Análisis de la película: “En busca del rey lagarto, “The Doors”, 1991”

Por: Jon Alonso

Instalado en  ese contexto de excesos, convulsiones y tormentos de aquellos apasionantes 60 hasta principios de los 70. En plena trashumancia sociológica da todo su fervor a este imprevisible director. Stone, se siente muy cómodo entre estos recovecos y paramos  que se prestan al estudio y la polémica. La guerra sigue haciendo mella, Vietnam es un coladero diario de sangre y los medios de comunicación arremeten contra la administración del capitolio. Un estado de ebullición se condensa a la espera de su sublimación en eso que yo denomino: Las fracturas del alma, la metástasis que consume el corazón estadounidense. Es la catarsis de la confusión y  en manos de uno gobierno, torpe y apopléjico; donde todo es posible. Aquellos años  permanecen en la retina del traumatizado Stone, colgado hasta la medula por aquel Vietnam inundado de hippismo y  lisergia. La fascinación del cineasta, que en un arrebato de cólera o entusiasmo se marchó a hacer la guerra entre castillos en el aire  al son de rock psicodélico en una calurosa noche de verano recitando el ídolo, Jim Morrison. Le pregunto a Mr. Stone, una vez más. ¿De verdad, no quería haber vivido como Jim? y seguro que hubiera contestado, ¿quién no?,  JM  era su héroe. Una especie de hermano mayor con el que soñó toda una generación de norteamericanos. El profeta incendiario que deseaba tener a su lado  en las interminables cenas de mantel cuadriculado y maíz junto a su enfadado papá. En el ejercicio de la disipación de dudas antes del abordaje final al análisis de este film, compulsivo, excesivo y sonoramente deslúmbrate.  Dijo el cineasta sobre The Doors, “Si la película es nula da igual, las imágenes hablarán por sí mismas”. El personaje Morrison, le persigue como nos hostigan muchos fantasmas del pasado, pero éste es especial; un músico extraordinario, un artista, un poeta obnubilado en barreños de Lsd, Bourbon y cocaína. Aquel que llegó a afirmar: “Este mundo es un ansia de poder” o “planeemos un crimen, iniciemos una religión”. Y aquí usa a un grupo de rock para enfocarlo a su manera. De la ingenuidad (todo es posible) a la amargura (choque contra la realidad). El joven James Douglas Morrison, hijo de un almirante de navío, que migraba de estado en estado. Se licenció en Florida (fagocitando leyendas literarias) y finalmente, llegó a la UCLA para dejar boquiabiertos a profesores y directivos de la escuela: un prodigio, que hacía saltar los medidores estándar de coeficiente intelectual. Un outsider, lector de una apasionada voracidad; adicto a las rimas como a la química de lo prohibido, lleno de memoria. Avezado de recitar versos de Baudelaire, Lautréamont, G. de Nerval y W. Blake para jugar a los aforismos entre  textos de  Kerouac y Huxley, o delirar con el pensamiento subversivo de Nietzsche. Se licenció junto  con el mismísimo F. Ford Coppola en cinematografía.
El único, capaz de transmitir un magnetismo y una seducción tan cercana a un encantador de serpientes hindú; el Sr. Mojo Risin. El gran rey lagarto bello, hipnótico y nihilista: la bestia de Florida. Stone— dubitativo— entre la seducción y la parálisis de semejante proyecto; supo que la envergadura era de gran calado. Un riesgo comprensible, pero enfrentarse a la leyenda desde el principio tuvo el precio de la ambigüedad, la fidelidad y el salto al vacío. Tiro por tierra al resto de banda, pasando por encima de algunos personajes con un peso más que específico dentro del aquel conglomerado sociológico. Tanto fue el cántaro a la fuente, que al final va a tener razón la disparatada Pamela Courson: “Lo haces todo como si fuera tu última actuación. Te lo provocas tu mismo. Eres un poeta, no una estrella de rock”. Jim Morisson se apodaba a sí mismo el Rey lagarto, nombre tomado de su poema “The celebration of the Lizard” (la celebración del rey lagarto), que se incluyó en la cubierta del álbum “Waiting for the Sun” 1968. Dixit: “I am the Lizard King, I can do anything” (yo soy el rey lagarto, no puedo hacer nada). Parte de la letra se utilizó en la canción “Not to touch the earth” y la versión del tema “Celebration” en 1970. La acción  de la película “The Doors” se desarrolla entre 1965 y 1971, ese periodo de flirteo entre Jim Morrison  como estudiante en la UCLA y el resto de componentes de la banda, así como la aparición de  Pamela Courson en su vida y muerte del omnipresente, JM (1943-1971) en París. Interpretado con un grandísimo Val Kilmer (posiblemente, la mejor actuación de su carrera), había gente en el set de rodaje que veía en este actor la reencarnación del mito (un parecido extraordinario) Morrison donde canta —in person— la gran mayoría de los temas de la soundtrack. La original propuesta musical de The Doors  se sustenta en la perfecta simbiosis de las letras sugerentes y la estética visual que provocaba el tono desgarrado docu-videoclipero de Stone para mostrarnos a un JM, convertido en profeta y mártir del rock lisérgico con un poder visionario que envolvía las sugerentes letras del iluminado Morrison. 40 años, después, podemos afirmar que “The Doors” fueron el equivalente de los Stones británicos para esa sociedad norteamericana necesitada de una banda que rompiera moldes y amparara la frágil moral de una sociedad convulsa. The Doors atrajo a los jóvenes por una exquisita combinación instrumental de la psicodelia  electrónica que salía del órgano de Ray Manzarek, la mágica guitarra de Robby Krieger repleta de melodías embriagadoras y el aroma a jazz cool  que destilaban los timbales  de John Densmore. Un lustro de música genuina en la historia del rock&roll. Banda— irrepetible— que cuando entraban al estudio hornearon  canciones míticas, auténticos clásicos de la historia contemporánea. El primer Lp del grupo al que denominaron simplemente “The Doors” (1967) rock psicodélico en estado puro, excelsamente rico en texturas y estructuras sónicas en los legendarios temas  “Break on Through”, “Light my Fire” y “The End”. Llegó, el  segundo álbum “Strange Days” (1968), otro extraordinario ejemplo de la calidad de la banda que contenía enormes canciones como “People are strange”, “When The Music’s Over” o el tema “Love me two times”. En su tercer Lp, “Waiting for the sun” (1968) vendría incluido su segundo número 1 en USA, “Hello I Love You” una bonita canción que recordaba bastante a “All day and all of the night” de los Kinks (hubo su más y sus menos con Ray Davies) es otro disco magistral, con temas magníficos como “The Unknown Soldier”(canción que bramaba contra toda el affaire de la guerra en Indochina, convirtiéndose en un himno antibelicista) junto a “Love Street” o “Five To One”. En 1969 completaron su cuarto álbum, “The Soft Parade” (1969), un en el que toda la crítica comento su falta de ahínco y la chispa de los trabajos anteriores. A pesar de ello, se pueden destacar tres estupendas canciones “Touch Me”, “Wishful Sinful” o “The Soft Parade” con una base muy metal. El quinto LP “Morrison Hotel” (1970), un disco empapado de R&B con grandes temas como “Roadhouse Blues”, “Waiting for the sun”, “You make me real”, “The Spy” o “Queen of the Highway”, exquisito en todas su vertientes. Por último, el álbum llamémosle la despedida: el sexto y definitivo trabajo salido del estudio de Elektra. Su último trabajo fue “L. A. Woman” (1971), un buen disco que contenía su clásico “Riders on the storm”. The Doors produjeron este elepé trabajando nuevas composiciones, en busca de las raíces del blues con ayuda del ingeniero Bruce Botnick  grabaron una obra antológica en la historia de rock. Jim Morrison dixit. “Por fin estamos haciendo un disco de blues”. Seis trabajos que se vislumbran un film donde Stone se adentra en un subjetivismo vitalista, tras el personaje de Morrison (aquel que explora los sentidos y los límites de la realidad).

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La película da algunos escorzos del trasfondo de Vietnam solapado por el tema “Light my fire” y en los conciertos en directo (magnífica ejecución, aportó un vídeo en el final del artículo del making of) en New Haven 1968 y Miami con un puesta en escena mayestática, donde los acordes narrativos y visuales del gentío estallan en orgía del apoteosis-trance viendo al  personaje interpretar en el escenario. Se atisban de rondón, la reivindicación del “Stop of the War”. Todo ello, como  digo a modo de chispazos y episodios testimoniales, ya que  el peso del film recae en el personaje Morrison, el incorrecto e iconoclasta líder de la banda. Y seguimos sin ver un solo plano de JM, en que su actitud o sentido de sus actos y palabras obedezcan a convección alguna, ni siquiera en el flirteo inicial con su novia Pamela Courson (Meg Ryan) hasta su reencuentro  en la fachada de un edificio de Los Angeles, donde a modo de “predestinatio” recita un poema que  ya se atisba,  el desprecio por los códigos de conducta del sistema y su anhelación cultural por el consumo de todo tipo de drogas que derivaran en su enigmática muerte. Por ello, no lo hace tan mal Stone al acércanos a las miserias del ser: la eterna dependencia del alcohol y las sustancias psicotrópicas (exceptuando el consumo de heroína inyectada, no está claro). El sentido autodestructivo, que también forja al mito de las partituras musicales y poéticas de las grandiosas “The End” o “When the music´s over”. Stone da rienda suelta a sus propias obsesiones, el travelling constante cuasi caleidoscópico del niño Morrison, cuando ve morir a un indio navajo en un accidente de coche por las arenosas carreteras de New Mexico. El trauma (alter ego) del protagonista y el director. En ese viaje de ida y vuelta a través de la danza india, dejando entrever que el tema “The End” se inspira en aquel affaire. La síntesis del peyote en la vuelta al eterno destierro de la pérdida del individuo y la familia en esa purificación metafórica que deriva entre lo psicotrópico y la máxima tangencial de su auténtica realidad, la angustia del incomprendido. Aparece en pantalla un fundido que va del ojo del indio hasta el interior del célebre garito “Whisky à Go-Go”. Vuelve el estado de demiurgo que caracteriza al psicodélico Morrison como guía, mago, gurú del viaje iniciático a ninguna parte, o quién sabe si son las puertas del grupo abiertas por el portero del poema que iluminó a Morrison en la definición de la banda, W. Blake. Con todos estos aditivos para desentrañar un nudo excesivamente sincopado y solapado. Stone juega una vez más a la adulación del amado chaman, aquel que impone la patada al sistema. “No limits, no rules”, el gentío arrecia en los conciertos  su complicidad  en la conversión del inconsciente y el placer.

El realizador, bajo mi punto de vista resguarda el andamiaje del film al alimentar el pulso narrativo; escarbando en los elementos telúricos de la naturaleza y el mensaje mesiánico: la tierra, el fuego, el aire y el agua. En un montaje paralelo con una precisa fotografía del ínclito Richardson deteniéndose en secuencias que ponen evidencia la tiranía del rey Lagarto, huraño y dependiente de los efluvios de Baco en el bosque micológico, hasta la frustración del exceso en la memorable micción del bar y el asesinato del pavo, el día de acción de gracias, la ceremonia de brujería que le unió a Patricia Kennealy (editora de la revista Jazz&Pop), interpretado por Katheleen Quinlan personaje que llegó a reivindicar el papel de Sra. Morrison. Es un apartado elogiable que hacen en este sentido al cineasta mantenerse neutral y no caer (relativo, proselitismo teen) en la redes del panegírico. La selección musical da continuidad a un film que se va más allá de los 130 minutos. Se agradece el trato final en el cementerio de Père Lachaise bajo el adagio de Albioni y las letras del poema “Severed Garden”, precisas y directas regurgitando a la elipsis. Todo lo contrario que la utilización del corte “Heroin” de la Velvet Underground (muy discutible) para establecer el paralelismo de su muerte por la sobredosis. Me remito al epilogo entre planos nocturnos y sincopados de Los Angeles: bellas y portentosas imágenes para despedir al poeta incendiario que se marchó con 27 años Jim Morrison. Quizás su epitafio podría ser esta frase que tanto le gustaba: “Soy un falso héroe, una broma que los dioses me han gastado”. No quiero entrar en más polémica (fallos de raccord, algunas lagunas en la dirección artística),  si el  director adecuado era Scorsese, si  el film podía haber sido más generoso con el protagonista o el resto de integrantes de la banda, posiblemente. Juzgo el film. Perdón, eso sería muy arrogante por mi parte: juzgar. He intentado aproximarme a la película. En busca del paralelismo entre el icono Morrison y el polémico Oliver Stone.Sólo existe un juez supremo, el tiempo. Ése, que nos va poniendo a cada uno en un lugar. ¿Quién sabe algo más? Los muertos. Adjunto una extensa biografía para un mayor análisis de aquellos que estén interesados.

Fuente: http://elinquietantebypass2010.blogspot.com.co/2012/05/oliver-stone-doors-1991-caso-cerrado.html

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