Artículo: “Federico Fellini: el cine-espectáculo”

“Estamos construidos en memoria, somos a la vez la infancia, la adolescencia, la vejez y la madurez” (Federico Fellini)
“El cine es el arte en el que el hombre no puede por menos que reconocerse. Es también el espejo delante del cual tendríamos que tener el coraje de desnudar enteramente nuestra alma” (Federico Fellini)
Fueron varios los directores que contribuyeron para que el cine comenzara una renovación radical a partir de los años cincuenta del pasado siglo, entre ellos se destaca Federico Fellini (Rimini 1920 – Roma 1993), quien realizó un aporte fundamental y singular, el cual ha sido clave para pensar y repensar los alcances del dispositivo cinematográfico en la configuración del pensamiento.
Son muchos los estudios que se han realizado sobre la obra de este director, y en la mayoría de ellos se repiten criterios comunes que intentan recalcar lo que de por sí es evidente en sus filmes de la “segunda etapa”, es decir, aquellos que hacen parte del llamado estilo felliniano. Esos criterios comunes se centran en analizar los vínculos con el surrealismo, la excentricidad de las puestas en escena, las sobrecargadas escenografías y los irónicos y provocadores ataques a las instituciones más representativas de Italia. Sin embargo, hay otros elementos importantes en su proceso creativo que no pueden pasarse por alto, especialmente, los que están presentes en sus primeros filmes, cuando ya se empezaba a configurar una particular poética que enriquecería alneorrealismo y ayudaría a desestructurar la forma clásica de la narración cinematográfica.
El interés temprano de Fellini fue por el dibujo, por la caricatura, aunque confiesa que aspiraba a ser poeta (y en efecto lo logró con su obra fílmica, la cual está cargada de lirismo, de metáforas, de ensoñaciones). Tuvo un paso fugaz por una Facultad de Derecho a su llegada a Roma en 1939. Por esos años, empezó a publicar viñetas y algunos cuentos por entregas en publicaciones humorísticas y satíricas. Luego trabajó en la radio y en varios periódicos. En 1942 conoció a Roberto Rossellini y empezó a colaborar con él, primero, en la producción de Roma ciudad abierta (1945) y, al año siguiente, en la conformación del guión paraPaisá (1946). El encuentro con Rossellini fue muy importante para que Fellini lograra forjar su personalidad y su relación con el cine. Entre 1948 y 1951, decidió aprender a hacer cine, al lado de los mejores de ese momento (los directores Alberto Lattuada, Pietro Fermi, y por supuesto, Roberto Rossellini; y los actores Aldo Fabrizi, Ana Magnani y Alberto Sordi). En ese periodo, también debutó como actor y se fue consolidando como escritor de guiones.
Fellini llegaría a ser uno de los favorecidos por Cinecittá, los más importantes estudios cinematográficos de Italia, inaugurados por Mussolini, en 1937. Con ellos, el duce pretendía construir la “mayor ciudad del cine en Europa”, y en efecto, lo logro. Cinecittá comenzó con una producción anual de 60 películas, aunque durante la II Guerra Mundial, tuvo que cerrar para retornar en 1947 y darle la posibilidad de desarrollar su trabajo a directores como Rossellini, De Sica, Visconti, y más adelante, Fellini. Hacia los años cincuenta, era conocida como la “Hollywood del Tíber” y en la década del sesenta se convirtió en una fábrica de superproducciones, especialmente para América y Europa. Fellini decía: “la primera vez que oí este nombre, Cinecittá, me di cuenta de que era la ciudad en la que quería vivir, y que sería ya parte para siempre de mi vida. Era el lugar ideal. Era como entrar en el epicentro del vacío cósmico justo antes del Big Bang y asistir a la gran explosión creadora”. Efectivamente, allí logró desarrollar la mayor parte de su obra, convirtiéndose en uno de los “consentidos” de dicha institución.
La realidad de la posguerra
La posguerra generó unas prácticas sociales que Fellini no dejó de criticar en ningún momento. Aunque comenzó participando en películas fundamentales del neorrealismo, como guionista, asistente y actor, ya en su actividad de director, fue imprimiendo su propio sello, que le dio nuevos matices a tan importante movimiento. Él mismo afirmaba, “pienso haber aportado al neorrealismo una poesía que le faltaba totalmente” (…) “el neorrealismo no es lo que muestra sino la manera de mostrarlo”.
Es importante tener en cuenta que hay dos etapas marcadas en la obra de Fellini:
Neorrealista: en la que da a conocer la crisis existencial de las víctimas que por momentos se creían verdugos. El director busca desnudar la inconciencia de ese estado inauténtico, consolidado en el vacío y en lo banal. Sin embargo, la abundante melancolía tiene cierto carácter optimista, afianzado por la moral que buscaba el reencuentro y la convivencia, y que mantenía la dignidad.
Felliniana: en ella hay una tendencia hacia el surrealismo, el barroquismo, la exhuberancia de la imagen y su predominio sobre lo narrativo. Recurre a la construcción de grandes escenografías para reconstruir universos oníricos. Expresa la ironía por medio de un lirismo visual que supera los diálogos. Afianza la expresión introspectiva y personal, creando alter egos con sus personajes, especialmente, con Marcelo Mastroniani, su mejor amigo, a quien conoció en 1958. En Ocho y medio (1963), Fellini y Mastroniani son casi una misma persona. Mastroniani acompañó a Fellini hasta el filme Ginger y Fred (1985), en el que por fin actúa junto a Giulietta Massina, la otra gran estrella de Fellini.

El sello y la importancia de Fellini

Sátiro y satírico, concupiscente y tierno, memorioso y olvidadizo, interesado y desprendido, así fue la personalidad de Fellini. Pero el genio fue, ante todo, un hombre de carne y hueso. Para él no había nada ideal: “ni mujer, ni pareja, ni lugar, ni situación: lo importante es aprender a vivir con los problemas personales”.

La exteriorización del mundo propio que logra desencadenar Fellini en sus filmes, es su mayor sello. En ellos, brotan sus miedos y sus fantasías, y el espectáculo tiende a sobrepasar lo real, pero también, lo cotidiano, permanentemente se organiza como espectáculo ambulante. Como bien lo anota Jorge-Mauro de Pedro, “Fellini hizo de la dualidad en su cine, en su vida, en su obra, la razón de ser y de estar”, se movió entre la realidad y la fantasía, entre el neorrealismo y el vanguardismo, entre el artista y el bufón. Sobre la misma dualidad encarnada en Fellini, también se ha referido Gonzalo Portocarrero, de la siguiente manera: “Los colaboradores de Fellini coinciden en subrayar su perfeccionismo, su entrega total a la creación artística. Estas actitudes lo convertían en un tirano en el set cinematográfico. Era demoledor en sus críticas y sumamente exigente con la gente a su cargo. Este comportamiento obsesivo y tan estricto en función del arte está en abierta contradicción con sus postulados ideológicos de buscar un mejor conocimiento de si para ser más libre con uno mismo y más generoso con los demás”.
La importancia del director italiano en el mundo del cine, radica en varios aspectos: ante todo, se destaca su honradez: “Cuando hago una película, no la hago con una curiosidad abstracta y estilizada, sino con ternura, con amistad, con un interés muy vivo por todo lo que es el hombre”. Refiriéndose a Ocho y medio decía lo siguiente: “Quería hacer una película honrada, sin engaños, que pudiera ser provechosa para todo el mundo, para enterrar lo que está podrido en cada uno de nosotros. Pero, a fin de cuentas, yo mismo soy incapaz de enterrar nada. Quisiera decirlo todo y no tengo nada que decir”.
Es, igualmente, destacable la forma como hace coexistir la realidad con lo fantástico de una manera sencilla, provocadora, irónica, y por sobre todo, muy actual. Es todo un artista, un creativo, que parte siempre de él mismo, de su memoria y de su imaginación. Sin embargo, no podríamos afirmar que es un autor en el sentido propuesto por la Nueva Ola, es decir, aquel que parte desde la realidad socio-política para darle vida a un constructo teórico, teniendo al dispositivo cinematográfico como vehículo-escenario desde donde se promueve la renovación del pensamiento.
Finalmente, su trascendencia está más que asegurada, por ser un magnífico creador de historias y personajes, y por el aporte al modernismo cinematográfico, en lo referente a la estética totalmente liberada de los vínculos sensorio motores de la imagen-acción.
Características fundamentales de su obra
Fellini, desde sus primeras películas, fabrica, localiza y reincide en los tópicos que van a ser objeto de su mirada irónica (los clubes nocturnos, los parques de atracciones, los circos, la iglesia, la burguesía, la publicidad, el periodismo). Por otra parte, rompe con la trascendencia de los acontecimientos, al presentar conexiones inciertas que no pertenecen a quienes las padecen, imponiendo así, una dinámica de vagabundeo (personajes desencantados, acabados, apáticos, nómadas). Esos mismos personajes actúan y se ven actuar, y el espectador es complaciente del rol que él mismo desempeña como generador de sentido. En el acto fílmico, hay un subjetivismo cómplice del director con los protagonistas. Éstos se va hundiendo y se ven hundir. Y el director trata de sacar de ese proceso de caída, algo para comunicar. Ahí se ubica su proceso creativo. Finalmente, nos propone la vida como espectáculo (siempre en germen, en crecimiento, en proyección hacia el infinito, no hacia el futuro sino hacia la muerte, y sin embargo espontánea… ¡La vida!) El futuro es la muerte, la destrucción, mientras que en el pasado están las claves. El pasado, no es concebido en el sentido del tiempo que pasa (presente), sino como pasado puro, que se conserva, pues es allí donde está el comienzo, el germen.
En Fellini, la imagen, bien sea mental, de una fantasía o de un recuerdo, se organiza como espectáculo, haciéndose objetiva (la realidad del espectáculo y la de aquellos que lo realizan). Fellini tiene un especial sentido de la ilusión, y es claro a la hora de manifestarlo: “Nunca me ha sucedido nada verdadero. Todo lo inventé yo”. Pero al mismo tiempo, tiene un agudo sentido de la realidad (una realidad cinematográfica), y lo expresa con contundencia: “El cine soy yo. No tengo nada que contar… pero me apetece contarlo”.
Fellini, además, recurre a la desnudez del mismo cine. Muestra su carácter de impostura. “la representación se confunde con lo representado”. Sus filmes son fragmentados, dispersos, pero encuentran un hilo conductor para constituirse como un armonioso espectáculo. En gran parte, esto se debe a la trascendencia de la creación musical de Nino Rota, quien fue capaz de poner a danzar todos los elementos dentro del filme. Rota fue el gran compositor que colaboró con Fellini, desde Luces de Variedades en 1950 hasta Ensayo de Orquesta en 1979, año de la muerte del compositor.
Temáticas y personajes

El circo: Fellini siempre fue muy claro al afirmar: “Me han dominado tres elementos: el Mar, el Circo y la Iglesia”. En lo referente a los circos, Fellini decía que no conocía el circo en profundidad pero sí en su esencia. Desde su infancia, ese mundo le despertó una fascinación y una embriaguez, que lo hacían sentir como suyo. Consideraba que la vida circense era muy similar al trabajo del cineasta. Sus películas son eventos cinematográficos y circenses. “El cine se parece muy fuertemente al circo. Es probable que si el cine no hubiera existido, si yo no hubiera conocido a Rossellini y si el circo fuera todavía un género de espectáculo de cierta actualidad, me habría gustado mucho ser el director de un gran circo, pues el circo es exactamente una mezcla de técnica, de precisión y de improvisación. Al mismo tiempo que se desarrolla el espectáculo preparado y ensayado, se arriesga verdaderamente alguna cosa, es decir que al mismo tiempo se vive”. En filmes como La ciudad de las mujeres (1979), todo parte de lo imaginario, del sueño; ya no hay fragmentos de realidad sino excesiva presencia de lo histriónico. Todo parece un espectáculo circense con “payasos” muy definidos y activos.

Fellini encontró en el cine, el escenario para proyectar sus caricaturas, su imaginación, sus ilusiones, con un estilo bufonesco, exaltado, pero, no por ello, distante de las profundidades anímicas humanas. Ratificó al cine como un gran espectáculo y juntó amargura con divertimento. La caída y el enterramiento de sus personajes son ambientados por una carcajada.

Las mujeres: las mujeres en la obra de Fellini jugaron un papel muy importante, desde su encuentro con Giuletta Masina en 1942, quien se convertiría en su acompañante durante cincuenta años. La relación que mantuvieron fue tumultuosa, apasionada y necesaria (para ambos). A ella le rindió un ferviente homenaje enGiuletta de los espíritus (1965), tal vez, buscando exorcizar sus diversas ausencias, por cuenta de su otra gran pasión: el cine. Pero ya en películas anteriores comoLuces de variedades (1950), El Jeque blanco (1951), La Strada (1954) y Las noches de Cabiria (1957), estaba ella como personaje central que se adentraba en las profundidades del alma humana. Pero como ya habíamos hablado de la dualidad de Fellini, también encontramos que hay una relación complicada del director con lo femenino. En La ciudad de las mujeres, apelando a un radical machismo, se ríe y pormenoriza el papel y las prácticas de las mujeres, aunque también parece mostrar su arrepentimiento por esa visión. Al final, nos queda la sensación de que hay una doble confusión en la propuesta temática del filme.

Sus filmes más importantes
Básicamente señalamos cuatro, que nos parece, marcan puntos importantes en cuanto a las variaciones del vínculo con la realidad y el espectáculo, son ellos: La Strada, La dolce vita, Ocho y medio y Amarcord (“yo recuerdo”).

La Strada (1954): Gelsomina y Zampanó son dos personajes que se han quedado para siempre en la mente y el corazón de los cinéfilos. En Gelsomina habitan la tristeza, la incertidumbre, la dulzura, el fracaso y la nostalgia, pero, extrañamente, es la dulzura del clown (que interioriza y transmite Giulietta Masina) la que termina triunfando y le deja una cierta sensación de optimismo al espectador.
Zampanó, por su parte, encarna la fuerza bruta, la frialdad, el egoismo, la perversión, en fin, todo aquello que es contrario a la animosidad vital de su compañera. Sin embargo, al final, el bruto se conmueve (¡demasiado tarde!) y expresa todo su dolor frente al mar impasible, que sólo puede ayudarle a confirmar su destino en la errancia.

La dolce vita (1960): Esta película marca el fin de un periodo en la obra de Fellini. La mirada se orienta hacia la realidad de una ciudad para desnudar la sociedad italiana, y es enriquecida con algunos matices surrealistas que empezarán a invadir sus filmes posteriores.
En la Roma que recorre el periodista Marcello, se evidencian múltiples problemáticas que van orientando las subjetividades hacia el vacío. El mismo periodista se debate entre la vida fantasiosa que le proporciona su trabajo y la realidad afectiva que experimenta con su novia y su familia, y el cuestionamiento existencial que le propicia la mistad con Steiner.
Ocho y medio (1963): En este filme, Fellini parte de sí mismo, de su imaginación y sus recuerdos, para reflexionar sobre el propio medio cinematográfico, desplegando una creatividad ilimitada que potencializa su condición de ser-artista. Para él, que afirmaba: “el cine soy yo”, no era difícil representarse a sí mismo en su lucha cotidiana por encontrar algo qué decir a través de la pantalla. Pero la reflexión de Fellini no apunta hacia el plano de lo teórico-cinematográfico (nunca lo hace en sus filmes) sino que más bién se preocupa por redescubrir lo mágico, lo ilusorio, que hay detrás del cine.
Guido Anselmi, es un creador que ahora se siente bloquedo y tiene que reinventar una nueva forma para complacer a quienes le exigen una obra maestra. Para lograrlo, sólo le queda la posibilidad de enterrar los modos de producción anacrónicos. El recurso que encuentra es la apelación al mundo de lo onírico y lo surreal, dando como resultado una imagen exaltada y una narración fragmentada.
Toda la producción posterior de Fellini está impulsada por un espíritu fantasioso, sobrecargado y circense. El vínculo con la realidad y la racionalidad que aún mantenía el director en sus anteriores trabajos, aquí se rompe definitivamente y le da paso a una realidad de ensueño y liberada, la cual, más adelante se cruzará con la cotidianidad, poniendo en duda el plano de ubicación espacio-temporal.
Amarcord (1974): Amarcord es una expresión dialectal propia del pueblo natal de Fellini, que quiere decir “yo recuerdo”. En el filme, el recuerdo de Fellini se ubica en el periodo de su adolescencia. Aunque la mirada es nostálgica, aprovecha para ironizar las relaciones socio-culturales que fueron tejiendo su vida temprana. Rimini, bien podría ser un pueblo cualquiera de la provincia italiana, donde la moral estaba delineada por los principios católicos y protegida por el unilateralismo fascista.
En el carácter de los personajes hay mucho de ternura, quizás, de ingenuidad, y un fondo evidente de frustración. El padre, la madre, el hermano “desequilibrado”, en fin, todos los que rodean al protagonista, evidencian sus bloqueos psicológicos como algo determinante que no puede conducirlos sino a la tragedia. El mismo protagonista, junto a los demás habitantes del pueblo, no encuentran como encausar su libido desbocada hacia procesos liberadores. La presencia constante y envolvente de la mujer ninfómana, así lo demuestra.
La realidad vista desde la óptica exagerada de la adolescencia, sirve para traslucir una época, un país, un pueblo, una familia y un individuo que, a pesar de sentir cómo todo conspiraba en contra de una vida dedicada a la creación artística, logró apostarle lo mejor a esta posibilidad y salió triunfante. La mirada al pasado tiene la intención de desentrañar las claves que le dieron existencia a su vida-obra: Fellini-cine, Fellini-espectáculo.
Premios
Fueron muchos los galardones que obtuvo Federico Fellini; solamente con La Strada, alcanzó más de cincuenta premios. Los que nos parecen más importantes son los siguientes: León de plata en la Muestra del Cine de Venecia, con Los inútiles (1952); León de plata en la Muestra del Cine de Venecia, con La Strada (1954); Óscar a mejor película extranjera, con La Strada (1956); Óscar a mejor película extranjera, con Las noches de Cabiria (1957); Palma de Oro en el Festival de Cannes, con La dolce vita (1960); Gran premio Festival de Cine de Moscú, con Ocho y medio (1963); Óscar a mejor película extranjera, con Ocho y medio (1964); Óscar a mejor película extranjera, con Amarcord (1974); León de Oro en la Muestra del Cine de Venecia, por su carrera (1985); Óscar honorífico por su carrera (1993).
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