La Palabra (Ordet). El milagro

Ordet es una película de una extraordinaria belleza formal. Como sucede con las obras maestras, en ella fondo y forma son del todo indisolubles. Dreyer innova el lenguaje cinematográfico, más que con el ánimo de experimentar, con el de conseguir amoldar la historia que tiene entre manos y lo que se desprende de ella con la forma audiovisual, con las herramientas estrictas del cine. El propio maestro danés sentenciaba que “existe una estrecha semejanza entre una obra de arte y un ser humano: una y otro tienen alma, que se manifiesta a través del estilo, el creador fusiona los diversos elementos de su obra y obliga al público a ver el tema con sus propios ojos”.

Dos de los temas que más interesaron, y que de hecho se convirtieron en una especie de constante, al director danés fueron el cuestionamiento religioso y el amor. En realidad, para Dreyer no se trata de asuntos muy claramente diferenciados sino que forman parte de un mismo objeto de estudio y acercamiento al ser humano. En sus películas no es posible saber si la religión es consecuencia del amor, o viceversa.

Huérfano y autodidacta, profundamente marcado por el puritanismo protestante nórdico, siempre tuvo en mente poder realizar el proyecto de su vida: una película de gran presupuesto sobre la vida de Jesucristo. Nunca pudo llevar a buen puerto este proyecto —la reducida obra de Dreyer se ha caracterizado por aunar el fracaso comercial con el entusiasmo por parte de una minoría— pero seguramente, debido a los muchos años que dedicó a idear y prepararlo, todas sus últimas obras están impregnadas del mismo.

La historia de la película, basada en un drama místico de Kaj Munk, se sitúa en el cerrado ambiente campesino crispado por intransigencias puritanas. Ante la irrupción de la muerte tan sólo un pobre loco que afirma ser Jesucristo y una niña mantienen la fe íntegra y total. Lo que se plantea como fondo es un enfrentamiento entre la que podría denominarse religión oficial y la heterodoxa. Como en otras películas del autor, existe en la historia una visión religiosa profunda y una sublimación del dolor y de la muerte. Sin embargo, en Ordet la vida posee un hondo sentido de revancha respecto a la muerte.

Dreyer declaraba que el estilo de una película nacía de la fusión de los diversos elementos de la misma. Si exceptuamos sus primeros trabajos, su obra es firme e independiente de modas y corrientes cinematográficas. Así, en Ordet arropó toda la narración en una suerte de ascetismo muy coherente con su concepción religiosa. Nada es gratuito ni caprichoso en Dreyer. Los planos secuencia, claros y luminosos, son largos y pausados —en absoluto lentos, ya que poseen el ritmo justo y adecuado—. Y estos planos son así, porque de este modo pueden traducir el ritmo interior de su discurso. La cámara se mueve sujeta a una especie de invisibilidad. Al poco tiempo del visionado de Ordet, no somos conscientes del movimiento de la cámara, a pesar de que en algunos momentos éstos, o el de los actores en el interior del plano, pudieran ser poco naturales. Las morosas panorámicas nos llevan de un personaje a otro según una lógica que pronto se revela como absolutamente necesaria.

La película está rodada en escenarios naturales y en blanco y negro. La ya citada austeridad de la puesta en escena es totalmente adecuada con el clima campesino en el que se sitúa la acción de la película. El ambiente, los encuadres y los movimientos de cámara parecen bailar con el decorado y los personajes al son de la misma música. No deja de ser sorprendente la precisión realista con la que Dreyer armoniza Ordet, sobre todo sabiendo que el film arrastra una fuerte carga metafísica. De hecho, la abstracción que propone Dreyer resulta de la extremada concentración realista —hecho que comprendería y pondría en práctica años más tarde Lars von Trier enRompiendo las olas (Breaking the waves, 1996). La estilización de Ordetconsigue que ningún elemento distraiga la atención sobre el conjunto. Nuevamente es mejor ceder la palabra al propio Dreyer. “El artista debe describir la vida interior, no la exterior. La facultad de extraer es esencial a toda creación artística. La abstracción permite al realizador franquear los obstáculos que el naturalismo le impone. Permite a sus films ser no solamente visuales, sino espirituales”.

En este mismo sentido de austeridad debe entenderse la interpretación de los actores. Ésta es contenida pero sin llegar a resultar hierática ya que la expresividad de la misma es del todo elocuente, resultando una interpretación sensible y de vibrantes matices.

Hablar de Ordet y no hacerlo a propósito de la escena final es quedarse a medio camino. ¿Cómo filmar un milagro sin caer en el más estrepitoso ridículo? La verdad es que sigo sin saberlo, pero tiene que ser tal y como lo realizó Dreyer. Todo se nos muestra con una total naturalidad y una absoluta serenidad. El magnetismo que desprende el personaje de la mujer resucitada es absoluto y el plano largo que Dreyer sostiene cuando su marido la abraza acaba por conferirle toda la carnalidad que la escena necesita.

Ordet es un film denso, lo cual no es equivalente de pesado. De su pausado devenir, de su desarrollo sosegado, se obtiene una obra sin fisuras y, por tanto, perfecta. Su armonía artística —en la cual la fotografía de Henrik Bensten tiene una importancia especial—, su profunda carga poética, unidos a su capacidad de emocionar —hay pocos primeros planos, de escasa duración, pero de una exaltación y agitación fuera de toda duda— la eleva a la categoría de milagro cinematográfico. Es inútil expresar en palabras aquello que la película muestra con sus hermosas imágenes. En realidad, se trata de una cuestión de fe. O se cree o no se cree.

Fuente: http://www.miradas.net/2005/n40/estudio/ordet.html 

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