Revisión de la película: “Las bajas pasiones del mejor pintor de Francia”

Se titula Renoir, pero la película de Gilles Bourdos que este viernes se estrena en España no es un biopic del pintor, sino una visita solo a sus últimos años de vida. En 1915 los achaques y la viudedad han sumido al artista –Michel Bouquet– en una profunda crisis creativa, pero un estímulo llega al refugio de su casa –donde Renoir se esconde de todo: de la muerte que le acecha, de los aplausos de Francia y de la I Guerra Mundial– en la Costa Azul francesa: una niña llamada Andrée Heuschling –Christa Theret– llama a su puerta y se convierte en la modelo del autor, proporcionándole no solo un cuerpo que pintar sino también, y más importante, una renovada fuente de energía artística.

El hijo del artista, sin embargo, Jean Renoir –Vincent Rottiers–, vuelve del frente para recuperarse de sus heridas en casa y allí conoce a la modelo, que extiende sobre él el mismo hechizo que sobre su padre. El anciano, que desea él mismo a Andrée, prohíbe cualquier relación entre ambos y amenaza con poner distancia. El triángulo, queda claro, es inestable por su propia naturaleza, una situación que solo aliviará la desaparición de uno de sus lados. El del viejo, al que la muerte parece acechar ya, o el del joven, a quien la misma parca amenaza en la I Guerra Mundial. O el de la propia Andrée, que al poco de ingresar en la dinastía Renoir se empieza a plantear si no sería mejor abandonarla.

Todos los detalles formales, o casi todos, parecen ciertos en la ficción histórica de Bourdos. En efecto Andrée Heuschling, después a Catherine Hessling, entró en la familia Renoir empujada por el mismísimo Matisse, que la conoció en Marsella –reconociendo en ella sus curvas suaves el gusto clásico que su amigo había desarrollado con la edad– y en 1917 le recomendó que acudiera a su casa y se ofreciese como su modelo. Siendo adulta, la que acabó siendo esposa del cineasta Jean Renoir y madre del intelectual Alain Renoir confesó repetidamente que la idea de plantarse en el hogar del patriarca de los Renoir no le seducía particularmente, pero tenía 17 años y su región natal, las Ardenas, rugía con fuerza la guerra. La Costa Azul, al sur de Francia, era un refugio en el que huir de ella y el hogar del pintor, uno en el que ganarse la vida.

Pese a la prohibición expresa de su padre, Jean Renoir acabó también enamorándose de Hessling y casándose con ella en enero de 1920, solo un mes después de que muriera el patriarca. Inspirado por ella, Jean abandonó su carrera como ceramista para dedicarse al cine y empujar a Hessling a lo más alto. Su primer trabajo, de hecho, fue escribir el guión de Catherine, una película de 1924 que dirigió Albert Dieudonné con su mujer como protagonista.

Ahora bien; no es fácil saber cuánto queda en la película del auténtico Pierre-Auguste Renoir, –el primer y verdadero atractivo del filme–, que no por biografiado en multitud de ocasiones deja de ser alguien que murió hace poco menos que un siglo. Aun así el que interpreta Michel Bouquet no acaba rematado del todo y no por el actor, por cierto, que además de entregado está muy convincente físicamente. Es el texto el que pone al pintor en una posición demasiado cinematográfica para aspirar a la realidad y le reserva, como al resto de personajes, un rol muy convencional: en su caso, el del anciano artista aplaudido que brama de enfado por tonterías y proclama a gritos también sus convicciones poéticas acerca del mundo, que por cierto son muchas y muy sólidas. Si en la cinta esta caricatura se justifica en parte por el deseo –a fin de cuentas Renoir desea a su joven modelo y eso le enfada– y la viudedad, no nos consta que a Renoir fuese un hombre atribulado por la inquietud artística y filosófica. Sí todo un carácter –a fin de cuentas hizo falta que se muriera para que su hijo y la modelo pudieran casarse, un detalle que habla por sí mismo–, pero no alguien particularmente atormentado.

 

 

Lo mismo ocurre –en menor medida, es justo decir– con los otros dos integrantes del triunviro principal: tanto Andrée Heuschling como Jean Renoir cumplen el rol que cabría esperar de ellos en una ficción pura, pero que encaja con menos naturalidad en una dramatización de la realidad. A ella se le confiere una personalidad indómita y arisca –que contrarresta, claro, el carácter contenido que podríamos esperar de su rol de modelo– y a él un espíritu apocado y temeroso, por más que llegase a ser uno de los más grandes realizadores de Francia. De nuevo nadie dice que la misma realidad no fuese así, pero parece demasiado casualidad.

La cinta, eso sí, está realizada exquisitamente y no cae en el manierismo, una pendiente particularmente resbaladiza cuando se trata de homenajear a un pintor, ni en la tentación de ilustrar con demasiada obviedad el deseo que hijo y padre profesaban a la modelo –de puro elegante, de hecho, es quizá hasta demasiado poco obvio–. Pese a no llegar al nivel de las dos grandes biografías cinematográficas de la temporada –la de Hannah Arendt y la de Violeta Parra–, la de Renoir sí acaba siendo un entretenimiento digno, particularmente cuando la oferta restante está como está.

 

Fuente: http://www.elconfidencial.com/cultura/2013-08-09/las-bajas-pasiones-del-mejor-pintor-de-francia_16543/

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