“De la intuición al lienzo”

Una mujer regordeta, con los pómulos enrojecidos por la caminata, la mirada atónita de sus claros ojos azules, el cuerpo grueso, que se encorva por el peso de una canasta, recorre con pasos presurosos la campiña francesa para cobijarse bajo la sombra de un único árbol de copa generosa, que extiende sus ramas amparándola. Ella, trepada al árbol, observa el horizonte con extraña felicidad. ¿Será allí donde Séraphine de Senlis mantiene sus conversaciones angelicales? ¿Será en ese estado de sublime felicidad donde se inspirará para pintar esas naturalezas barrocas, a punto de estallar en salvaje colorido?

Marcel Provost se inspiró en la biografía que Françoise Cloaret escribió sobre Séraphine Louis para realizar su film. Más conocida como Séraphine de Senlis, esta pintora intuitiva fue descubierta por el coleccionista alemán Wilhelm Udhe, quien la incluyó, junto a Rousseau, entre los “primitivos contemporáneos”, una manera sensible de referirse a los comúnmente denominados pintores ingenuos o naif. Su fascinación por ellos quedará reflejada en una de las frases de su libro, “Cinco maestros primitivos”, donde dice: “El objeto de su representación no es la apariencia de las cosas, sino la realidad superior que expresa el estado cósmico de las cosas…”.

Acompañamos a Séraphine en su rutina diaria, donde con prisa limpia los pisos, prepara la comida, lava las sábanas en el río o hace las compras. Su trajín no le impide detenerse para entresacar las raíces del barro o el aceite de las velas en la Iglesia. Su ensimismamiento la convierte en un ser solitario, que alternará con la dueña de casa, los nuevos inquilinos, las monjas, otras lavanderas o el despensero, pero realmente, ella hará su recorrido en solitario, como enfrascada en sus propios pensamientos. Hasta que Udhe se impone en su vida.

Séraphine

En la extensa campiña de Senlis, el alemán y la nativa cruzarán sus existencias, para descubrirse e iniciar una relación en la que ambos se verán comprometidos, gracias a la pulsión artística que sufre Séraphine cada noche, que le insta a plasmar sobre lienzos y maderas un universo floral que parece provenir de un jardín fantástico, donde las plantas se dan de manera exuberante y parecieran esconder vida en la pulpa de sus frutos o en las hojas, que muchas veces aparentan ser plumas. Él descubre un cuadro pintado por Séraphine en sus noches de fervor místico y ella es cautivada por la cuidada caligrafía del alemán. En ese intercambio de admiración mutua se va construyendo un lazo, que será un verdadero impulso para que la artista desarrolle sus obsesiones.

El ritmo moroso de la narración acompaña el embeleso del espectador por el cuidado de cada encuadre, de cada plano, que se constituye en una obra pictórica en sí misma, a la manera de los interiores burgueses del sueco Vermeer, con una cuidada composición en perspectiva de los espacios, teñidos de blanco, tierra y añil, donde los personajes interaccionan con los objetos y la luz ejerce un fuerte protagonismo. O los exteriores, como los que pintaba Monet, con pinceladas en verde, azul y amarillo, donde los nenúfares eran protagonistas en el agua, de la misma manera que el pantano ofrece las raíces a Séraphine, embarrada hasta los tobillos para obtener pigmentos para su obra. Excelente polifonía la de la pintura holandesa del siglo XVII, la impresionista del siglo XIX y la obra espontánea de la paleta exacerbada de Séraphine, donde rojo, azul, naranja y verde se adueñan del lienzo. Nunca mejor expresada por Kandinski la idea del “principio de necesidad interior”, según el cual la pintura no es más que la armonía de los colores en conjugación con el alma humana.
Séraphine
El contraste entre la vida del marchand y la sirvienta no hará sino profundizar esa relación, nacida de la admiración del uno por el otro. La figura de Wilhelm Udhe aparece envuelta en un halo de misterio, siempre huyendo de algo (¿de los alemanes, de los franceses, de los homofóbicos?). Su existencia en Senlis no es sino transitoria. Los años que van entre su primera y segunda estancia en la campiña francesa habrán transcurrido para Séraphine sin modificaciones en su rutina, pero sí en un incrementado fervor artístico, justamente por el impulso dado por Udhe en el pasado. Cuando él retorna a Francia, visita una exposición en el museo del pueblo. Grandes lienzos gritan desde la pared que están pintados por Séraphine. Udhe la buscará y pretenderá impulsarla aún más, pero ya los cabales de la artista no soportarán más riendas y su éxtasis rondará la locura.

Si bien Provost nos narra la vida de una iluminada, inspirada por los ángeles, instada por ellos a pintar, sin haber recibido una formación artística, es cierto que también propone, en un segundo plano, una realidad económica, social y moral que es la responsable del encuentro ¿casual? de estos dos personajes y los rumbos que tomarán sus vidas: la comunidad de intelectuales de un pueblo francés, que recibe a un hosco y lacónico Udhe con el intento de sumarlo a un pequeño y egoísta círculo de entendidos; la huida y el descalabro de la estancia que ha ocupado el coleccionista, una vez que los franceses han invadido su casa para destruir vestigios de germanidad en su país… Así como el refugio buscado por Udhe frente a la discriminación por su homosexualidad, en dos momentos de su vida: en 1912, cuando solitario y melancólico prefería quedarse en el jardín de la casa antes de salir con su hermana a divertirse; en 1927, cuando regresa junto a su amante, el artista Hellmut Kolle, para acompañarlo durante los últimos días de su enfermedad.

Séraphine_Martin Provost

El énfasis de la historia se centra en la cotidiana entrega de Séraphine a sus actividades, para encontrar el momento en el que dar rienda suelta a su éxtasis creativo. La narración no se apoya en hitos fundamentales de la vida de estos dos personajes, sino en la rutina diaria de la iluminada y en el casual encuentro con su descubridor. Lo demás aparece velado, como un fondo difuso, como el marco de un cuadro, como una nota al pie, de manera contextual.

Lo cierto es que es una pena que películas como ésta no se exhiban masivamente, sino que se proyecten en pantallas marginales y por muy poco tiempo. Séraphine no sólo viene amparada por los siete Césares obtenidos por parte de la Academia Francesa, sino que ofrece la historia de una artista desconocida y lo hace con un aporte estético que es de agradecer. No es casual que los premios recibidos hablen de la conjugación de las distintas disciplinas cinematográficas para componer una magistral puesta en escena. Las imágenes permanecerán en la retina de quien las vea por mucho tiempo, así como si hubiéramos visitado un museo y desde alguna de sus paredes un cuadro, uno solo, hubiera atraído la atención que a los otros se le niega.

Fuente: http://www.elespectadorimaginario.com/pages/julioagosto-2010/criticas/seraphine.php 

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