Análisis comparativo entre Jagten (La Caza) y Festen (Celebración)

Desde que un jovencísimo Thomas Vinterberg inaugurara el movimiento Dogma 95 (cofundado con su colega y paisano Lars Von Trier) con esa obra maestra titulada Celebración (Festen, 1998), no ha dejado de alterar su grafía ─empezando por romper con los preceptos del movimiento─ hasta componer un estilema demasiado heterogéneo para el cine de autor y, además, muy irregular en la taquilla.

En la primera década de los 2000 sus películas pasaron muy desapercibidas por la cartelera, quizás con la excepción de Submarino (2010). Puede que el danés se relajara tras su apabullante debut, puede que perdiera su toque. Lo único cierto es que redujo notablemente el impacto de sus ficciones (obviamente, sin este propósito). La violenta implosión de un cumpleaños familiar a causa del desgarrador testimonio de uno de los hijos del homenajeado sobre los abusos sexuales que su padre cometió durante años sobre él y sus hermanos se convierte inmediatamente en una secuencia indigesta, imposible de olvidar y con capacidad para fagocitar propuestas posteriores. Así pues, Vinterberg no ha tenido más remedio que desandar la andado para recuperar temática y sugestión morbosa en La caza.

la_caza-1Sin embargo, la añoranza del reconocimiento no ha acaparado todo el territorio creativo, dejando margen para la exploración de tratamientos. Mientras que en Celebración el desahogo de un trauma reprimido servía de inflexión para trastornar el ritmo y, por extensión, el género, en La caza un comentario inocente es el dispositivo que pone en marcha el motor de la tragedia. Además, en la primera, el ambiente de superficialidad que domina la fiesta trata de sofocar a toda costa la revelación, mas, en la segunda, es la propia mentira la que se eleva, por al apoyo ciego del pueblo, al calibre de verdad irrefutable. Tampoco el contexto es el mismo: Christian acusaba a su propio padre de violación; el tormento de Lucas procede de uno de los oficios más nobles que puedan existir (profesor de guardería), lo que le deja expuesto y vulnerable a la acusación. De esta manera, Vinterberg se desprende del componente psicológico de la afección consciente como propulsora de la violencia, para instalarse en un drama de gravedad progresiva, donde la falacia se erige en invencible antagonista.

Fotograma de La cazaLa caza se presenta como toda una declaración de intenciones desde el primer minuto. El espectador, pese a la acogida inicial del simpático retrato del pueblecito, nunca llega a involucrarse en la comunidad. La cámara en mano define la distancia y le mantiene apartado en todo momento: movimientos bruscos en encuadres cerrados para generar agresividad y desasosiego; estatismo y planos prolongados para subrayar el desamparo de la caída en desgracia. No hay lugar ni para los juicios gratuitos ni para la duda en un relato de ideología unilateral. El poder resolutivo queda cedido a las pasiones, la razón se funde ante una rabieta infantil, una falsa acusación en el único caso en el que los niños tienen más credibilidad que los adultos.

Mads MikkelsenDe esta volatilidad pende el futuro de un hombre. A través del soberbio Mads Mikkelsen (posiblemente el actor danés más en forma del momento), Vinterberg permeabiliza la injusticia que, ahora sí, trasciende la pantalla y muta en impotencia empática ante el linchamiento popular (a cuya forja mental contribuyen, en forma de truco subliminal, los problemas familiares y sentimentales del protagonista). Los paseos errantes y a la defensiva del profesor injuriado son una provocación energética para la inteligencia trastornada del pueblo ofendido que, a medida que deja reposar los acontecimientos, alimenta el escándalo y automatiza su furia. El terror va tomando las riendas de la acción, que se sume en una previsibilidad intencionada ─que, por supuesto, amplia el sufrimiento─ hasta alcanzar el clímax en la incomodísima secuencia de la iglesia, con la fantasmagoría infantil como redundante y espontánea protagonista.

The HuntMenos mal que el director danés vuelve a otorgar una milagrosa invulnerabilidad a los lazos afectivos. En Celebración, el aliviado Christian recibe todo el apoyo que necesita del chef encargado del banquete, amigo de su infancia, ante las amenazas de la familia humillada. La amistad aflora en La caza para sugerir un improbable perdón más dispuesto por el paso del tiempo que por la voluntad. No es que me chiflen las moralejas, ni mucho menos. Pero, en los tiempos que corren, animan a pensar bien de la gente.

Fuente: http://www.elespectadorimaginario.com/la-caza-2/

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