Sobre la película y los directores

El artista es una película de apariencia sencilla, formalmente son todos planos fijos, temáticamente es una crítica divertida, mordaz, simplista al mundo del arte. Y podríamos suponer que nada más, pero no es así, por lo general la apariencia de simplicidad esconde dispositivos, procesos y temáticas que al salir a la luz evidencian la complejidad que se escondía en lo profundo de la obra.
Formalmente El artista está construida en base a un único tipo de encuadre, el plano fijo, la cámara jamás se mueve ni adquiere alguna angulación extraña; pero cada plano es de una composición cuidadísima, cada encuadre denota un trabajo minucioso, detallado y obsesivo. La aparente simplicidad de la forma esconde una complejidad que acerca cada plano a la producción plástica, lo asemeja a un cuadro. Y la pareja realizadora no se contenta con hacer de su película una sucesión de cuadros, también recorre parte de las distintas estéticas de las artes plásticas: la película abre con una obra abstracta que no es otra cosa que el recorte de una mancha de humedad, al mejor estilo Agnes Varda, recurso que repetirán; también tenemos alguna obra hiperrealista como la del vendedor de televisores en un primer plano cortado a media cabeza con la señal de ajuste de un televisor de fondo; alguna de raigambre kisch en el velorio de la madre del protagonista; y mucho realismo.
Pero la obra más interesante es la que no vemos, los directores han elegido escamotearle al espectador la obra de Romano, en torno a la cual gira toda la película, y lo han hecho no solo por una cuestión de calculo respecto de la fantasía que cada espectador deposita en lo no visto; sino porque la obra de Romano esta ahí para mostrarnos la reacción del mundo frente a ella, para permitirnos ver a la gente. Cohn y Duprat producen miradas subjetivas de los dibujos de Romano, que nos permiten observar de manera privilegiada las reacciones, las opiniones y las pavadas que tanto el fotógrafo, el curador o el público en general expresan frente a ellos.
Los dibujos de Romano nos permiten ver a los otros, se abren no solo frente a lo que dicen frente a ellos, sino también frente a lo que hacen con ellos. La obra de Romano es la que dispara la ambición de Ramirez y le quita el gris mustio de su vida anterior hasta transformarlo en un simulador sin límites; pero también nos hace visibles al curador, al galerista, a Ana, un muestrario de las miserias humanas que en este caso adquieren forma concreta frente a la producción plática.
Esa complejidad de la forma, o quizás más que de complejidad habría que hablar de sutileza; también se puede aplicar a su discurso, que no solo es una crítica divertida, mordaz y simplista al mundo del arte, al comercio en torno a las artes plásticas. Es cierto que es eso. Los galeristas; los curadores; los periodistas especializados; los críticos universitarios; los propios artistas; el público, todos caen bajo la mirada crítica, desacralizadota e impiadosa del guionista y los directores. Pero El artista tiene otro recorrido posible y menos visible. Todos los personajes que mencionábamos antes orbitan en torno a dos personajes que pueden quedar eclipsados por la profusión de astros: Romano y Ramirez. Tal vez el artista y el usurpador pueden ser el centro de la película, y tras la apariencia de una crítica evidente y conocida al mundo snob de las galerías, se esconda una más profunda al mundo en general. Ramirez es la encarnación de ese deseo velado que recorre a parte de la sociedad de acceder al éxito, de salvarse económicamente. Deseo que cuando aparece como posible hace brotar el arsenal de incorrecciones políticas, éticas y morales de que somos capaces. Ramirez comienza queriendo ganar unos pesos extras y termina asumiendo una nueva identidad, absolutamente falsa pero construida en base a los cliché que socialmente circulan en trono al artista, por lo que se transforma en un excelente actor imposible de ser desenmascarado.
Romano por su parte encarna al personaje o a la figura menos rutilante, más anónima; Romano es el individuo que necesita crear como parte de su proceso vital, el que produce más allá de los ojos de los otros, el artista.

elartista
Gastón Duprat (1969) y Mariano Cohn (1975). Ambos tienen un largo recorrido, de más de quince años en la producción y experimentación audiovisual y al menos diez años en televisión. Esta trayectoria los coloca en un lugar distinto al de los nombres propios que dan forma al nuevo cine argentino, el video arte y la televisión son espacios con lógicas de producción y formatos estéticos distintos a los habituales del cine. Pero Cohn y Duprat comparten algunos rasgos generacionales en cuanto al lugar desde donde piensan y muestran; a los riesgos que asumen y al lugar que se asignan a si mismos en tanto directores.

Desde principio de los noventa han desarrollado una actividad vinculada al video experimental, con más de 30 obras, muchas de las cuales han obtenido premios en festivales nacionales e internacionales. En 1999 comienza a trabajar en televisión con un programa insólito, Televisión abierta que se definía como un delivery televisivo en el que gente común llamaba a la producción y esta le enviaba a su casa una cámara que registraba lo que quería comunicar, desde la venta de objetos o la solicitud de trabajo, hasta la búsqueda amorosa, o la vociferación del discurso que se quisiera. Toda la producción de la dupla a sido un acto de provocación a los límites de la televisión, y quizás el más audaz haya sido el canal Ciudad abierta que definieron, instalaron y dirigieron para el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en la época de Ibarra, canal que se realizaba íntegramente con tomas aleatorias de la ciudad, su gente y sus actividades, sin más recursos que las cámaras y una computadora para editar. Una acción importante en la búsqueda por desarrollar nuevas formas televisivas y por pensar la cultura en términos no tradicionales, con un lenguaje audiovisual absolutamente innovador.

Fuente: http://cinesinorillas.blogspot.com.co/2010/05/cohn-y-duprat-el-artista.html

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