El director Chris Kraus nos dedica “Cuatro minutos” y más

Por: Pablo de Santiago

Cuatro minutos es el gran éxito de este año del cine alemán. Un duro drama carcelario sobre una reclusa conflictiva y su profesora de piano. Entrevistamos a su director, Chris Kraus.

¿Cómo surgió la idea de la película?

Vi la foto de una profesora de piano de Berlín que llevaba sesenta años dando clase en una cárcel. Entonces me pregunté por qué lo hacía. Desde entonces la película ha pasado por un largo proceso. En 1998 vi la foto y un año después tenía el guión. Desde que vi la foto tardé unas semanas en decidirme a narrar la historia. Y luego desarrollé otro personaje, el de Jenny, basado también en un artículo de un periódico.

Los últimos mejores films alemanes –La vida de los otros, Sophie Scholl: los últimos días, El hundimiento– son historias muy serias, sobre la opresión, generalmente en torno al la Segunda Mundial y sus consecuencias. ¿Su película reúne también estos elementos de modo buscado, consciente?

Yo creo que muchas de las historias tienen que ver con la opresión, porque en cualquier historia hay un protagonista y un antagonista. En una historia que tiene que ver con la realidad, el antagonista también tiene que proceder de la realidad. En mi caso no se trata de una película histórica, sino que el personaje que he encontrado y la fascinación que me ha aportado ese personaje tiene que ver con el hecho de que esa persona ha vivido varios sistemas, varios regímenes, pero sigue siendo la misma. Y eso es muy típico en Alemania. Si alguien está dando clase en la cárcel desde 1943 necesariamente esa persona ha tenido experiencias que yo no he vivido y si haces una película en Alemania de este tipo, a la fuerza tienes que volver a hablar de sistemas de opresión, ya sean comunistas o fascistas. De todas formas, también hay un cierto cansancio entre el público. Pero una película se impone a pesar del tema y no por el tema.

¿Qué opina de la pujanza del último cine de su país?

La respuesta puede ser muy amplia. Cuando yo era joven, hace 25 años, había una gran explosión del cine alemán. Estaban Herzog, Fassbinder, Wenders, Scholondorff, etc., y después durante veinte años no hubo nada. Y ahora nadie sabe por qué hay actualmente ese boom. Yo creo que hay tres razones: en los últimos diez años el estado ha intervenido muchísimo dinero en la formación de cineastas. Tenemos siete escuelas estatales de cine en Alemania, la mitad de todas las escuelas de cine que hay en Europa. Eso es increíble. Hay muchos jóvenes directores con gran talento, y hay una fuerte competencia. Nosotros tenemos un presupuesto de 220 millones de euros anuales para hacer cine, y eso hablando sólo de presupuestos regionales, a los que hay que sumar 110 millones estatales. Además, el éxito también tiene que ver con el interés que hay ahora en el público alemán por ver películas alemanas. Esto empezó hace cuatro o cinco años, cuando los primeros licenciados en las escuelas empezaron a hacer películas de éxito. Ahora estamos de moda, pero en algún momento vamos a dejar de estarlo, aunque esperemos que este boom se mantenga. El año pasado conseguimos un 25% de público en películas alemanas. En España creo que las españolas sólo tienen un 10%, cosa que es muy lamentable, por cierto. Y además, en Alemania, el éxito de nuestro cine ha hecho que también aumente la cuota de espectadores de películas europeas, francesas, españolas, etc. Pero no sabemos si esa tendencia va a continuar o no.

¿No cree que Traude y Jenny trasmiten una visión un poco trágica de la vida? Solo hay un momento en que sonríen…

Yo no lo veo así. Lo importante es la búsqueda de los personajes. A mí lo que me une a Jenny es que entiendo muy bien cómo puede convertirse en una persona tan desconfiada. Sufre el síntoma de “borderline” y una de las características de su estado es la desconfianza constante. Por ejemplo, si alguien dice “os invito a España”, eso también quiere decir “tenéis que trabajar para mí”. Si yo fuera un enfermo estaría aquí con un bate de béisbol diciendo que por qué no me habían dicho que yo venía aquí a trabajar. Ése es el problema que tiene Jenny. Una persona así no siente la alegría, porque ésta también oculta algo.

También creo que hay humor en la película en distintos momentos, aunque no esté en las protagonistas. Por ejemplo está en el personaje de Mütze o en las escenas de la reverencia de la niña. Nosotros sabíamos que la risa era importante y ésa fue la escena más difícil, ya que Hannah notaba por instinto que iba en contra de su personaje, y era difícil encajarlo. A mí lo trágico no me gusta, pero me parecía el tono adecuado. Pero tampoco creo que no haya esperanza al final. La hay, aunque sólo sea por un momento.

La puesta en escena es muy sobria, un tono fotográfico gris, acorde con los personajes, y todo cambia durante esos cuatro minutos.

Sí, queríamos hacer un corte. Queríamos cambiar el ritmo, y por supuesto modificar el montaje. Pero no teníamos mucho presupuesto. Esos últimos minutos fueron muy caros de rodar. De todas formas creo que la fotografía de toda la película fue muy laboriosa y en cuanto al momento final no es que buscáramos directamente cambiar tanto la técnica, pero teníamos tantísimo material rodado para los últimos minutos como para toda una hora de la otra parte de la película. Y fue enormemente laborioso hacer el montaje.

¿Qué significado tiene la reverencia que hace Jenny? ¿Es una burla, un reconocimiento, ambas cosas?

Quería mostrar que ella se sentía cercana a esa mujer. Y para que se viera esa cercanía elegí algo que a ella no le gustaba hacer porque Jenny nunca hace algo en toda la película que no quiera hacer. Eso es todo, muestra cercanía haciendo algo que no le gusta. Porque ella ha sabido imponer su voluntad con su música, y la reverencia también la hace voluntariamente.

¿Cuáles son sus próximos proyectos?

Estoy preparando una película que se llama Paul. Será una drama, aunque quiero que tenga momentos de humor.

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