Revisión del film

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Por: Enrique Monzón

 

Las películas autobiográficas, especialmente las de los pintores, fascinan a la industria del cine. Cuando más tortuosa y escandalosa haya sido la vida del artista, tanto mejor. Como muestra recordemos a Charlton Heston como Miguel Angel, Kirk Douglas, Tim Roth y hasta el mismísimo Martín Scorsese animando a Van Gogh, Anthony Hopkins en la piel de Picasso o Derek Jacobi como Francis Bacon.

Este año Hollywood eligió a una de las pocas mujeres pintoras que han descollado, mundialmente, en el mundo de la plástica: Magdalena del Carmen Frieda Kahlo y Calderon. Esta artista mexicana nada favorecida físicamente por la madre Natura (era renga debido a la poliomielitis que padeció a los 6 años –esto se omitió en el guión–, con espeso bozo, un diente de oro con un brillante incrustado), burlesca, deslenguada, transgresora y revolucionaria (fue una comunista fervorosa), y con un talento gigantesco y una voracidad sexual que no reparaba en sexos –pese a lo cual solo tuvo un solo amor: el muralista Diego Rivera–, no disfruto lo que se dice de una vida placentera, a pesar de ser famosa, millonaria y adorada por políticos, artistas y pintores (Picasso aseguraba que nadie pintaba caras como ella).

A los 18 años en un terrible accidente de tranvía se partió en tres la columna vertebral, la pelvis, y vio destruido su sueño de ser madre por un hierro que la atravesó de lado a lado mutilándole el útero y los ovarios. A partir de ese instante y hasta el día de su muerte (a los 47 años en 1954) debió afrontar más de 34 operaciones y la amputación de su pierna derecha. Por si esto fuera poco, durante 29 años tuvo que usar, permanentemente, corsés de yeso, cuero y hierro.

Con todos estos elementos era imposible que Hollywood no quisiera contar su historia desde la pantalla grande. Eso sí, para hacerlo puso ciertas condiciones: elenco de famosos, alivianar la promiscuidad bisexual de Frida y su activismo político, gran despliegue visual… pero por sobre todo la película debía ser hablada en inglés (uno de los mayores desaciertos de este film). Cuando la bella Salma Hayek (que desde 1994 trataba de conseguir los derechos sobre la vida y obra de su sufriente compatriota pintora luchando, en los últimos años, contra idéntico propósito perseguido por Madonna y Jennifer López) se ajustó a estos requisitos, Miramax desembolsó los doce millones de dólares que costó la producción.

Basándose en la biografía que sobre Frida escribió Hayden Herrera, la que fue adaptada entre otros –aunque no figuran en los créditos– por Edward Norton y Rodrigo García (hijo de Gabriel García Márquez), la directora Julie Taymor (ésta es su segunda película ya que debutó tras las cámaras con Titus) logró un impactante y colorido efecto visual, ofreciendo a la platea escenas surrealistas que transforman, por momentos, al film en una versión animada de las propias pinturas de Frida Kahlo: el choque del tranvía con una Frida que queda cubierta de pintura dorada (un compañero de viaje le estaba mostrando, en el momento del impacto, el envase donde la llevaba) mientras su cuerpo resulta crucificado entre los hierros retorcidos; una de las operaciones de columna en la que los cirujanos son representados por títeres-esqueletos alienígenas, un collage de figuras recortadas en papel simbolizando su viaje a Nueva York (que Frida aborrece y Diego adora) y la Gran Depresión de Wall Street. Otra escena onírica es la que muestra a Rivera convertido en King Kong subido al Empire Sate. Sin nada de fantasía y con el marco impactante del escenario de las pirámides mayas del Sol y la Luna es la secuencia en que Frida y León Trotsky recorren esas reliquias arqueológicas. Otro momento antológico es cuando la Muerte (Chavela Vargas) le canta a Frida el tema “La llorona”.

Por su parte, Salma Hayek (también coproductora) no puede ocultar su belleza a pesar del maquillaje y la pelusa del bigote que intentan afearla para lograr el parecido con la pintora (para complementar esto la directora insertó –usando computadoras– el rostro de la actriz en los cuadros de Frida Kahlo) y demuestra, como ya dejó entrever en El callejón de los milagros, que detrás de su armonía estética posee un histrionismo que, a partir de Frida, dará mucho que hablar. Más allá de que cierta tipología étnica, ayudada por los maquilladores, la asemeja a la pintora, después de ver la película uno se da cuenta que Salma nació para protagonizarla. ¡Lo siento por Madonna y Jennifer López!

El film comienza con los últimos días de Frida, en una toma que la muestra engalanada con sus mejores ropas, transportada –con lecho de muerte y todo– hasta la galería donde expone por primera vez en México, después de haber triunfado en Nueva York y París. A partir de esa escena comienza, flashbacksmediante, a contarse su adolescencia; su primer encuentro con Diego Rivera (Alfred Molina), quien ni repara en ella mientras pinta un mural y discute con Lupe, su primera esposa (Valeria Golino); el accidente; su posterior reencuentro, enamoramiento y casamiento con Rivera (se divorciaron y casaron tres veces) y su militancia en la izquierda.

Rivera, que descubrió e hizo aflorar el talento creativo de Frida, la engañó cientos de veces con otras mujeres. La pintora no se quedó atrás. En el film su cama es visitada por hombres y mujeres, algunas de ellas amantes de su esposo. “Fidelidad no, lealtad sí” se juramenta el matrimonio, una promesa que se quiebra cuando el muralista olvida la lealtad para acostarse con su cuñada Cristina Kahlo (la argentina Mía Maestro). Esto destruye a Frida más que sus dolores físicos. A la morfina, con la que los calma, se agregan el alcohol y más sexo: amoríos con el propio Trotsky (Geoffrey Rush), la diva del Music Hall Josephine Baker, la fotógrafa Tina Modotti (Ashley Judd).

Antonio Banderas (David Siqueiros) y Edward Norton (Nelson Rockefeller) hacen respectivos cameos (apariciones fugaces). El español por su amistad con Salma. El protagonista de Dragón rojo porque además de haber colaborado en la adaptación y producción, es novio (desde 1999, si les interesa el chisme) de la Hayek. Toda la película fue rodada en México (también las secuencias de Nueva York y París), en los escenarios reales donde transcurrió la atormentada y tumultuosa vida de la artista, que superó en fama a su mentor y pareja “estable”.

Frida es una película que trata sobre el amor, el sufrimiento, el dolor físico y el arte; sobre todo el arte. Si bien en el festival de Venecia, donde abrió la muestra, no figuró ni a placé a pesar de ser considerada favorita, es casi seguro que en el 2003 aparecerá en algún rubro de las nominaciones al Oscar (con toda justicia podría hacerlo en Mejor Actriz Protagónica).

Lo cierto es que con excelentes interpretaciones y una factura deslumbrante, y a pesar de unos cuantos “pecadillos” hollywoodenses, esta producción logrará (además de llenar los bolsillos de la Miramax) algo que no consiguieron las otras seis que la antecedieron sobre la vida de la Kahlo como leit motiv (un largometraje, cuatro cortos y un documental: Frida, naturaleza viva; Frida Kahlo And Tina Modotti; Diego And Frida; Frida Kahlo; La vida y muerte de Frida Kahlo; A Ribbon Around The Bomb): acercar al gran público a la obra de una artista excepcional que con seguridad, si existe un más allá, ahora que está libre de la prisión de su maltrecho cuerpo estará bailando, tomando tequila, fumando su cigarro y gritando, con su habitual desparpajo, “¡Salma, hija‘la chingada, tu sí que la pegaste!”

Fuente: http://www.cineismo.com/criticas/frida.htm

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