Crítica a la película: LOS ARTISTAS Y LA MODELO

Por: Daniel Jiménez Pulido.

En pleno apogeo de la I Guerra Mundial, Andrée (Christa Theret), una joven con aspiraciones a actriz, llega a la Costa Azul francesa para servir de modelo en la residencia del pintor Pierre-Auguste Renoir (Michel Bouquet). Poco a poco, el clima de extrañeza va dejando paso a una cotidianeidad que deja al descubierto el carácter vitalista de la joven y la visión del pintor acerca del arte y la vida, a la vez que la llegada del hijo mediano del pintor, Jean (Vincent Rottiers), dibuja la pasión y el amor de la juventud en un núcleo familiar destrozado por la guerra y la ausencia materna.

 

Aun siendo absoluto eje protagónico, Renoir, la película, dibuja un acercamiento centrado no tanto en la figura del pintor como a su renqueante entorno familiar capitalizado por Jean, el hijo mediano de este, y la función de bisagra que tiene el personaje de Andrée, futura esposa del director de La Gran Ilusión (La Grande Illusion, Jean Renoir, 1937), en un relato vitalista articulado a través de dos puntos de vista que vertebran el armazón narrativo de la película: Andrée en la primera parte del largometraje, y Jean, un vez este vuelve malherido de la guerra, en la segunda. Una ardua tarea tomando en consideración la envergadura de los personajes sobre los que se erige un filme como Renoir. Y también un jugoso punto de partida el que plantea Bourdos: filmar el ocaso de Renoir padre y el nacimiento del Renoir hijo como cineasta bajo la influencia de la última modelo del pintor. Tampoco deja de ser casual que sea Andrée, la última protagonista de los cuadros del retratista, la pieza clave para entender al futuro realizador, encargada de la armonización entre dos disciplinas artísticas y de apuntalar la idea de la trasmutación del arte en la inmovilidad viva de la pintura de Pierre-Auguste al arte cinético del cinematógrafo, con Andrée como protagonista y musa absoluta en las primeras películas del Renoir cineasta. Un diálogo entre el arte y la vida, favorecido por los caprichos de la historia, del cual el director de Premonición (Et Après, 2008) no resulta ajeno.

 

 

Renoir

 

 

La concepción de la pintura como un ente vivo, como el cuerpo de una mujer joven rodeada de una naturaleza despierta, atraviesa transversalmente el ADN de un cinta que intenta expresar el decálogo artístico que sobre la pintura tenía Pierre-Auguste Renoir. Su concepción y su puesta en práctica. El valor de lo artesanal y el contacto directo con la materia prima. Y la belleza y la inquietud de Andrée como expresión vital de esa concepción artística. El experimento de Bourdos parece querer juntar a padre e hijo mediante el medio utilizado sobre el que vehicular el relato (el cine) y el aparato formal en el que dar vida a los últimos años de vida del pintor, retrotrayéndonos a unos encuadres y una paleta de color que intenta resultar cercana a la utilizada por Renoir pintor. Y la guerra. Siempre concebida como acto destructivo que ha partido en dos un núcleo familiar en el que solo el hijo menor, Coco, ha escapado del frente. Y allí, rodeado de las antiguas modelos del artista ahora convertidas en amas de casa que cuidan a un anciano al borde de la muerte, el joven permanece en una especie de limbo, una tierra de nadie marcada por la desaparición materna.
Sobre la práctica, sin embargo, Renoir opta por una vía mucho más academicista y letárgica en su puesta en imágenes que, aunque parezca huir por momentos de ciertas concepciones del biopic convencional, no logra (o no quiere) evitar visitar muchos de sus lugares comunes. En su camino por ofrecer un relato vital, luminoso y algo melancólico dentro de este contexto familiar desestructurado, Bourdos opta por no arriesgarse y en su fotografía de tonos cálidos o en la excesiva (y empalagosa) presencia de las notas de Alexandre Desplat, acaba por hundir la película en una espiral de monotonía de la cual resulta difícil remontar. Y aunque Michel Bouquet componga un Renoir ciertamente interesante, las otras dos cabezas de este trío (Andrée y Jean) y su relación aparecen trazadas de manera desganada y, lo más grave, casi sin ninguna carga emocional. Incluso en esas composiciones y la luz que intenta retrotraer al espectador las formas del pintor, se percibe cierta monotonía y superficialidad, pudiendo ser, ciertamente, puestas en duda. Lo mismo de un filme tan agradable de ver como fácil de olvidar al cual su impersonalidad no parece hacer justicia a dos figuras tan importantes dentro de sus respectivos campos artísticos.
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