Algo sobre Habana Blues

Por: Alberto Bermejo

Volver a ponerse detrás de una cámara después de haber rodado una película como Solas es una papeleta difícil de resolver. Antes de cualquier otra consideración, cabe subrayar la agradecible y firme decisión de Benito Zambrano, su director, de no seguir el camino fácil de la secuela o la repetición de la receta probada y la valentía de alejarse tanto, en casi todos los aspectos, de su apreciable y apreciado bautismo como cineasta.

Habana blues resulta difícil de catalogar porque contiene en realidad varias películas que se superponen, se complementan y en ocasiones se anulan entre sí. En primer término es una película musical, muy musical, repleta, incluso saturada de canciones de desigual atractivo y muy heterogénea funcionalidad narrativa o dramática. Sus protagonistas son dos músicos cubanos ansiosos de una oportunidad de éxito. En torno a ellos se organizan una serie de líneas argumentales y otros tantos conatos de documental. Por una parte está la propia amistad entre estos dos personajes centrales. Después están las expectativas ante la posibilidad de ser reclutados por dos cazatalentos españoles. Al mismo tiempo crece en oleadas el conflicto de pareja entre uno de los músicos, el que defiende con intensidad el actor Alberto Joel García, y la mujer con la que convive. Paralelamente se van sucediendo miradas sobre los ambientes en los que se mueven los personajes, una primera, la menos interesante, acompañando a los representantes de la discográfica en una especie de muestrario de los estilos musicales a los que se entregan con pasión las nuevas generaciones de La Habana.

En ese terreno documental brillan por sí mismos algunos bloques aislados que muestran al paso imágenes, momentos, detalles de la vida en las calles de La Habana, destellos de inspiración que adelantan lo mejor de la película, después de su trabajoso arranque y antes de su interminable desenlace, una sucesión de secuencias corales llenas de alma en las que los personajes festejan las despedidas y los desastres, debaten sobre la integridad del arte o la conveniencia de plegarse a las exigencias del mercado y sellan su desesperación con sentidas canciones, estas sí, que hablan de las penurias cotidianas y del brillo de los buenos sentimientos, de los apagones y del amor, de los miedos de los que se deciden a emigrar y el desgarro resignado de los que se quedan, hasta construir un sugerente retrato emocional a escala de este país sumido en un mar de contradicciones.

La película de Zambrano no entra al trapo de criticar o justificar la coyuntura política de Cuba, se limita a describirla sutilmente a través de los indicios que van cruzándose con los caminos de su relato, mostrando sin aspavientos las pequeñas corrupciones cotidianas, la venta clandestina, la complicidad y la solidaridad de los necesitados, el ingenio y la picaresca de la más estricta supervivencia, incluso los cauces de comunicación con el exilio de Miami. Por una parte es pudorosa e intenta guardar la distancia de una mirada extranjera, poco afinada si se mide desde lo que dan de sí los dos españoles, nada entrañables, por cierto, que se inmiscuyen en la utopía de los protagonistas, pero también cede a la tentación de la identificación plena con los personajes cubanos, con actitudes y querencias de cineasta autóctono.

En definitiva, lo que le interesa de verdad es la intimidad y los sueños de unos individuos atrapados en un paraíso perverso, las relaciones entre ellos, sus pequeñas decisiones épicas y su defensa a ultranza de la dignidad. Así se legitima en parte esta propuesta llamativamente desequilibrada. Lo que no cabe duda, y eso acaba transmitiéndose nítidamente en esa zona caliente de su metraje, es de la veneración del cineasta por ese país y por sus gentes, la fascinación por su facilidad de palabra y por su fina ironía.

Fuente: http://www.elcultural.com/revista/cine/Habana-Blues/11594

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