“Soledad pintada al óleo. Crítica de Shirley: Visiones de una realidad”

Por: Andrea Núñez-Torrón Stock
Si existió un artista capaz de entrelazar la sensación de desarraigo y el espacio geométrico, la visión figurativa unida al sentimiento poético, ese fue el pintor Edward Hopper. Durante la primera parte del siglo XX, este autor convirtió su obra plástica en una referencia fundamental para el realismo pictórico posterior y para las denominadas escenas estadounidenses. Los lienzos de Hopper sintetizan a la perfección los detalles en interiores urbanos o rurales, horadados por un silencio real pero también metafísico, y poblados por, casi siempre, un único personaje anónimo y solitario, bajo luces gélidas, artificiales y cortantes, una manera de retratar la angustia y el existencialismo de la sociedad contemporánea. Así, el espectador que los contempla se siente alejado y abstraído del ambiente y la temática en la que se halla inmerso, contagiado de una sensación de soledad aguda, de claustrofóbica incomunicación. Pues bien, ha sido la obra de este genial artista americano, la encargada de inspirar una nueva creación del director vanguardista Gustav Deutsch, cuyos trabajos anteriores como Film ist —que enlazaba vídeos científicos independientes entre sí y fragmentos de metrajes pretéritos—, o Film ist a girl and a gun —que realizaba un homenaje al cine mudo y a la temática sexual—, han sido baluartes importantes dentro de la corriente del cine experimental, obteniendo grandes piropos como la comparación con maestros como Buñuel.

Esta tipología cinematográfica nacida en la contracultura procura, como ya sabemos, distanciarse de los convencionalismos visuales y narrativos, alimentándose de ideas en muchas ocasiones surrealistas o inconexas para formar una lógica plástica nueva y original que cobre un sentido propio. En definitiva, se procura mediante la interacción de este lenguaje propio con el espectador una experiencia más allá del cine al uso. En esta creación titulada Shirley: Visiones de una realidad, el director austríaco se distancia más del radicalismo de sus anteriores obras para tomar contacto con fórmulas más universales de la narrativa argumental, conjugando el arte pictórico de Hopper con el eminentemente cinematográfico, y aportando un aura teatral cuyo objetivo es contarnos una parte de la historia de Estados Unidos entre 1931 y 1965 de manera ilusionista y fiel a los célebres óleos del pintor, además de relatarnos la catarsis poética y agobiante de su única protagonista principal. Se podría decir que aunque esta propuesta pretenda tener un enfoque más comercial, y orientada a un público mayoritario, sigue siendo una obra un tanto árida, compleja, y dificil de ver a pesar de su magnificencia estética y su singularidad de formato.

Shirley: Visiones de una realidad

 

Trece instantáneas hopperianas son las escogidas para narrar esta historia dedicada a la memoria colectiva de los amantes de la pintura; cada una de ellas tiene lugar el mismo día del mes pero en años diferentes. La fecha elegida, salvo en uno de los cuadros, es el 28 de agosto, y para realizar las transiciones entre cuadro y cuadro Deutsch decide emplear cortinillas en negro bajo la voz en off fantasmagórica de un informativo radiofónico que contextualiza y detalla los acontecimientos fundamentales de la época, como el levantamiento en Cuba, las disidencias previas a la Segunda Guerra Mundial, la muerte de Trotski, los antecedentes de la Guerra Fría la batalla de Stalingrado, la caza de brujas macarthiana, la defensa de los derechos civiles de los trabajadores o el discurso libertario de Martin Luther King. Los intertítulos que anuncian cada nueva fecha transmiten una sensación de asfixia y estancamiento a pesar de avanzar por la línea de la historia, algo muy acorde con el rígido envoltorio del filme.

¿Su protagonista? Para obtener un hilo narrativo conductor entre las realidades conceptuales de los cuadros, Gustav Deustch construye la historia de Shirley (Stephanie Cumming), una infeliz actriz antepuesta a su tiempo e inconformista con el período que le ha tocado vivir, casada con un marido ausente (Cristoph Bach) y ferviente lectora de la romántica Emily Dickinson y de las divagaciones filosóficas de Platón. Con una personalidad compleja, crítica con el periodismo y figuras conocidas de la época como Elia Kazan, Shirley rehuye aceptar el rol típico de esposa sumisa y paciente, y detesta los trabajos mecánicos e insatisfactorios que se ve obligada a aceptar mientras su carrera en la dramaturgia jamás despega. Sin embargo, aunque esta protagonista posee un enfoque mental rebelde e insumiso con las convenciones sociales y los acontecimientos históricos, en cuánto a sus acciones se muestra fría y estoica, manteniendo conversaciones consigo misma mientras se mueve parsimoniosa y lentamente en los lindes perfectamente geométricos de un cuadro cuya atmósfera se antoja opresiva para el espectador. Los pensamientos de Shirley son evocados mediante una voz en off a modo de monólogo interior cuyo parámetro se reproduce de manera idéntica a lo largo de la película, y que acaba por resultar bastante monótono y reiterativo.

 

Shirley: Visiones de una realidad

 

Es importante en este filme, más que en otros más comerciales, separar la parte estética de la argumental. La composición visual es sin lugar a dudas deslumbrante y maravillosa, aunque cueste subordinarse por completo al encuadre estático (que apenas es interrumpido por pequeños movimientos de cámara), y haciendo justicia al legado artístico de Hopper rinde un original y atrevido homenaje a la contemplación de sus óleos, a través de poses teatrales perfectas por parte de su elenco de actores y de su actriz protagonista, de sus texturas poéticas, iluminación fría y milimétrica plagada de contrastes y claroscuros, riqueza cromática y un minimalismo que corresponde a la perfección a los fotogramas auténticos, recreando las diagonales, los objetos inertes que pueblan las habitaciones y sobre todo, resucitando a los asfixiados personajes de sus cuadros. Sin embargo, desde el punto de vista narrativo Shirley: Visiones de una realidadresulta pobre, rígida, intelectual en exceso y falta de un buen chute de verdadera sangre y emotividad cinematográfica, así como de ritmo que nos contagie la infelicidad y el pensamiento crítico de su enervada protagonista. Si bien las temáticas que el director pretende abarcar a lo largo del filme (véase la profunda aversión a los chivatos del periodismo, la defensa del arte, la incomunicación conyugal, el declive de Hollywood o la decepcionante vida moderna) son personificadas mediante el hastío de los personajes, al no existir interacción ninguna entre ellos, la técnica de monólogo interior resulta insuficiente para cargar todo el peso del argumento, y para relatar la intrahistoria estadounidense desde la catarsis opresiva de los cuadros de Hopper. Es muy probable que la obra enamore a los fanáticos de la pintura y a los amantes de los desafíos estéticos vanguardistas, hallando aquí una hipnosis plástica sin parangón, pero la gran mayoría no llegará a alcanzar en Shirley: Visiones de una realidad, una experiencia cinematográfica plenamente grata.
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