1994 • QUEMADO POR EL SOL. Análisis de la película

Antes de que le diera por la política, Nikita Mikhalkov era un gran director de cine. Piezas clave como Ojos negros (Oci ciornie, 1987) o Urga, el territorio del amor (Urga, 1992) lo demuestran. Incluso la que hoy nos ocupa, siendo inferior para mi gusto a las dos nombradas, resulta también más que interesante, aunque pareja en calidad a algunas de las cintas que compitieron con ella en 1994 (e inferior a esa joya que los franceses no presentaron a la competición y que estuvo nominada en varias categorías, entre ellas mejor guión y director; hablo de Rojo (Trois couleurs: rouge, 1992), de Krzysztof Kieslowski). Después de esta Mikhalkov sólo a rodado como director otra película, la fallida aunque no tan mala del todo El barbero de Siberia (Ibirskij tsiryulnik, 1998), aunque la crítica arremetió contra ella sin piedad. Decían que era un panfleto electoral para su campaña presidencial.

Volviendo a la que nos ocupa, se trata de una cinta que seguramente no habría podido rodar en la época comunista. La represión política, la sospecha y la venganza, el doble rasero del régimen, forman el humus de una historia que en su mayor parte sólo nos muestra las flores que se asientan sobre ellos. Calma y felicidad truncadas por el despecho personal y la sospecha gubernamental, el miedo y la incompetencia. Han de pasar muchos años para conocer qué fue del pasado.

Los protagonistas de esta cinta, al igual que en casi todas las de su autor, han llegado por alguna razón a donde menos se lo esperaban. El coronel Kotov parece un buen tipo. Igual que Mitya. Al principio de la historia nos iríamos con ellos a tomar unas cañas y jugar un mus. Kotov, interpretado por el mismísimo Mikhalkov, es un héroe de la revolución. Da la sensación de ser más arrojado que inteligente, pero simpatizamos enseguida con él por la adoración que profesa a su mujer y a su hija (una niña encantadora interpretada en un pleno acierto de casting por la hija del director, Nadezhda Mikhalkova) y la ayuda que presta a sus vecinos cuando surgen problemas, por ejemplo con el ejército al comienzo de la cinta. Sus paisanos saben que pueden confiar en él, le respetan, pero no le temen. Proveniente de familia humilde, lucho contra los burgueses por unos ideales que en su situación actual parecen muy lejanos, y acabó formando parte de una familia bien, de gente cultivada, perfectos representantes de aquellos contra los que se levantó. Y se encuentra bien en esa situación. En cambio Mitya, interpretado por Oleg Menshikov (actor más bien de teatro, poco pródigo en el cine, al que hemos podido ver por ejemplo en la nombrada el barbero de Siberia), tiene algo de encantador de serpientes. Al principio de la cinta aparece como un hombre misterioso, con poco apego por el lujo que le rodea, e incluso por su propia vida. Pero al llegar a su vieja casa, al reencuentro de aquellos con los que compartió su infancia y parte de su juventud, se muestra jovial, divertido, afectuoso. Pero algo raro lleva consigo. Lo vemos en su fría relación con Kotov; los encuentros que mantiene con él echan chispas. Hay momentos de brusquedad en su comportamiento, y sus rencores surgen a veces en la cándida forma de un cuento inventado (¿o no?) para la niña, un cuento que no desvelará todo su significado hasta el final de la cinta. Algo busca, sí; y por el regodeo que muestra a veces parece que lo ha encontrado. Sin embargo sabe, sabemos, que el placer que le reporta es sólo momentáneo, y en parte fingido; que le va a doler mucho más de lo que le va a satisfacer. Algo nos dice que no va a acabar bien.

La apariencia plácida de la película se va tornando cada vez más oscura a medida que vamos conociendo a Mitya, aunque la luz del verano siberiano es siempre resplandeciente en este día como si acabara de nacer y quisiera conocer e inundar todos los rincones a los que puede llegar. Un Sol que brilla y quema igual que el sol de la revolución. Corto pero intenso es el verano en estas gélidas tierras, como la vida de las efímeras, y con maestría nos lo muestra el operador Vilen Kalyuta como ya lo hiciera Freddie Young en los momentos más reposados, que no los más felices, de la espléndida Doctor Zhivago (íd., 1965. David Lean).

Y que decir de esa galería de excéntricos personajes berlanguianos que sestea y vejeta bajo el manto protector de Kotov, comparsas que revolotean al son que marca el eje protagonista, pero qué ricos y variados. Hay también, si no no sería Mikhalkov, (y por eso no lo era El barbero de Siberia) historias absurdas que rompen la trama con su sinsentido, o tal vez contrasentidos que no sabemos muy bien de donde vienen o a donde van, pero que vienen y van, más o menos justificadas, como bandadas de pájaros u olas del mar que se estrellarán algunas contra los acantilados, y otras pasarán volando sobre la carroña: el camionero perdido y hallado en el camino final, los rayos en bola que visitan a Mytia como elaborados artefactos contrarrevolucionarios, o los andamios fabricados en medio de la nada pero cuya obra sonreirá irónica ante Kotov.

Quemado por es Sol es una gran película. Con un aspecto visual y un ritmo realmente hipnóticos, tal vez más vistosa y sencilla de asimilar, pero menos estimulante que otras obras de su autor, hará disfrutar a aquellos que van al cine a algo más que activar su adrenalina y demás hormonas.

Fuente: http://www.miradas.net/0204/estudios/2004/03_oscars/1990s_quemadoporelsol.html 

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