todo el decorado de neón y plástico que recubre literalmente su vivienda. Sam Fuller y Nicholas Ray hicieron acto de presencia en este film.

En 1978 Wenders acepta la proposición de Francis Ford Coppola para rodar El hombre de Chinatown (Hammett, 1982), proyecto que le llevó cuatro años de preparación y del que el autor acabó desvinculándose aun a pesar de querer borrar con él la fama de director sensiblista que algunos le habían adjudicado. El rodaje se interrumpió varias veces, el guión tuvo que ser reescrito hasta cuatro veces, hubo fuertes desacuerdos con el reparto de actores… El resultado fue una terrible experiencia que el autor recuerda con amargura: “El trabajo en Hollywood está perfectamente delimitado y repartido… ¡y resulta que yo como director tengo muy poco que decir sobre el guión o sobre el montaje!”. No obstante, hay críticos que defienden esta película como un efectivo homenaje al cine negro donde puede apreciarse la mirada de Wenders a pesar de todo. Lo mejor de todo este episodio es que casi simultáneamente el autor rodóRelámpago sobre el agua (Nick’s movie/Lightning over water, 1979), impresionante documental sobre las últimas semanas de la vida del director Nicholas Ray, a medio camino entre el reportaje testimonial y la aproximación al personaje y al hombre con el único motivo de mitificarlo en sus últimos momentos.

Tras Hammett, Wenders reúne rápidamente el dinero necesario gracias a tres productoras independientes para poder realizar la respuesta a su experiencia en Hollywood. Es así como nace El estado de las cosas (Der Stand der Dinge, 1982), una reflexión en blanco y negro sobre el cine en general y la dialéctica de la problemática americana y europea siempre presente en el Séptimo Arte. Esta artesanal, interesante y algo plúmbea película cuenta la historia de un equipo que está rodando el remake de un film en las costas de Portugal y cuyo proyecto se detiene mientras esperan el dinero del productor americano. El director de la película, el alemán Friedrich viaja entonces a Los Angeles para aclarar los motivos del paro: su encuentro con el productor se convertirá en una exposición de las posiciones encontradas entre los intereses comerciales de aquél y los del creador que siente el anhelo de su independencia y lucha por ella.

Después del excelente documental sobre Ozu Tokyo-Ga (1983), Wenders realiza París, Texas, su film más emotivo sobre el viaje que emprenden un hombre y su hijo para encontrar a la mujer que aman. Se trata de una visión apasionante sobre América donde hay tomas totales del escabroso Oeste, reliquias del cine de John Ford y Raoul Walsh, polvorientas vías de trenes, fotografías e imágenes que comentan la ausencia de palabras, caminos y cruces de carretera “en donde uno se siente perdido como en medio de un bosque” y no sabe qué dirección seguir… Premiada en Cannes, Paris, Texas constituye el retrato de una América vista por los ojos de un europeo que acaba consiguiendo la desmitificación de su y nuestro sueño americano.

Tres años después, en 1987, dirige la bellísima aunque demasiado filosófica y pretenciosa Cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin), homenaje en blanco y negro a esa gran ciudad confrontada a su sempiterna realidad histórica.

Fuente: http://www.rafamorata.com/nc6.html 

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