“La ciudad y el espejo cine. Auster en el puente”

Por Mauricio Montiel Figueiras.

LA CIUDAD Y EL ESPEJO CINE

AUSTER EN EL PUENTE

POR MAURICIO MONTIEL FIGUEIRAS

 

Recientemente Paul Auster presentó su primera película, Lulú en el puente, como director en el festival de Cannes. Poco antes había aparecido su último libro, una suerte de collage donde se encuentran la novela de inspiración policiaca con el aliento de las memorias.

 

Hacia la mitad de A salto de mata (Anagrama, 1998), la autobiografía que abre el volumen que incluye además tres obras de teatro, un juego de cartas de béisbol y una novela de juventud escrita bajo el pseudónimo de Paul Benjamin, Paul Auster relata su primera y extraña incursión en el mundo del cine. Corre el año de 1971 y el escritor en ciernes, luego de diversas aventuras y penurias económicas el dinero, o mejor, su tortuosa ausencia, es el eje sobre el que gira este texto cuya versión inicial se titulaba The Money Chronicles—, está de vuelta en París, donde en 1967 había conocido a Madame X, la excéntrica esposa mexicana de Monsieur X, “un célebre productor a la vieja usanza”. Al poco tiempo de su regreso, Auster recibe la visita de Madame X y una oferta laboral: realizar en seis o siete cuartillas la sinopsis de un guión por la que cobrará cien dólares. Auster acepta, acude a la vivienda de los X y descubre que trabajará con otras dos personas: un pianista desempleado y un francés que se jacta de haber sido asistente de dirección en ciertas escenas de Ben-Hur y Lawrence de Arabia. El guión por resumir tiene casi trescientas páginas; es un thriller vulgar ambientado en el desierto del Sahara. Luego de que sus compañeros claudican, Auster redacta a solas la sinopsis, que complace a Monsieur X; entre ambos se entabla una curiosa relación profesional que termina al cabo de un accidentado viaje a México durante el que Auster fracasa en su cometido: “novelizar” una obra de teatro sobre Quetzalcóatl escrita por Madame X, que en Tepoztlán y Cuernavaca sufre una crisis emocional. De nuevo en París, Auster se cita con Monsieur X, que le exige devolver los dos mil quinientos dólares pagados por adelantado; al negarse, el escritor es expulsado del coche de su patrón. “Ese”, concluye el episodio, “fue el final de mi carrera en el cine”.

 

Veintitrés años después, en noviembre de 1994, una vez que el dinero ha dejado de ser un oscuro estigma de juventud, el autor de una decena de libros exitosos a ambos lados del Atlántico declara a Annette Insdorf: “Tengo ciertos problemas con el cine. No sólo con esta o aquella película en concreto, sino con las películas en general, con el medio mismo”. La entrevista es realizada con motivo del estreno inminente de Smoke y Blue in the Face (1995), el doble canto en honor a Brooklyn con el que Auster debuta como guionista y director de la mano de Wayne Wang (El club de la buena estrella); el reparto de este grato experimento incluye a Harvey Keitel, William Hurt, Mira Sorvino, Madonna, Lou Reed, Jim Jarmusch y un envidiable etcétera que se encuentra y desencuentra en un expendio de tabaco neoyorquino. Al final de la conversación con Insdorf, Auster afirma categóricamente: “Trabajar en Smoke y Blue in the Face ha sido una experiencia fantástica […] pero ya basta. Es hora de que regrese a mi agujero y empiece a escribir otra vez. Hay una novela nueva llamando a mi puerta”. Un año más tarde, en octubre de 1995, cuando el crítico Gérard de Cortanze le pregunta por su relación con el cine, el autor de Leviatán se mantiene firme en su posición: “Cuando era muy joven era un cinèfilo empedernido. La cantidad de películas que habré visto… Luego empezó a interesarme menos. No es que me volviera reacio al cine, es que ya no me atraía tanto. Como ya sabrá, estos dos últimos años me han llevado a transitar este mundo por dentro […] Prefiero estar aquí, en mi estudio, escribiendo un libro. Quizás un día me sienta tentado por una nueva experiencia como guionista… No sé…”.

 

Al parecer la tentación fílmica ha superado a la literaria; el dinero y el éxito, que no una nueva novela, han llamado a la puerta de Auster. En 1971 creyó que su carrera en el celuloide había terminado, pero el tiempo le demostró lo contrario. En 1993, su rostro de marcadas ojeras beckettianas renunció a la estasis de las cuartas de forros y devino imagen en movimiento; al final de La música del azar, la adaptación de Philip Haas de su libro homónimo, Auster es el conductor providencial que rescata a su protagonista, Jim Nashe (Mandy Patinkin), de la errancia indigente. Esta breve aparición se repite durante el climax de Smoke, cuando Auggie Wren (Harvey Keitel) narra a Paul Benjamín (William Hurt) la historia navideña que inspiró la película; en tercer plano, al fondo del diner donde se desarrolla la escena, Auster toma café y mira de reojo a sus personajes enfundado en un abrigo negro, atento espía de su propia creación. Este año, en el Festival de Cannes, el autor de El palacio de la luna volvió a aparecer a la incierta luz del oropel; ocultas sus ojeras tras unos lentes oscuros, fue fotografiado junto a Mira Sorvino y Willem Dafoe durante el estreno de Lulu on the Brid- ge, su primera incursión como cineasta independiente donde también actúan Harvey Keitel y Vanessa Redgrave. Actualización del mito de Lulú, la prostituta vienesa de principios de siglo ideada por Arthur Schnitzler e interpretada por Louise Brooks en el clásico de Pabst La caja de Pandora (1929), el filme es un “libre ejercicio donde Auster mezcla, con balbuceos pero con originalidad, la tradición del universo underground de Manhattan, en cuyos laberintos se orienta a ciegas, y su adoración [por Brooksj”, según refiere Angel Fernández Santos en El País. Así pues, a diferencia de lo que se sostiene en A salto de mata, la carrera de Paul Auster en el cine parece apenas arrancar. Ahora no puedo sino imaginarlo como el Azul de Fantasmas —segunda noveleta de su espléndida Trilogía de Nueva York— cuando sigue a Negro por el puente de Brooklyn; lo veo detenerse a mitad de la enorme estructura de metal y concreto, mirar enfrente el fulgor brookly- niano para luego voltear hacia los rascacielos infinitos de Manhattan. Sus ojeras no logran opacar una mirada indecisa: ¿adelante o atrás?

¿Cine o literatura?

Fuente: http://www.nexos.com.mx/?p=8922 

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